Viajes imposibles (sobre “El soñador”, de Wladyslaw Reymont (1867-1925) y otros desaires programados)

   “Los trenes pasaban trepidantes; temblaban las paredes y retumbaban las ventanas;  la oscuridad iba penetrando en el cuarto, una oscuridad parda, lúgubre, gélida, y Josio seguía fantaseando erráticamente por lejanos países, por mares inabarcables, por ciudades magníficas y prodigios inefables.”

   Acabo de terminar de leer “El soñador” (1910), un acongojante libro del escritor polaco Wladyslaw Reymont (1867-1925). Lo editó La otra orilla en 2008 en Barcelona. Me ha dejado, más que triste apesadumbrado por la re-instauración de una certeza que siempre es preferible no revisitar…

      En la obra, Josio aparece como taquillero de una estación de provincias en la Polonia profunda, lamentando su caída en desgracia (antes fue una especie de aristócrata) y la limitación forzosa de sus perspectivas vitales, que nunca dejaban de crecer fuera de los muros de su estación. No es que vender billetes deba asociarse con nada negativo, pero en su mente la felicidad iba asociada al descubrimiento de unos horizontes a los que desde ahí no podía tener acceso… En realidad, más que a eso, a la confirmación de las expectativas que su fértil imaginación va estableciendo de continuo. Josio es como esos personajes del Este que, al menos para algunos de nosotros, nos atrapan precisamente por esa sensación que respiran de no saber muy bien qué hacen en este mundo y cómo podrán ubicarse en él cuando todo estalle en mil pedazos… Vive aferrado a las guías de viaje, a los recorridos de los trenes de larga distancia, a las crónicas que le llegan desde las ciudades más cultas y sofisticadas del mundo. Para él, todo está ocurriendo siempre en otra parte… en la otra orilla, vamos, nunca mejor dicho. Esa sensación es profundamente demoledora porque de todos es sabido que de la siembra continua de sueños no se recoge más realización material que el desengaño o el nacimiento virtual y parasitario de un nuevo sueño escurridizo e inalcanzable. En su caso, es su pobreza la que le mantiene anclado lejos de sus viajes esplendorosos, de sus grandes capitales de Europa, pero en realidad todos intuimos que hay algo más que eso (podría tener billetes gratis, buscarse la vida…). Algo nos dice que el hecho de que no se decida nunca a partir (a pesar de que eso sea lo que más -lo único- que desea), es otra cosa.

   Antes que nada, debo decir que  Wladyslaw Reymont (Kobiele Wielke, 1867 – Varsovia, 1925) era, según se nos cuenta, “hijo de un humilde organista, con una juventud marcada por la inestabilidad y la aventura. Antes de entregarse de pleno a la literatura, ejerció los oficios más diversos, desde aprendiz de sastre y seminarista, hasta actor de una compañía ambulante y empleado de ferrocarril.” En esto último se nos acerca a nuestro amado Bohumil Hrabal, también empleado ferroviario y que en su “Trenes rigurosamente vigilados” quiso viajar más allá, más que con la pasión de la imaginación, con el juego de la curiosidad y la ternura… En fin, datos que, desde luego, nos resultan mucho más interesantes que el hecho de que le dieran, como así fue, a Reymont el premio Nobel en su momento.

   Vamos por pasos. Baudelaire escribe: “La vida es un hospital donde cada enfermo está poseído del deseo de cambiar de cama. Este quisiera sufrir frente al calefactor y aquél supone que se curaría al lado de la ventana. Siempre me parece que estaría mejor donde no estoy, y este problema de mudanza lo discuto con mi alma infatigablemente.”

   Como en la vida todo es doble y una pura sincronía tras otra, cae en mis manos en plena lectura del “soñador” el relato de Patricio Pron, “El viaje” que, por supuesto también empieza con trenes: “El tren se detuvo como un animal herido que no acaba de convencerse de que morirá, y se arrastra bajo el sol, como si nada sucediera, y luego se detiene y muere.”… En él Marie, que sirve en el pensionado,  habla continuamente con herr Maak, de salud precaria, que pasa las horas planeando los pormenores de los próximos viajes que va a hacer y en los cuales, por descontado, incluirá a la pequeña Marie. En la humilde pensión, entre ellos dos, todo son ideas, proyectos, mapas, sueños, imaginaciones minuciosas de los lugares que visitarán… Está claro, por otra parte, que a herr Maak ya no le queda mucho, y que esos proyectos de futuro incierto le ayudan a dejar atrás la miseria de su imparable desintegración.

