Rigor noctis

   [Escribí este pequeño cuento alrededor del año 1994 llevado por las ganas de plasmar de algún modo el ambiente en que pasaba las noches de trabajo durante aquella época… Todo el tiempo que trabajé allí me lo pasé bastante bien, aunque también recuerdo montones de momentos la mar de desesperantes. En fin. Pasar las horas en  una estricta soledad y silencio previa a la llegada de la tragedia ha sido, en definitiva, lo que ha caracterizado gran parte de mi vida y lo cierto es que no borraría estos años de trabajo nocturno por nada del mundo. Creo que de la enfermedad y el daño hay siempre mucho que aprender. La vida me hablaba con su textura más frágil y yo trataba de sostener sus pedazos vulnerables.]

   “La enfermedad era la forma depravada de la vida. ¿Y la vida? ¿No era acaso también una enfermedad infecciosa de la materia?”

Thomas Mann, La montaña mágica

 

   “Ceder, en medio de nuestros males, a la tentación de creer que no nos ha servido de nada, que sin ellos estaríamos infinitamente más avanzados, es olvidar el doble aspecto de la enfermedad: aniquilación y revelación; nos quita y destruye nuestras apariencias para mejor abrirnos a nuestra realidad última, y, a veces, a lo invisible.”

Emil Cioran, La caída en el tiempo

 

   A Isabel, enfermera de Reus, quien en un turno de noche especialmente agitado me dijo mientras nos fumábamos el enésimo cigarrillo: “¿Y qué sería la vida sin ojeras?”

 

   Pasé seis años en un pequeño ambulatorio. A primera vista mi trabajo no era difícil. Podría decirse que su complicación residía precisamente en lo que no se veía, en lo que no aparecía descrito en ninguno de los códigos de conducta y profesionalidad que me habían hecho asumir. Yo era celador, y en la noche velaba por los vivos.

   En realidad eso no es del todo cierto y es que, nadie que haya atravesado desérticos turnos de noche en los que el silencio palpita, podrá negar haber hecho uso de tantas camillas dispersas como se le ofrecen a uno en esas horas muertas. Confieso haber dormido todas las guardias que he podido pero declaro también que con mi sueño he salvado más de una vida, he frenado el avance de muchos colapsos. Creo que debo explicarme.

"La convaleciente", Santiago Rusiñol

   La primera vez que me vi dentro de esa angélica bata con que nos visten a todos los sanitarios tuve pensamientos contradictorios. No lograba descifrar el sentido de esa blancura tan excesiva, en la que la sangre salpicada, los fluidos derramados e incluso las lágrimas del dolor irreparable destacan tan dramáticamente. Pero con el tiempo me fui habituando a esa negación del color, con la que nos debíamos aparecer a los sufridos pacientes como seres sacrificiales carentes de toda mancha espiritual y dispuestos a ofrendar nuestra pureza por el éxito de su sanación.

   Como dije, mi turno era el de noche. El tiempo en que médicos y enfermeras tratan casi siempre infructuosamente de enhebrar un sueño frágil mientras el celador nocturno, trágico portero de noche, trata a su vez de recibir con toda la serenidad posible a los desechos de la jornada, a lo que el día ha vomitado como intragable, dejándolo herido y dañado. Yo soy la primera persona que ven cuando llegan y mi rápida respuesta a su timbrazo les da una primera impresión de esperanza, de que su quebranto será aliviado. Siempre sonrío cuando les veo llegar, tan atribulados y llenos de incertidumbres. Les hablo en voz baja, adormeciéndoles, hasta cuando debo descender a la mezquindad de los datos personales, que siempre les pido como si fueran una anécdota sin importancia. De hecho, son menos que eso.

   Acuden llevando sus miembros heridos como si los mecieran entre sus brazos, sorprendidos de descubrirse rellenos de sangre, como si dentro de ellos no debiera circular realidad palpable alguna y no fueran los odres humanos que son, los barriles de sangre en los que envejece un vino denso, que a veces se pica, a veces se agria y, en contadas ocasiones, se ennoblece con el tiempo.

