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   “Al mediodía el centro es un hormiguero. Al salir del edificio la multitud los envuelve. Caminan por la avenida y doblan por la peatonal. En cada esquina, camiones militares, brigadas antimotines, equipos con cascos, chalecos antibalas, lanzagases, ametralladoras y perros de ataque. La llovizna ácida ha menguado, pero el día sigue brumoso. A pesar de los comercios y las vidrieras iluminadas la sensación que se tiene es nocturna, sensación que refuerzan los reflectores de los helicópteros enfocando aquí y allá, vigilando que no se formen grupos. Que cuatro o cinco personas se junten puede ser el origen de una manifestación. Un grupo aquí, otro allá, varios más, de pronto gritan, se concentran y arrojan granadas contra los edificios. Los más peligrosos son los guerrilleros suicidas que pueden entrar en un banco, un ministerio o un restaurante cargados de explosivos. Entonces el centro de la ciudad es un campo de combate. Una masa de desesperados busca refugio mientras las explosiones y los disparos aturden. Alaridos, corridas, ladridos, gases, llamaradas, escombros, chatarra, cuerpos mutilados. Si se produce un disturbio él tirará de la joven hacia una recova y, sin desperdiciar la ocasión, con el afán de protegerla la abrazará y la besará. Pero este mediodía se presenta sin novedad en el frente céntrico. Y él no puede desplegar su heroísmo. Tiene que conformarse con ser amistoso.”

De El oficinista, Guillermo Saccomanno

   [Cuando leí este fragmento recordé una manifestación a la que fui con ella. Todo en aquella época me resultaba muy extraño, como cuando estás a punto de descubrir que lo que te rodea forma parte de un decorado, o que la piedra es cartón y los colores de las cosas, dibujos convulsamente animados. La misma manifestación tenía unas motivaciones imprecisas. El Ayuntamiento de Barcelona pretendía sojuzgar determinados comportamientos, criminalizar otros y estigmatizar la mayoría de actitudes ciudadanas que no respondieran a los clichés convencionales. Empeñados como siempre en ocultar la desigualdad y la pobreza, pretendían multar a putas y mendigos por el hecho de mostrarse en la calle. Tampoco según qué actividades y expresiones artísticas estaban bien vistas. Resultaba todo muy esperpéntico. Y sin embargo, en la manifestación había personajes de lo más variopinto. Fue de las pocas veces en que una congregación humana multitudinaria me resultaba acogedora.

   En el momento en que la gente empezó a correr yo me pregunté por qué extremo de la miserable autosuficiencia municipal se habría reventado la paciencia colectiva. No me preocupaban los desperfectos, la coreografía de los disturbios, la evolución por las calles de los funcionarios violentos con palos en las manos… Sólo me preocupaba una cosa: no perderla a ella.

   Luego me di cuenta de que en realidad ella siempre se había desenvuelto en la urbe mucho mejor que yo. Ella podía defenderse con muchas más posibilidades de éxito que yo, una especie de imán para las complicaciones. Aún así, le agarré la mano con fuerza mientras todo se iba al diablo y le repetí una y otra vez que no se perdiera, que no se perdiera, que no se separara de mí… que podía ser peligroso, que toda esa gente corriendo en todas direcciones, que esas piedras, que esos policías secretos revoloteando, que tanta desgracia buscando un nombre…

   Vamos, que corrimos juntos por ahí sin rumbo fijo y que no logro recordar el final de todo aquello. Sólo me quedó una fuerte sensación de algo que se disgrega, de un organismo vivo que se deshace en componentes volátiles e incontrolables, de una facilidad extrema  para que las cosas se pierdan…

   Es una muy mala cosa la tendencia a simbolizar los menores actos de la existencia, a envolverlos o dotarlos de un rebozado que lo más probable es que le venga grande, pero creo que esa tendencia no es algo que se escoja. Más bien se sobrelleva.

   Y así quedan esos jirones de sensaciones vacías pero repletas de angustia ante las líneas de un libro. En algún lugar de mi interior hay unos desórdenes callejeros en los que alguien me suelta una mano y se confunde entre la gente crispada y eléctrica. Y sin moverme del sitio me doy cuenta por enésima vez de lo fácil que es perder.]

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~ por juannicho en julio 3, 2010.

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