Seis poemas de la fascinante y malograda Teresa Wilms Montt

 

   [Escribió Anuarí tras presenciar el suicidio de un enamorado suyo de 19 años que, despechado por su rechazo, se quitó de enmedio. Lógicamente, esto oscureció un tanto sus poemas... Teresa Wilms, de circunstancias vitales complicadas (secuestrada un tiempo en un convento, apartada de sus hijas...), de palabras sombrías y cegadoras, suicida, de pensamiento anarquista y masón, librepensadora, caminante de lo oculto, resistente a las feroces convenciones... Me pregunto cómo hubiera vivido y qué hubiera pensado de una época como la nuestra.]

 

 

   “¿De qué mundo remoto nos llega esta voz extraña cargada de siglos y juventud? Tiene la clara diafanidad del canto en las altas cimas, y no sabemos si es cerca o lejos de nosotros cuando suena en el maravilloso silencio. Y extraña como la voz es esta frágil y blonda druidesa que apenas posa sobre la tierra y tiene al andar el ritmo del vuelo. Baja de la montaña sagrada, es toda hecha de nieve y de sol de la cumbre. Arrastra el prestigio esotérico de algún antiguo culto al viento y al mar, a la tierra y al fuego.

   Estos poemas, como versículos de un libro sagrado, hacen sonar la cadena de los siglos, y tienen la misteriosa resonancia de las voces elementales. Pasa sobre ellos el soplo profético: El barro recuerda la hora en que salió del caos, y el espíritu la Divina Cáligo. Con el dolor de la caída se junta el anhelo por volver a la luz. Maravillosa virtud la de esta voz que golpea la puerta de bronce del templo de Isis: Los ecos milenarios se despiertan, y las sombras antiguas acuden al conjuro, pasan guiadas por la música de las palabras que se abren como círculos mágicos en un aire nocturno.

   Tiene esta voz una gracia alejandrina, en ella se junta como en el antro de un viejo alquimista, los verdes venenos de sierpes y plantas, las piedras cristalinas donde están grabados los signos salomónicos, y las esferas de bronce que marcan el camino de los astros paralelo al camino de las vidas. Maravillosa voz alejandrina que renueva el temblor de las visiones apocalípticas, y la mística calentura del fakir que deslíe su conciencia en el Gran Todo.”

 

Valle-Inclán

 

 

Regaló la noche al pantano una estrella.

Centro de la esfera fangosa irradiaba el astro en la podredumbre verde, palacio de reptiles.

Y en coro alrededor, lotus de veneno surgían sapos inquietando el sosiego de los valles con el croar siniestro.

Despertó el águila, y abandonando la roca, voló hacia el plano.

El punto fulgurante marcó su orgullo.

Creyó rasgar el azul para rozar un astro y precipitóse al pantano putrefacto.

Llevóse la estrella la rapiña a lo hondo, estampada en las soberbias alas.

Estallaron resoplando cual instrumento, destrozados, los reptiles y los sapos.

 

* * *

 

Llega todas las noches a mi alcoba.

Sin tener ojos me mira, sin tener boca me habla, y su mirada y su voz son tan hondas como el silencio de los sepultados.

Está muy lejos, y está conmigo, piensa en mi cerebro y llora en mis lágrimas.

Cuando procedo mal, Anuarí castiga mis huesos, atravesándolos del hielo de una carcajada sin dientes.

 

* * *

 

Vestido de la chía llegó anoche por el espejo.

Sus manos cruzadas sobre el pecho salían en pétalos de azucena por la negra manga.

El abismo de sus ojos tragóse todas las sombras y en mi cerebro se hizo la luz.

Habló su boca sin palabras como los viejos órganos de las catedrales y dijo: Duerme, duerme, el sueño es la aurora del día eterno.

 

* * *

 

Frente a mi ventana cerrada pregunto al tiempo cuánto más he de vivir.

Las sombras anegan mis persianas, y apenas marca una delgada raya la claridad.

El reloj tiene titubeos de corazón enfermo.

En un gesto convulsivo se crispan mis manos sobre el papel.

Buscan el apoyo de la tierra.

 

* * *

 

Se ahogó mi risa en el espejo.

Largo crujido siniestro lanzó a la noche el cristal de plata.

Una, dos… calló la hora, metal frío de planeta en la rigidez del páramo.

Epiléptica de calentura la luna se dio a los balcones.

Y el cadáver de mi risa es una esmeralda blanda que al deshacerse vuelve en la superficie argollas y cruces brillantes.

 

* * *

 

¡Anuarí! ¡Anuarí!

Espíritu profundo, vuelve del caos.

Torna en misteriosa envoltura, huésped de mis noches glaciales.

Que tus dedos de sueño posen sobre mis párpados desvelados.

Ciérralos, Anuarí.

Veneno sublime, da muerte a mi cerebro aterrado.

Quédate sobre mi fosa sonriendo enigmático.

Sonrisas de ultratumba, sombra y luz, sonrisa tremenda que me ha aniquilado.

¡Espíritu profundo, vuelve del caos!

Se han muerto todas mis flores, sólo queda para tu hambre la sangrienta herida de mi corazón partido.

Anuarí, Anuarí. ¡Sucumbo en el torbellino de los astros locos que se precipitan!

¡Vuelve del caos!

 

 

De Anuarí, Teresa Wilms Montt, Ed. Torremozas, 2009

 

 

Teresa Wilms (1893-1921)

 

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~ por juannicho en junio 6, 2012.

Una respuesta to “Seis poemas de la fascinante y malograda Teresa Wilms Montt”

  1. hermosos los poemas de teresa wilms

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