Seis microrrelatos fabulosos de Franz Hohler

 

 

EN EL PAÍS DE PUM

 

    Yo soy uno de los pocos que puede entrar en el país de Pum. El motivo de tal privilegio es que yo no sé disparar, pues los habitantes de Pum se saludan a tiros. Por ejemplo, cuando se encuentran dos amigos, se dicen: “¡Hombre! ¿Qué tal?”, y sacando sus pistolas de la cartuchera se disparan un tiro al otro. Está claro que, con tales costumbres, hace ya tiempo que debían haberse extinguido los habitantes de Pum, y así hubiera sido de no ser por la intervención de la sabia naturaleza, que les dio a todos una extraña cualidad: sus manos tiemblan de tal modo que, quitando algunos aciertos casuales, no hay apenas accidentes.

   A pesar de ello, no es precisamente un placer hacer turismo en el país de Pum y yo recomendaría a todo aquel que no posea nervios de acero no aventurarse a pisar esa tierra.

 

 

HISTORIAS DE FANTASMAS

 

    Una noche estaba la señora Scholl sola en casa y, de pronto, oyó pasos. Al principio fingió no haber oído nada, pero cuando vio que no cesaba el ruido, sintió miedo de que hubiese un ladrón en la casa.

   Se armó de valor, sacó la pistola de su marido de la mesilla de noche, subió por la escalera, abrió la puerta sigilosamente y gritó: “¡Manos arriba!” Pero su miedo había sido en vano. Sólo eran unos pies que caminaban de un lado a otro en la habitación.

 

 

EL JARDINERO

 

    Había una vez un jardinero que era conocido porque tenía el trasero de piedra.

   Por eso iba mucha gente a verle y le tocaban las posaderas con disimulo mientras regaba los surcos o mientras trabajaba en el invernadero.

   -¡No se puede creer! -se decían unos a otros-. ¡Tiene el culo de piedra!

   Y en sus flores ni siquiera se fijaban.

 

 

EL TELÉFONO ROJO

 

    Todas las mañanas, cuando el general se sentaba a su mesa, abría el cajón y sacaba de él el teléfono rojo. Y por la tarde, antes de irse a casa, volvía a meterlo en el cajón.

   Una mañana abrió el cajón, como hacía siempre, y vio que el teléfono no estaba allí. El general se puso pálido primero y después completamente rojo. Lleno de ira dio un puñetazo sobre la mesa justamente donde estaba el teléfono rojo oculto entre papeles y libros.

   En aquel momento el mundo se cubrió de llamas y de humo.

   Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio.

 

 

EL ÉCTICO

 

    El éctico es una lengua muerta y a mí me parece la más interesante de todas las lenguas muertas que conozco porque consta solamente de dos palabras: “M” y “Saskriptloxptqwrstfgaksolempeeghrcks”. “M” es del género femenino y significa “¿Y qué es lo que pasa ahora?” “Saskriptloxptqwrstfgaksolempeeghrcks” es masculino y significa “nada”.

   La explicación de ello está en que los ectos eran un pueblo que vivía en el cráter de un volcán apagado en cuya profunda sima aún se oían temblores. Y cada vez que retumbaba, en el volcán cundía el pánico entre las mujeres, que, preocupadas, gritaban: “¿M?” Y los hombres de la tribu intentaban tranquilizarlas diciendo: “Saskriptloxptqwrstfgaksolempeeghrcks”. A esto se limitaban las conversaciones de los ectos. Por lo demás estaban siempre tan ocupados que no les quedaba tiempo para charlas.

   El país de los ectos debía ser un país tranquilo. En una ocasión, a consecuencia de repetidos temblores en el volcán, hubo grandes revueltas. Un gran grupo de ectos se reunió en manifestación ante el ayuntamiento. A los gritos de “¡M! ¡M! ¡M!” de la multitud contestó el presidente con el gran discurso “Saskriptloxptqwrstfgaksolempeeghrcks”. Sus palabras no eran del todo sinceras y él mismo era consciente de ello, pero, como no disponía de más posibilidades de expresión, hubo de limitarse a lo dicho. Y por eso el éctico se cuenta hoy entre las lenguas muertas.

 

 

EL ENANO ALTO

 

    Había una vez un enano que medía un metro y ochenta y nueve centímetros.

 

En El bloque de granito en el cine, Franz Hohler, Ed. Alfaguara, 1988

 

 

Franz Hohler

 

 

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~ por juannicho en junio 26, 2012.

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