Sobre “Domme o el ensayo de Ocupación”, de François Augiéras

   [Llevaba varios meses leyendo este libro -editado por Sexto Piso- hasta que hace un par de semanas lo terminé. No es que sea largo, ni mucho menos -no llega a las 200 páginas-, sino que su lectura me sumía a menudo en un estado de abrumada melancolía. No es que esta obra presente una trama especialmente dramática -de hecho, no tiene trama alguna-, sino que cada vez que escuchaba a este hombre prepararse para sus rituales paganos o vagar por entre la hostilidad manifiesta o imaginaria de los hombres… me inquietaba profundamente. Por lo visto, la vida de este hombre -ya que la obra es su vida misma- era un intento desesperado y laborioso de hallar las bases de la sabiduría perdida de la Humanidad y de vivirlas en su misma persona. Quería despegarse de un mundo hundido en las formas cristianas de convivencia y contribuir al resurgimiento del paganismo, de la relación de los seres humanos con el universo, con los astros, las estrellas, el movimiento infinito de las esferas en un juego cósmico del que creía los humanos se habían olvidado.

   Por todo ello, ingresado en el hospicio de un pueblo francés, solía escaparse a diario hacia los bosques de la zona de Périgord, y perderse entre sus cuevas, precipicios, aldeas, hondonadas, valles frondosos, parajes telúricos y magnéticos en los que decía hallar parte de las fuerzas que quería recomponer en el ser humano… Todo el libro es ese intento de llevar adelante sus rituales, sus encuentros y experiencias con el universo, la naturaleza y los diferentes estados de la conciencia. Y hacerlo sin que los humanos, embrutecidos por el cristianismo y la monotonización de sus espíritus, se le echen encima. Podríamos decir que lo consigue, aunque por supuesto sea la suya una misión sin término posible.

   Cuando lees su necesidad de aislarse de los hombres y de encontrarse consigo mismo a través de la naturaleza y de los signos mágicos de la vida, no puedes evitar sentirte cerca de él, comprenderle y sentir una intensa empatía con el sentido de su búsqueda, pero a la vez algo te hace intuir que la soledad a la que se entrega es precisamente algo brutal y que a él mismo acabará dañando.

   “Un admirable paisaje aparece ante mí: lo entreveo cuando la lluvia cesa un momento; por la estrecha apertura de mi gruta distingo un lejano horizonte de bosques, un peñasco muy cercano; luego la incansable lluvia recomienza, y yo me quedo en paz, quieto en mi cueva, con una alegría ahora divina, cuyo recuerdo vuelve a mí. Cierro los ojos; apoyo la frente en la roca húmeda; siento un influjo perpetuo, fresco, inmenso, delicioso: la Vida… que satura la piedra intensamente.

   Estoy solo, mi existencia no hace caso de las horas: pierdo la noción del tiempo. Al atardecer, que llega pronto por la lluvia, mi vela ilumina débilmente un rincón muy oscuro, donde el brillo inmóvil de la llama da un color de oro muy antiguo a la piedra ocre. Soy solamente un espíritu encarnado en un espacio y en un tiempo que no son míos; un tiempo acompasado con el odioso tic-tac del gran reloj despertador que traje a la gruta y que me estorba; un ruido de chatarra que he movido de aquí para allá, y que he enterrado finalmente debajo de la leña para dejar de oírlo.

   Tengo frío; tengo hambre; la comida del hospicio me disgusta; de modo que me alimento prácticamente sólo de té, mantequilla y azúcar.

   Debo aceptar mi soledad, para que no me moleste, para no caer en una desesperanza inútil; porque aun en los sollozos más solitarios hay algo de llamada: uno cree llorar para sí mismo; en verdad, uno no derrama lágrimas sin la segunda intención de que los otros sepan que uno ha llorado y le auxilien. Como no espero nada de los Hombres, entre los que soy un extranjero, sería inútil derramar una lágrima. Más vale afrontar sin flaqueza mi destino terrible, esperar el final de las largas lluvias primaverales que me detienen y me molestan. Si tengo que vivir solo en esta gruta, en un desamparo que va en aumento, pues mi dinero se acaba, qué otra cosa puedo intentar ahora sino quedarme al acecho de la Energía que mana de la roca, lo que no me cuesta nada, y aguardar a que el sol vuelva.