   Algunos gritan, se desesperan, hasta lloran con gemidos enternecedores que a mí me parecen más bien catárticos y que abarcan algo mucho más grande que el sarpullido o el traumatismo. Cuando lloran yo les miro sin hablar, aunque les toco fugazmente para que no se pierdan del todo, para que no huyan impunemente al delicioso nirvana de la tristeza, donde no hay sanación posible y el descenso se precipita.

   Ellos lo notan y todavía, después de seis años, no sé si me lo agradecen o me lo reprochan como parece traducir su mirada. De todos modos, a mí me da igual. Yo quiero que se curen. Quiero que descubran una cosa tan simple como que la enfermedad que les corroe, la fractura terrible de su cuerpo, simplemente… no existe. Me cuesta mucho trabajo conseguirlo, pero cuando lo logro me echo a reír, tan satisfecho como puede estarlo un payaso que ha arrancado de su público una ovación tras la muestra de sus teatrales desdichas.

   De tanto en tanto se muere alguno, demasiado hábil para someterse a mis cuidados, a mi magia onírica, a mi tiempo vertido para ellos. Nunca sé si perdonárselo. Tengo mis dudas. Pero el hecho es que alguna vez he tenido que facilitarles yo mismo el sueño eterno, el laborioso tránsito hacia la nada, por medio de esa preciada morfina que los médicos creen tener a tan buen recaudo y que sin embargo se hace presente cuando realmente se la necesita. En esos casos, no me preocupo. El sueño, aún infinito, no deja de ser sueño, y con él mi vieja práctica sanadora puede seguir actuando. La forma en que lo haga, ya no es de mi incumbencia.

"La enferma", Felix Vallotton

   Pero os hablaré de cómo empezó todo. Me hallaba, en el tiempo del que os hablo, confortablemente instalado en este acogedor (lo que no es decir poco) ambulatorio de urgencias. El modo en que funcionábamos era el clásico: una vez llegaban las almas en pena, yo las situaba con calma en el espacio y maniobraba como mejor podía para dar con el motivo de su visita. No era fácil. Parecía que, una vez llegados ahí, se desataran todos los males larvados desde hacía tiempo y ante los cuales se encontraban confusos, sin saber a qué atenerse, a cuál aferrarse. Al final escogían el más aparatoso y yo daba por concluida mi delicada indagación.

   Los sentaba en una de esas infames sillas de plástico que tenemos -por limpiar mejor la sangre o el vómito- o, en su caso, los tumbaba apaciblemente en alguna de las camillas que los dejaban prácticamente aturdidos, ante la vista de todo el panorama técnico-surrealista que conforma los “boxes” o salas de la verdad o arsenales mecánicos de la medicina contemporánea.

   Tuve una vez que apaciguar como mejor pude los nervios desatados de un hombre ya mayor que se dispararon cuando vio a su lado el kit correspondiente al “Resucitador” cardiorespiratorio. El pobre viejo creyó hallarse en un lugar santo, celestial, en el que los seres blanquecinos que nosotros encarnábamos lograrían devolverle una vida que él sentía se le escapaba. La ansiedad que esa certeza le produjo precipitaba su fin real, del que él creía podríamos resucitarle sin problemas. Aún no podía pensarse que le salvé de la muerte con uno de mis sueños más difíciles.

   Pero no adelantemos los acontecimientos. Una vez situados los dolientes en la parrilla de san Lorenzo correspondiente, corría a avisar al médico y a la enfermera que dormitaban espesamente en un ambiente de electricidad y piedras.