   Con todos estos elementos, era ya cuestión de tiempo que recordara otras referencias relacionadas con esto: aquel cuento maravilloso y espeluznante de Léon Bloy, “Los cautivos de Longjumeau”, en el que por una especie de misterioso y diabólico maleficio, una pareja de jóvenes recién casados y, como dice el cuento, de hábitos “por naturaleza esencialmente migratorios”, se encuentran atrapados por una invisible red que les impide salir de su casa. Hablan constantemente de sus ansiados viajes, pero una especie de férreo magnetismo rodea y bloquea la casa (“un cordón de tropas invisibles, cuidadosamente elegidas para sitiarlos, contra las cuales era inútil toda energía…”). El relato, que aparece en la antología de lo fantástico de Borges y cía.,  es en esencia una tristísima reconstrucción del dramático final de la pareja. Vivían en una casa “abarrotada de globos terráqueos y de planisferios, de atlas ingleses y de atlas germánicos. Hasta tenían un mapa de la Luna…” No dejaban de prepararse para sus expediciones (“sus baúles estaban siempre listos”), y sin embargo, agotados por la desesperación de hallarse presos en lo invisible, descubrieron que el único modo de escapar de todo esto era… desaparecer: “El único viaje que debían lograr era, evidentemente, el que acababan de emprender, ay de mí, y su carácter, que conozco tan bien, me induce a creer que lo prepararon temblando.” Es muy angustioso, pero el suicidio es un elemento que aparece con altísima frecuencia en la narración de estos viajes frustrados.  Y se comprende. Como en el poema de Stevenson: “Mi hogar ya no es mi hogar, ¿adónde he de vagar? (…) Pero yo me voy para siempre y nunca he de regresar.” Ni a dónde huir ni a dónde volver.

Foto de Emylia Manole

   Sigue Baudelaire: “”Dime alma mía, fría y pobre alma, ¿qué dirías si fuéramos a Lisboa? Debe hacer calor, y te regodearías como lagarto. La ciudad está a la orilla del río; cuentan que está edificada en mármol, y que el pueblo detesta a tal grado lo vegetal que arranca los árboles. ¡Es un paisaje para tu gusto, un paisaje hecho de luz y mineral, y con lo líquido para reflejarlos!”  Mi alma no contesta.”

   Otros recuerdos inmediatos que me vinieron llegaron asociados de dos en dos. Dios mío, todos hemos querido huir de nuestro mundo, hacerlo de la manera menos cruenta posible, con el menor número de bajas posible -propias y ajenas-, pero algo nos ha soplado siempre al oído que esto no iba a ser posible. Todos nos hemos ensoñado, sea con países lejanos -Finlandia, Laponia, Burugubur, Islandia, Madagascar-, sea con estados de conciencia menos llamativamente dolorosos, sea con… Todos esos planes insidiosamente elaborados en nuestro borrador mental no llegaban a hacernos daño, pero tampoco nos daban la contraseña a teclear para entrar en la página de los felices… Y aún así, los necesitábamos para seguir adelante.

   Hawthorne y Chesterton (asociados en nuestra cultura como Joyce y Proust y otras no-parejas famosas) llamaron a la puerta de mi memoria.

   Nathaniel Hawthorne escribió un relato llamado “Wakefield”. En el inicio ya se nos presenta la aventura: “El hombre, con el pretexto de emprender un viaje, se alojó en una calle vecina a su propia casa y allí, sin que lo supieran su mujer y sus amigos, y sin la sombra de una razón para el exilio que se había impuesto, residió más de veinte años.” Desde su nuevo puesto observaba la que iba siendo su vida sin él… Gilbert K. Chesterton, por su parte, en “Nostalgia de casa”, escribió algo parecido y totalmente diferente a la vez. Siguiendo la premisa de que “El trayecto más corto de un lugar a un mismo lugar es la vuelta al mundo”, cogió… y se fue. Todo recto hasta volver al lugar del que había partido. Pasando años y años de penurias y miserias que le creaban una casi insoportable nostalgia de su hogar… De ese modo, ambos protagonistas tramaban viajes aparentemente absurdos pero con una descomunal misión de supervivencia para el alma. A diferencia de Josio, el soñador polaco, que observó asqueado el cumplimiento de sus sueños; de herr Maak, que sólo podía llegar a ellos en pasado; y de la pareja de Longjumeau, que emprendió esos viajes en la muerte… estos dos estrafalarios y místicos personajes rumian re-encontrarse a sí mismos y a su mundo sólo a través de un viaje especial e inimaginable: viajar a través de sí mismos, con el mundo como contexto necesario… Y lo consiguen. A un precio más que elevado, viejos, agotados e irreconocibles… pero lo consiguen. De ellos hablaré otro día.