   Pese a mi entereza, el miedo, la angustia de estar solo, el tiempo tan frío, y la tristeza de Europa me abruman cada día más. De modo que prefiero, para sentir menos lo cruel de mi soledad, mantener mi espíritu alejado de mí mismo, habitar sólo parcialmente dentro de mi cuerpo, alejarme poco a poco de la cara de un ser que a veces llora en esta cueva.”

   Pues sí. Así acaba el capítulo de “Las largas lluvias” y realmente se impregna uno de esa tristeza, de ese peso ingobernable de la soledad… Por fortuna, este es uno de los primeros capítulos y la cosa va ganando en pequeñas victorias de conocimiento y serenidad. Se construye una especie de arpa eólica o de instrumento musical natural que él dice que también es una especie de estación de emisión y recepción de señales cósmicas hacia los seres extraterrestres que vendrán a encargarse de superar esta miseria en la que los seres humanos hemos enfangado el planeta… Hay un poco de confusión en algunos pasajes de su proyecto de regeneración de la raza humana, que a veces parece más bien un proyecto de extinción, sin más.

   Pero hay que profundizar en sus reflexiones dirigidas hacia un nuevo culto a las estrellas y a nuestra realidad insertada en una orquesta cósmica de eufonías y elevaciones. “Soy libre, feliz bajo los astros”, dice.

   “Amo esta tierra, pero no a la manera de los Hombres: yo soy sensible a su extrañísima belleza; sin embargo, para mí se trata, además, de una zona de intenso magnetismo… (…)

   ¿Ven los Hombres el Périgord tal cual es en su realidad secreta: un terreno claramente abierto hacia el Universo de los Astros; un lugar sagrado, destinado a un extraño porvenir? Los Hombres desconocen el profundo misterio de esta tierra excepcional: de la misma manera que no se dan cuenta de mi presencia en Domme, porque está mucho más allá de sus facultades de comprensión. ¿Son capaces de ver, además, la eterna belleza del Universo Estelar? Con la cabeza bajo los edredones, a estas horas de la noche, con los postigos bien cerrados, los calientes vientres de sus mujeres gestan, aletargados, seres tan limitados como ellos mismos.

   Todo está en silencio, en paz, todo es grande y poderoso en el campo oscuro: el Mundo es hermoso sin la presencia del Hombre.”

   Da la sensación en algún momento de que nuestro hombre corre peligro… No tanto por las pullas que incansablemente le suelta al ser humano sino por su propia obsesión de ser perseguido que, sin rayar en la paranoia, sí se acerca a una suerte de provocación constante. A veces parece que busque el enfrentamiento y luego lo rehuya, asustado de repente por el desequilibrio de fuerzas. Y no ocurre el momento que nos temíamos (algo como el linchamiento de Easy rider). Aún así, lleva a cabo sus rituales, sus signos mágicos, sus meditaciones… en fin, su camino iniciático hacia una nueva realidad.

   Nos vamos preocupando por este hombre que farfulla tremendas verdades cósmicas mientras lanza jeremiadas contra el género humano degradado, y nos tememos en ocasiones que esa soledad extrema, de eremita sobre la columna, no acabe pasando factura a su cordura. Por eso nos alegramos cuando en la parte final de la obra se encuentra con un chico -joven, niño, doce años-, con el que se va viendo a diario en un inocente ritual de reconocimiento de sus mutuas realidades divinas y ajenas al devenir normal de la sociedad de los hombres.

   Y así termina el libro, entre anacorético y frenético, con una pregunta que lanza al mundo y que garantiza la futura marginación y aislamiento del autor en este valle de lágrimas:

   “¿Durante cuánto tiempo me dejarán los Hombres en paz?”

   Tremendo.]

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~ por juannicho en julio 25, 2010.

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