Cicatrices

   “Urraca tenía una cicatriz que le recorría todo el costado, desde la cintura hasta la axila; cuando hablábamos yo me echaba de ese lado para vérsela bien. Nuna me atreví a preguntarle qué le había sucedido.”

De “Exploradores del abismo”, Patricio Pron

   [Hace unas horas leía los absorbentes relatos del libro de Pron que aún me faltaban, cuando di con esta frase… y ahí que me atasqué. Todas las palabras que seguían a esta frase se amontonaban sin ser debidamente procesadas. Más bien, se apelotonaban desordenadamente en el pórtico de mis pensamientos porque un pequeño recuerdo de hace más de diez años se instaló tranquilamente en la playa de mi memoria con su toalla, su sombrilla y una música caprichosa pero pegadiza que no me dejaba mirar a otra parte…

   En aquel entonces era un amigo y dos amigas los que ocasionalmente me acompañaban en una escena que se desarrollaba en un bar. Nada recuerdo de lo que precedía o seguía a este momento, pero lo cierto es que las evoluciones de un inocente juego colectivo me llevaron a encontrarme besando a una de estas amigas.

   Sabía que este era uno de esos momentos absurdos que deliciosamente se preparan en el delirio indolente de una tarde con mucho calor, en la levedad de un juego fugaz. Y sabía, como el personaje del relato de Pron, que mi amiga tenía una cicatriz, una hermosa cicatriz prolongada y extensa como una lista de deseos… Aunque al contrario que el personaje, yo sí sabía de dónde provenía, cómo había nacido a la vida ese corte largo, misterioso y turbio como una noche de frío. Pero eso no debe  explicarse.

   Como dije, sabía que esa escena se desharía como un cubito en la densidad de la tarde, que no éramos más reales que unos dibujos que se animan con los colores de un sueño. Por ello, debía acercarme a su cicatriz, que era como la representación mágica de su propia columna, una cremallera sigilosa y vertebrada que avanzaba por la piel como respingos de un calambre. Así lo hice, y aún me da escalofríos cuando lo recuerdo.

   Fue una entidad deslumbrante como una serpiente de miles de dedos la que se abatió sobre mí que, confundido, no sabía si besaba labios o los bordes acerados de una marca de oscuras regiones interiores. Puede uno quedarse enganchado a la corriente eléctrica de estos rayos hechos carne. Hay un alboroto en la piel que recuerda al ensueño, al silencio. En cada inesperada cicatriz de ese calibre se despierta una suerte de linaje espectral y significativo. Como, más que puertas, persianas entreabiertas a una luz difusa y canalizada por un dolor sordo que transporta una sangre diferente. Cuando acaricias una de ellas, traduces secretos.

   Fue una tarde bonita de hace trece años por lo menos. De cuando recorrí la memorable distancia de una Vía Dérmica plagada de estrellas, aureolas y cataclismos cósmicos. Para qué ser infeliz si se conserva en el pasado una tarde con una hora de besos y cicatrices…

   Una vez dejado paso al recuerdo -lo vi partir en el resol de la tarde-, ya pude seguir leyendo los cuentos, con una sonrisa notable.]

Vinilo (así son las cicatrices de los discos)

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~ por juannicho en julio 9, 2010.

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