   Sigue Baudelaire: “”Pues te agrada tanto el reposo, con el espectáculo del movimiento, ¿quieres ir a vivir a Holanda, tierra beatífica? Acaso te divertirías en este país del que has admirado a menudo la imagen en los museos. A ti que te agradan las forestas de mástiles y los navíos amarrados al pie de las casas, ¿qué te parecería Rotterdam?” Mi alma sigue muda.”

   También Jack London, en su “El vagabundo de las estrellas”, trataba -y lo lograba- de recorrer mundos soñados, pero en su caso el problema radicaba en que nunca estaba seguro de si los había llevado a cabo. A fin de cuentas, si mal no recuerdo, esos viajes los llevaba a cabo a través del tiempo, hacia el mundo difícil de sus pasadas encarnaciones… Este será otro tema, no lo dudeis.

   Josio sufre por no decidirse a llevar a cabo sus propósitos, pero es que no es tan fácil volcarse a cambiar un rumbo con el que nos hemos visto programados al nacer. ¿Y si nos ocurre, como a él, que lo que ve, cuando se ha arriesgado a dar el salto, no se parece ni de lejos a lo que habíamos soñado? ¿Podríamos soportarlo, o haríamos lo que hace él en el último párrafo de la novela? No sé. En todo caso, no está de más estar preparado para los vaivenes de la fortuna y de la materialización dudosa e imprevisible de nuestros deseos… Pero está claro que el riesgo es una cosa implícita en la chapuza global del vivir.

   Sigue Baudelaire: “”¿Te sonreiría tal vez Batavia? Encontraríamos además el espíritu de Europa en nupcias con la belleza tropical”. Ni una palabra ¿habrá muerto mi alma?”

  “Luchaba [esta vez Josio] con su propia alma de un modo cada vez más cruel; cada día se infligía nuevas y mortales heridas, porque en sus recorridos largos y exhaustivos por París seguía sin encontrar la ciudad de sus sueños. El París que veía, que tocaba con los cinco sentidos, le resultaba extrañamente ajeno, indiferente e incluso hostil. Lo observaba con un rencor y una tristeza profundos. (…) A decir verdad, en su interior se desarrollaban fenómenos singulares. Se encerraba en su habitación para embeberse en las guías de su soñado París y entonces, aparecía ante él, espléndido, volvía a ser la ciudad que su imaginación había acariciado. ¿Por qué la realidad era tan distinta? No podía concebirlo, y esa incomprensión era la fuente de todo su sufrimiento. (…) -¡Todo es una gran mentira! -pensaba con amargura-. ¿Es posible que el mundo entero se haya dejado engañar? ¿Será posible?”

   Y termina Baudelaire su “Anywhere out of the world”: “”Has llegado, pues, a un grado tal de entorpecimiento que sólo disfrutas de tu mal? Si es así, huyamos hacia los países que son analogías de la muerte. ¡Conozco mi negocio, pobre alma! Hagamos maletas para ir a Borneo. Iremos más lejos aún, al último extremo del Báltico; más lejos de la vida, si es posible, instalémonos en el polo. Allí el sol sólo toca oblicuamente la tierra, y las lentas alternancias de la luz y la noche suprimen la variedad y alimentan la monotonía, esa mitad de la nada. ¡Allí tomaremos baños prolongados de tinieblas, pese a que, para divertirnos, las auroras boreales nos enviarán de vez en vez haces rosados, como reflejos artificiales del infierno!”. Al fin mi alma estalló y gritó con sabiduría: “¡No importa dónde! ¡No importa! ¡Pero fuera del mundo!””

  ¿Reservamos plaza?

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~ por juannicho en junio 12, 2010.

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