   Les hablaba siempre en un idioma por mí creado de antemano, que se introducía en su sueño negro con facilidad. Con ello lograba sortear las coces en que se prodiga todo aquel que es violentamente arrastrado a la vigilia. Este lenguaje mío, dulce y firme a un tiempo, y que vanamente traté de enseñar a mis colegas celadores, era lo que mantenía lúcidos y despiertos, mientras duraba la emergencia, a mis queridos profesionales. Cuando la puerta se cerraba tras el enfermo recuperado, rompía suavemente el trance y los guiaba de nuevo al sopor de la noche. Funcionaba todo siempre de la misma manera: llegaba primero la enfermera, despendolada y resignada, sabedora de que todo lo que de importante se haga lo habrá de hacer ella, que más que cansada está harta de tanto trasiego repentino.

   Cuando desaparecía la enfermera, que desesperadamente venía a fumarse un cigarro conmigo en la puerta, el paciente impaciente se relajaba, distendía los músculos y depositaba un poco de sus nervios malheridos en la vía pinchada en su vena, que parecía succionarlos lentamente hacia una nada placentera, hacia el descanso anhelado que precedería a la aparición de la estrella de la noche: el mago. O la maga, claro, aunque las brujas hayan tenido siempre más mala prensa.

   Farfullando insólitas expresiones, y caminando con un extraño paso, que conjugaba la añeja dignidad del galeno con la torpeza del borracho, hacía su aparición el médico de guardia, dotado casi siempre de un increíble y nunca bien estudiado don: el de disponer de un elaborado y eficaz piloto automático. Gracias a él, paseaba una mirada perdida pero intencionada por toda la sala de operaciones, y lograba declamar un diagnóstico aceptable e incluso certero, basado en los comentarios que, como salidos de la concha de un apuntador, insinuaban las enfermeras. A partir de ahí, todo eran papeles, recetas, informes, y una diabólica letra de médico dormido, doblemente diabólica. Los celadores nos reuníamos al día siguiente y departíamos sobre el sentido de los jeroglíficos que debíamos traducir a letras de ordenador.

   Bien. Ocurría todo esto, y yo lo observaba con una cierta indulgencia. Esperaba paciente, fumando cigarrillos con los acompañantes del enfermo y hablándoles de los imprevisibles entresijos de la enfermedad, de la vida juguetona y de los sueños que habían tenido en la noche pasada.

   Volvía el médico al cubil que en estos ambulatorios minúsculos se reserva para el sueño; quedaba la enfermera traspuesta en alguna silla esperando mi aviso; los acompañantes en la triste sala de espera tratando de no delatar su disgusto; el enfermo, derrotado y feliz, barruntando el dictamen de la vida sobre su caso; y yo, por mi parte, esperando a que todos se callen, que la noche los enturbie hasta el punto de dejarlo todo al fin en mis manos. Entonces, cuando nadie habla y todos dejan descansar a su personaje, yo actúo.

"Hombre operado (en peligro de muerte)", Antonio López

   Cuando médicos, enfermeras y enfermos han terminado su juego ritual, yo me duermo. Profunda y abismalmente, sin escrúpulo alguno. Desplomando brutalmente mi cabeza sobre el teclado del ordenador o depositándome amoroso en una camilla. Da lo mismo. Espero ansioso ese momento para poder empezar mi labor.

   No creáis que es tan sencillo soñar. Para poder “enfocar” los sueños hace falta una práctica que puede durar años y costarte la vida. A mí, misteriosamente, me ocurrió en cuestión de minutos, cuando una jovencita melancólica traída por una ambulancia pretendió que la vida había llegado a su término y que los barbitúricos que su madre consumía como agua podían servirle de pasaporte. Me quedé muy extrañado. Su expresión era de una candidez absoluta, aunque el juego de los labios se deslizaba imperceptiblemente hacia abajo. Yo no sabía qué era lo que ocurría, máxime cuando ella no soltaba prenda ni enseñaba el color de sus ojos. Nada podía sacarse en claro.

