¿San Juan o las Estrellas del Cielo?

Texto extractado de Domme o el ensayo de Ocupación, de François Augiéras

Ilustraciones: Félix Vallotton

   Desafortunadamente, para mí estos no son tiempos en los que tenga mucho que celebrar, pero no se me escapa que esta noche pasada, llamada por algunos de “San Juan”, nos oculta algo que sin embargo siempre ha formado parte de nosotros. Es de esperar que todos tengamos de alguna manera esta intuición -a diferentes grados de profundidad-, pero lo que no es tan fácil es encontrar a alguien que pueda -y sepa- hacer el diagnóstico de este desastre y explicar por qué la que, para nosotros en estos tiempos, es la noche más corta del año, en realidad es una de las muestras más claras de la larga larguísima noche que cayó sobre la Humanidad hace tanto tiempo.

   François Augiéras logró dar cuerpo a esta intuición dormida y, mientras preparaba en un pueblecito del campo francés la próxima Ocupación de la Tierra por parte de las Fuerzas Astrales que más la merecieran, celebró -y explicó su celebración- de la noche del 23 de junio de la siguiente manera:

   “El crepúsculo lucha victoriosamente contral la débil noche. Un sol rojo cae despacio sobre los bosques color rosa. Bajo una luz cálida y dorada, hélo aquí, pues: el vasto Sarladais, muy cercano, esta tarde, al sol del equinoccio estival. ¡El mundo está más hermoso que de costumbre! Los Hombres, por su parte, no se dan cuenta, ocupados como están en hacer una hoguera en una plaza del pueblo, con la oscura alegría de verdugos que preparan una fúnebre hoguera inquisitorial.

   Y ¿por qué han de estar alegres, estos cobardes? Desde los barrios bajos de Domme sube un sucio rumor como de 14 de julio [fiesta nacional francesa]; un cura llegará enseguida a bendecir, santificar, tolerar… un discreto festejo por el apogeo de las Fuerzas del Mundo. Si uno ha permitido que lo engañen a tal punto, si uno se ha dejado traicionar por una religión extraña a Europa, debería estar triste.  El que tanta gente, campesinos la mayoría, o aldeanos apegados a la tierra todavía, atados por todas las fibras de su ser a la Madre Tierra, a la recolección de las cosechas, a las bodas, a los apareamientos… que suelen ser muy libres, al impulso de la vegetación, acepte que su fiesta, la que celebra valores que son propios, se vea enmascarada como la de un evangelista medio loco que predicaba desde la isla de Patmos, es un espectáculo que me aflige y me provoca odio.

   Lanzados por los niños, los petardos estallan en las calles adoquinadas; uno se acerca a la hoguera en medio de un desagradable olor a pólvora barata. Pobre gente, pobres diablos despojados por el Cristianismo de las creencias que fueron su razón de ser, su alegría, su dignidad, ¡y en beneficio de qué religión! La de un Cristo que sólo existió en la imaginación de unos cuantos neuróticos. Jesús: un señor que aborda a la gente por las calles de Jerusalén para decirle al oído: ven acá, tú me amas… ¡como un norteafricano desempleado que se busca la vida al anochecer en las callejuelas de Marsella! Una antigua sabiduría, santamente elaborada a lo largo de varios milenios, el antiquísimo mensaje de los Dioses del Cielo, todo eso, destruido, desacreditado por una religión residual, que no es más que una condensación al estilo Selecciones de las doctrinas de los grandes iniciados. La raza blanca, esquilmada de sus valores profundos; una sabiduría antigua, un mensaje primordial transmitido parcialmente de siglo en siglo por los judíos iniciados, por Nosotros, por los alquimistas y los brujos de pueblo, ¡que hemos sido torturados y muertos, quemados vivos, reducidos al gueto! ¡Cuántos archivos arrojados a las llamas, cuántos dólmenes derribados o coronados con cruces sacrílegas! El recuerdo de la historia divina de los Hombres Antiguos y de los Hijos de los Astros, ¡perdido voluntariamente con toda la sabiduría de los misterios sagrados, reducidos a la prohibición! ¡Y lo más triste es que “eso” haya tenido éxito! El Cristianismo, en pleno estado de regresión, que se consume lamentablemente de Concilio en Concilio, ha logrado en dos mil años, corromper a la raza blanca, hacerle perder el sentido de lo Sagrado, separarla definitivamente del Universo Divino, convertirla vilmente en atea, materialista, vulgar. El Cristianismo ha llegado a impedir que prosiga la evolución cósmica de la raza blanca, ha impedido sus relaciones con las Fuerzas del Mundo. Ha convertido al Hombre blanco en un eunuco universal. Cuando se habla de los tabúes sexuales cristianos y de las múltiples invenciones que han sido inventados a partir de su naturaleza básicamente neurópata y de su filiación al pensamiento hebreo puritano, uno piensa en el desprecio por la mujer, en su condena del amor a los efebos, uno recuerda vagamente la condena de los “instintos bestiales”, cuya memoria se pierde en las brumas de la Edad Media. Pero la prohibición sexual más grave del Cristianismo pasa completamente inadvertida: es conveniente callarla, haberla olvidado, pero es algo subyacente, invisible, desconocido y sin embargo presente. La más grave prohibición judeocristiana es ésta: ¡No tendrás relaciones amorosas con las Fuerzas del Mundo, no amarás al Universo! Porque, en el pasado, los humanos amaban al Universo… Pero se hizo lo necesario para que se perdiera para siempre el recuerdo divino. Aquel: “No adorarás a otro Dios que Yahvé”, no adorarás a las estrellas, te someterás a la Ley, aunque ésta sea, como en el caso del mensaje de Jesús de Nazaret, una mezcla de vino agrio y hiel echada en viejos odres sucios del tiempo de Moisés. Todo el pensamiento judeocristiano tiene un solo fin: prohibir toda relación cósmica, negar el aspecto viviente del Universo, prohibir la sexualidad sagrada, borrar para siempre el recuerdo de los Hijos de los Astros y de sus amores con las Hijas de los Hombres: no tendrás hijos a semejanza de los Dioses del Cielo. El Islam continuó la misma labor detestable: aislar a la humanidad, reducirla a ser solamente terrestre… hasta la desesperación.

