Cada pez con la noche (Fe de errata)

   [Me di cuenta de que ayer hablé de las formas del fuego que decía la Ingeborg Bachmann… Y no es así exactamente. Creo que junté varias cosas de similar pelaje, mezclándolas en una promiscuidad notable. Hablaba de muertes y de fuego, pero lo que escribió la Bachmann (o al menos trató de titular así uno de sus ciclos de libros) era “Modos de muerte” y no “Las formas del fuego”, que es otra cosa. Nadie sabe a ciencia cierta cómo pudo ser que Ingeborg Bachmann, la preciosa poeta austriaca, ardiera de aquella forma tan extraña en su cama de Roma… Pero así fue. Me di cuenta de mi error porque recordé que en mi vieja revista Suicidio Autónomo llamé a una sección así, precisamente, “Modos de muerte”, y mencionaba a esta poeta y narradora que siempre me ha fascinado tanto…]

Vienen días más duros.

El tiempo postergado hasta nuevo aviso

asoma por  el horizonte.

Pronto tendrás que amarrarte los zapatos

y enviar los perros de vuelta…

Las vísceras de los peces

se han enfriado al viento

y arde pobremente la luz de las palmeras.

Tu mirada rastrea la niebla:

el tiempo postergado hasta nuevo aviso

asoma por el horizonte.

Vienen días más duros.

 

   [Lo primero que leí de ella fueron sus cuentos, empezando por aquel “A los treinta años” que leí justo cuando los cumplí. Ahora, casi diez años después son sus poemas los que me hacen pensar más en esta mujer tan especial y en esa especie de halo fatalista y semi-profético en que se envuelve… Curiosamente el otro poema que ahora más recuerdo, uno que escribió sobre la ciudad que le vio morir, Roma, también tiene un misterioso pez navegando por  sus entrañas. Y nos subimos con ella a ese columpio en una imagen nocturna de Roma…]

 

Cuando el columpio secuestra las siete

                                   colinas,

también hacia arriba se desliza,

abrazada y cargando con nosotros,

el agua sombría,

sumergida en el lodo del río,

hasta que los peces

se reúnen en nuestro regazo.

Entonces, cuando es el turno,

también nosotros nos alejamos.

Las colinas se hunden

y nosotros subimos y compartimos

cada pez con la noche.

Nadie salta,

es así: sólo el amor de otro

nos eleva.

 

   [Fuera un errático cigarrillo o la combustión humana espontánea o un ritual expiatorio con las llamas, lo cierto es que ese 17 de octubre de 1976 se acabó la forma encarnada de esta mujer melancólica y genial. Y por ello debí decir lo de las formas del fuego… cuando esto es en realidad el título de la obra más importante de un gran poeta venezolano, también malogrado en el plano físico: José Antonio Ramos Sucre. Las formas del fuego. Así lo recordé al fin esta mañana. Y como aún no lo había leído en su integridad y el azar sin azar me lo pone delante, lo empezaré a leer. De momento, ahi va el poema en prosa inicial de su monumental libro del que otro día hablaremos. Preludio.]

 

   “Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.

   Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.

   El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.”

 

      [Así, como suena. De pies. ¿No es estupendo? Cada pez con la noche.]

~ por juannicho en agosto 9, 2010.

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