   No es que siempre me haya vanagloriado de poder comunicarme con mis semejantes, animados e inanimados, pero sí que averigüé muy pronto que si no podía llegar a ellos por un camino debería buscar nuevas rutas para hacerlo. Dicho y hecho. Algo me dijo que la realidad que dominaba en ese momento en esa niña preciosa que flotaba en la muerte no era otra que la del sueño. Nada podía lograrse de ella en el mundo de la realidad, y todos los lavados de estómago posibles no evitarían que tarde o temprano volviéramos a encontrarnos. “Intenten detener, si pueden, a un hombre que viaja con su suicidio en el ojal”, decía Rigaut, y en este caso nadie podía evitar que el suicidio prendido en la camiseta de esta chica se hiciera real. En ese caso, nada habría que hacer, y yo sería el primero en respetar su decisión. Pero yo quería saber si realmente quería morir.

   Fue aquella la primera vez que decidí dormirme para llegar al alma de mis pacientes. Digo “mis pacientes” porque paradójicamente solían ser mis sueños los que precipitaban su curación que de todos modos yo siempre atribuía a los esfuerzos del “equipo médico” en su integridad.

   Así que me tumbé en la camilla que acompañaba a la de la joven suicida y me dormí instantáneamente. Tardé muy poco en encontrarla, en un sueño cruzado con el mío en el que los colores de la tristeza llenaban todo el decorado de un irreal tono violáceo. Todo parecía tan ingenuo que no entendía que la muerte no se sintiera culpable de acercarse por este mundo, en el que flotaban doloridas lecturas de Sylvia Plath con confusísimas imágenes de Cleopatra muy digna con su áspid. Aquello me procuraba un placer tan intenso que casi no logro esconder una risa entregada a tan bonito escenario. Al final estaba ella, silenciosa (“He aquí el silencio de almas confundidas”), pero mirándome con unos ojos enormes, deslumbrantes, que nada tenían que ver con las “sirenas sin expresión” de que hablaba la Plath. Me acerqué a ella y, de algún modo que aún ahora no podría explicar, nos entendimos perfectamente. Hablamos sin palabras y al final acabamos riendo, pegando con la escoba a una muerte que ella sólo había querido conocer para poder saber que estaba viva. “Debería haber un ritual para nacer dos veces: remendada, reparada y con el visto bueno para volver a la carretera.” Ahora el ritual estaba cumplido y yo ya podía despertar. Salí silenciosamente de la blanca estancia antes de que ella despertara, notando extrañado en los bolsillos algunos pedazos de cristal de alguna campana irremediablemente destrozada.

   Y así siguieron los días, o mejor dicho las noches, en un a veces agotador tránsito de la vigilia al sueño, travesía ininterrumpida que dejaba en mis ojos unas pronunciadas ojeras que nadie lograba interpretar correctamente.

   En unas de las ocasiones que más detestan los sanitarios, puedo decir que me lo pasé especialmente bien. Hablo de los borrachos que desembocan como arrastrados por la riada del propio líquido ingerido con un amago siempre engorroso de coma etílico. Con ellos mi trabajo es muy sencillo, y casi no tengo que entrar en las profundidades del sueño ya que de todos es sabido que el lenguaje de la embriaguez tiene suficientes puntos en común con el del sueño como para que ambos se comprendan sin dificultades. Sin excesivos problemas, habiendo el médico expendido con cierta repugnancia su dosis de tiamina para “bajar al vicioso”, me quedaba siempre solo con el beodo, con quien conectaba fácilmente. Entraba en un sueño liviano a fin de que me invitaran a lo que habían bebido, pues quería saber qué era lo que les provocaba la saturación. Encontraba entonces invariablemente insondables expresiones de desolación, de falsa alegría ocultando un terror inenarrable. Poe decía que nadie sabe nada del alcohol, excepto los borrachos. “El secreto no debe comunicarse a nadie, por supuesto.”A pesar de esto, yo me hundía en ese secreto y juntos observábamos con una nueva serenidad a todos los horribles animales del delirio, a esas visiones tan extremadamente afiladas que acababan cegando y nos desprendíamos de la suciedad y la mugre para llegar al “santo bebedor”, al ser que se interna en lo tenebroso de su alma sin saber a ciencia cierta si será capaz de soportarlo. “Ideas de libertad están atadas a la bebida”, pudo decir Lowry antes de dar con el verdadero secreto que me ayudaba siempre a recuperar al borracho desesperado: era posible, como hacía su cónsul bajo o “dentro” del volcán con sus descomunales dosis de tequila y mezcal, “beber hasta la sobriedad.” Así se lo exponía oníricamente a mis compañeros caídos y regresaba de nuevo a la vida, esta vez con un escurridizo gusano del mezcal removiéndose en mi bolsillo.

