A este lado de la tumba, la fila empieza a moverse

(Acompañamiento: Prologue, de Béla Tarr)

   Un niño de cinco años recibe la noticia de que su padre ha muerto. Responde: Sí, de acuerdo, mi padre ha muerto, pero, ¿vendrá a cenar? Esto lo cuenta Freud.

   Una niña juega con un gato y sólo se lo imagina muerto, muerto y feliz.

   El soldado que no dispara cuando tiene a su víctima indefensa delante. Esto lo ha contado mucha gente, muchas situaciones tan reales como el plomo que busca la carne como un despertador a quemarropa.

   El amigo con el que soñamos insistentemente para oír luego que acababa de morir y no lo sabíamos.

   La sensación de extrañeza al oír que alguien ha muerto, la imposibilidad de esa muerte, si no podemos tocarla con nuestro sentimiento.

   El conjunto de rasgos de una persona, la impresión de que se desorganizan, enredan, entremezclan. En suma, que ha empezado a morir casi sin darse cuenta.

   No saber si uno es real o si perdió ya su cordón de plata y lo ignora.

   La forma que tienen los pensamientos cuando tratan de ocultar la idea de la muerte y se encarnan en extrañas marionetas mentales.

   Un perro destripado en una cuneta.

   Miles de indios o de zulúes siendo abatidos en una película que ya no hace pensar en un drama sino en un dibujo animado.

   La servidumbre del tiempo.

   O la confusión de un sueño que parece un viaje astral o de un viaje que creemos al despertar que abolimos del todo.

   Mata-Hari, la primera mujer que bailó desnuda en las capitales de Europa, guiñando un ojo a los soldados que la van a fusilar. “Es increíble”, parece que musitó al saber la noticia de su ejecución. Algo así dijo Puig Antich al ver que la cosa iba en serio: “¡Qué putada!”, dijo.

   Los autos de choque de una feria, formando parte de ese sueño insistente de esconder la muerte y la violencia en un repetido simulacro del que salir con vida, quizá algo más protegidos.

   La quietud de varias personas escuchando a una, deseando quizás su muerte.

   Ese hombre que vaga por la muralla china tratando de evitar el salto de los suicidas, un ángel guardián lo llaman, un chino voluntarioso que salva el mundo en horario laborable.

   Las capas de piel y tejido que un cuchillo debe atravesar hasta llegar al hueso. El momento en que encuentra la palpitación que promueve la muerte.

   Un elefante que camina despacio con la dignidad agotada de casi un siglo pensando en el cementerio al que se dirige.

   No poder evitar el pensar que es la última vez de todo, la última vez que nuestros ojos ven lo mismo que otros ojos.

   Andar en brazos de la enfermedad, como el susurro feliz de un acabamiento que se insinúa sin soltar su pieza, que baila en nuestro cuerpo, que genera una música disforme, que pinta nuestros cuadros, nuestros poemas imperfectos para una carne imperfecta que no dejará jamás de sufrir.

   Las sombras que son ese dibujo de azúcar de la muerte.

   Un nicho vacío…

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~ por juannicho en junio 16, 2010.

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