   Por curiosidad me uní al pequeño gentío que se aglutinaba sin alegría alrededor de la hoguera. Lo más triste de ver, de oír, eran los conatos de alegría; los infelices, que quieren parecer alegres, lanzan bromas estúpidas que no encuentran ningún eco; los patanes, que necesitan defender su sólida reputación de payasos, de los años treinta, tampoco tienen éxito. Da la impresión de que esta pobre gente se esfuerza en vano por acordarse del tiempo en que, con los fuegos del solsticio de verano, celebraban las bodas entre la tierra y los astros, el retorno de los muertos y los nacimientos futuros, ¡el recuerdo de los Dioses! La muchedumbre está triste; esperan al señor Cura. Los niños corren de un lado para otro entre risas y dan de empujones a la gente; y los adultos los llaman brutalmente al orden; suenan las cachetadas; siento que las recibo yo mismo en plena cara, y me duelen. Por un instante, el tiempo que dura un relámpago, tengo la certeza de que les pegan a los niños para impedirles que recuerden algo, algo que ellos están a punto de redescubrir esta noche, algo que saben por instinto: que el Universo está vivo, que Jesús no existió, que el Universo, es Dios.

   Y hélo aquí, al señor Cura, vestido de paisano, como ha de hacerse cuando uno ya no se atreve a mostrarse abiertamente como sacerdote. Nuestro hombre, sin ocultar su desprecio por un vestigio pagano, bendice deprisa los tablones de la hoguera con un desenvuelto golpe de hisopo. Le prenden fuego a la leña. Con las primeras crepitaciones la muchedumbre suelta un “ah” bastante estúpido; al contrario de los niños que, fascinados por las llamas, recuerdan indiscutiblemente “algo” muy remoto, olvidado pero aún presente en sus cromosomas-memoria. Es posible también que mi presencia sea un catalizador cuyo efecto perciben oscuramente los niños; a esa edad, todos somos médiums; mi presencia hace que surjan “ciertos recuerdos” en estos espíritus tan jóvenes. Pero la llama divina que brilló un instante se extingue pronto en los ojos de los niños embrutecidos por los pescozones, los coscorrones, los castigos, la teoría de conjuntos y la televisión. Me retiro discretamente… (…) Es tiempo de encender la señal.

   (…)”

   Y se dirige a una alta planicie para marcar en el terreno una flamígera señal dibujada por él en el terreno con el contenido de dos bidones de aguarrás… Comienza su celebración antigua, su “pacto con las constelaciones”… Mientras tanto, en nuestro mundo, algo parecido a un charco de fuego chapotea sus lamentables chispas rodeado de vallas y ante la atenta mirada de la guarda urbana, dispuesta ya a dar por concluida esta programada alteración del orden público, ya que el ayuntamiento ha aumentado las restricciones para la instalación de “hogueras” en suelo urbano y ellos tienen ganas ya de volver a casa para ver los partidos en diferido del mundial de fútbol de sudáfrica…

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~ por juannicho en junio 24, 2010.

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