Espantajos

   “Los gnósticos que se ditinguían con el sobrenombre de docetas (…) negaban la naturaleza humana de Cristo al tiempo que afirmaban la divina. Formados en la escuela platónica, acostumbrados a la sublime idea del Logos, no tardaron en concebir que el más brilante Eón o Emanación de la divinidad podía adoptar el aspecto de un mortal, pero pretendían en vano que las imperfecciones de la materia son incompatibles con la pureza de una sustancia celestial. Cuando la sangre de Cristo todavía humeaba en el Calvario, los docetas inventaban la impía y estrafalaria hipótesis de que, en lugar de haber salido del vientre de la Virgen, había descendido a las orillas del Jordán como hombre adulto, se había impuesto a los sentidos de sus enemigos y sus discípulos, y que los hombres de Pilatos habían malgastado su rabia impotente sobre un fantasma que pareció morir en la cruz y resucitar de entre los muertos al tercer día.

De Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, Edward Gibbon

   [Vaaaya. Este libro no deja de sorprenderme. Haciendo un alto en los desvaríos entrañables y criminales de los emperadores romanos, nos sumergimos en estos otros delirios de aquellos que poco tiempo atrás eran mártires puros y entregados a una idea y ahora compiten por sus parcelas de poder. De todos modos, no niego que quepa la posibilidad de que estas disputas teológicas por un “quítame allá esas pajas” divinas puedan ser divertidas. La verdad es que en ocasiones llega a fascinarme esa pasión que ponía cada minúscula escuela teológica en defender un aspecto del gran cuerpo común de su religión que ellos consideran ha sido mal interpretado. Que alguien muera por la tosca ingenuidad de una idea más o menos coherente resulta casi loable, pero que lo haga -y de modos atroces- por una disquisición cuasi académica y de tono muy menor se escapa a mis entendederas, aunque creo -si lo pienso mejor-, que ahí se esconde un secreto importante para comprender la vida y sus enigmáticos tejemanejes.

   Debo decir que lo que defendían los docetistas -en ese caso- sí que no era una minucia. Según ellos, podríamos encontrarnos viviendo en un mundo en el que gran parte de nuestra realidad no pase de ser una mera apariencia, una sucesión de fantasmáticas concepciones de las cosas. Nuestros esquemáticos sentidos tratan burdamente de maniobrar en ese mar de los sargazos de la desconexión con la existencia. A veces me mareo en este “mundo matrix” de las teologías del espíritu etéreo. Estoy un poco cansado. En realidad, bastante cansado. Porque, de un modo u otro, creo que tienen razón.

   Esta noche tuve uno de mis sueños fastidiosos que combinan drama, tragedia y pormenores tan ridículos como una eterna y fatigosa lista de la compra recitada durante eones al oído de un Prometeo encadenado al Cáucaso. En un momento dado, un tipo vestido de mariachi que parecía ser Silvio Rodríguez aparecía en un escenario, una especie de anfiteatro de gradas elevadas. Había poca luz, como corresponde a los sueños de los hombres tristes. De repente ese rarísimo Silvio empieza a explicar que está harto del comunismo y de todas sus ideas… en realidad, dice que está harto de todo, hasta del mismo público. Es entonces cuando sale un montón de gente de todas partes y se lanzan, primero contra él, y luego todos contra todos -como en la frase de Hegel o en la canción de Eskorbuto-… En medio de esa melé estrambótica alguien dice “córtale la cabeza” y veo un hacha, veo a un chico tembloroso, con los ojos desorbitados, tirado en el suelo y como paralizado por algo más inexplicable que el miedo. El plano empieza a abrirse hacia atrás, pero veo claramente cómo, en un escenario que se vacía, se alza el hacha -de tamaño medio y muy oxidada, aunque con un filo considerable-, y cae sobre el chico que mira hacia su ejecutor. El despertar del sueño es violentísimo, pero sigo viendo en mi mente despierta la última imagen de esa estúpida pesadilla: una cabeza mirando al cielo, sola, sin cuerpo, en un escenario vacío…

   Paso un rato preguntándome cosas, tratando de volver a dormir para soñar otras escenas que me hagan olvidar aquella… pero es imposible. Como ya todos habréis imaginado, lo que me preocupa hasta la aniquilación es averiguar si el verdugo de ese pobre chico he sido yo. Aunque fuera un puto sueño. ¿Es que sería yo menos culpable si hubiera ejecutado a sangre fría a ese tipo indefenso durante las evoluciones del sueño que si lo hubiera hecho completamente despierto y en posesión de mis coordenadas espacio-tiempo adaptadas a la realidad circundante?

   No estoy muy seguro de eso. Si lo he matado yo… sencillamente es que PUEDO hacerlo o, dicho de otro modo -y con permiso del gran Sigmund-, que DESEO hacerlo. A él o a cualquier otro. ¿Pero por qué un hacha, por qué el cuello -zona del cuerpo por la que siento una angustia atroz por mor de su extrema vulnerabilidad-, por qué en un escenario… por qué Silvio Rodríguez?

   Maldita sea. ¡Yo qué sé! A veces me siento como un docetista heterodoxo, con la extraña convicción de que todos formamos parte de una divinidad atolondrada y exhaustiva hasta la náusea, que prueba imágenes fantasmagóricas de la realidad, que las ensaya en el sueño para mejor llevarlas a cabo en ese juego de la carne que nos empeñanos en aceptar… Todo resulta de un espectral que da miedo, y no sabemos dónde se encuentra el hilo verdadero de los acontecimientos, el hilo por el que tirar para acercarnos siquiera a la salida del laberinto. Acabo de despertar y estoy más cansado que cuando fui a dormir. Los docetistas dicen que Cristo en la cruz era un fantasma de sí mismo, una figura ectoplásmica que hacía ver sus movimientos, que fingía una vida en el calvario. ¿No seremos todos espectros, fantasmas de una realidad que nunca conoceremos pero a la que en la rabia de los sueños deseamos hacer nuestra, aunque sea acabando con ella?]

 

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~ por juannicho en julio 10, 2010.

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