   Salía algo agotado de esos encuentros, por lo que agradecía la aparición de esos seres que llegan faltos de aire, casi ahogados, clamando por un Ventolín que les dé una tregua a su asfixia. Cuando quedan instalados bajo la máscara de oxígeno, duermo a su lado y me limito a dejar abiertas todas las puertas de su mente, todos los pasillos atascados de su cuerpo en los que no corre el aire porque un día olvidaron el dibujo de su mapa. Despierto entonces con un manojo de llaves en mi mano.

"La columna rota", Frida Kahlo

   Y así transcurre mi vida en este centro a primera vista tan modesto. Me encuentro en ocasiones con espectaculares accidentes que encharcan el suelo de una sangre espesa. No puedo hacer nada, hasta que todo está tranquilo, vendadas las heridas y parcheados los agujeros. Ya puedo, pues, iniciar mi exploración. Lo que aparece ante mí es siempre demasiado escandaloso. Se repite el ruido chirriante del accidente pero a un volumen ensordecedor; el golpe se vuelve a producir una y otra vez como si hubiera quedado fijado al sueño. Veo que la sangre se va derramando cada vez más y eso me asusta, porque la sangre que se pierde en el sueño acaba debilitando al ser despierto. Así que, a pesar de que, en esta época del sida, los pactos de sangre hayan tomado otra dimensión, rasgo con un escalpelo mi muñeca dormida y la aplico a su burbujeante herida que en el sueño no ha sido vendada, hasta que el flujo de la sangre se reorganiza y se hace estable. Entonces la cara del herido se relaja y la mueca de terror desaparece, porque comprende, como Rigaut, que “hay una sangre que circula y que pide una justificación a su interminable circuito”; comprende que ahora ya la puede seguir buscando. Salgo con un collar de coágulos de sangre.

   El resto os lo podéis imaginar: mis paseos tórridos por el sueño de la fiebre, protagonizando estrafalarios delirios; los viajes alucinantes desde el botellín del suero; las desternillantes veladas de las alergias en las que todo adopta imposibles colores y matices; los sueños pesadillescos que he de transformar en balsas de aceite… La vida que se acerca a nosotros para comprobarse a sí misma, para saber si en realidad es ésa la mejor forma que puede adoptar, si no se ha producido el error en algún punto, o si se desata de pronto el pánico de descubrirse hecho de materia sensible y doliente, susceptible siempre de crearse un infierno hecho a la medida.

   De todos modos, es en el sueño donde se revela la enfermedad como una ficción de la materia, como una parte del acontecer mismo de la vida, como una “embriagadora exageración”, en palabras del tuberculoso Han Castorp, “una acentuación depravada de la naturaleza física”. Y quien quisiera sacar provecho de ella, debería mirarla sin miedo, caviloso en la lucidez del delirio, o inmerso en las ensoñaciones de nuestro curioso ambulatorio.

   Así que ya sabéis. Si cuando entréis en un ambulatorio nocturno os encontráis a un celador dormido, no lo despertéis. En su sueño se encuentra todo el dolor del mundo.

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~ por juannicho en agosto 14, 2010.

Una respuesta to “Rigor noctis”

  1. Lo tendré presente.

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