El destino de los cuervos (I)

   [Mientras ojeaba el libro que, en aciagas circunstancias, me auto-regalé sobre el trabajo que hizo Lou Reed sobre el cuervo de Poe, me puse a reflexionar en la mala prensa de los córvidos como una inevitabilidad histórica más allá de todas las eventualidades de la cambiante existencia. Lorenzo Mattotti ilustraba fantásticamente este grueso volumen en el que podemos encontrarnos con inenarrables transformaciones y claroscuros de todo tipo que delimitan el campo conflictivo e inmerecido del divino pajarito…

   Dado mi carácter eminentemente obsesivo, recordé los días en que, hace unas semanas, veía cuervos por todas partes, y en todo lo que me encontraba hallaba su enigmático graznido. Como no conozco otro remedio, me hundí aún más en mis pensamientos córvidos. Localicé un viejo y resquebrajado volumen que tenía a la espera de ser leído: Los cuervos, de Vladimir Korolenko. En él, por supuesto, los cuervos eran mala gente. Y ya no en el sentido simbólico, sino que eran estrictamente mala gente. El protagonista, tras observar el vuelo de unos pájaros, pregunta al cochero por ciertos personajes de aspecto esquinado que cree que siguen a su carricoche y obtiene estas respuestas:]

   “Miró de reojo a los tres mozos y, como para disimular, me señaló el río con el mango del látigo.

   Largas estrías obscuras surcaban las aguas rizadas y turbias y encima de las menudas crestas describía rápidos círculos una bandada de grandes aves de plumaje blancuzco que, de vez en vez, se posaban sobre el río y volvían a elevarse con gritos agudos y quejumbrosos de aves de rapiña. Desde lejos se podían confundir con grandes gaviotas.

-Son cuervos marinos -me explicó mi cochero cuando atracamos a la orilla opuesta y estuvimos solos en la troika.

   Tras unos minutos de silencio continuó:

   -Aquellos tres también son unos cuervos… Como ellos andan sueltos… No ha mucho vendieron los cuatro palmos de tierra que les quedaba y ahora corren por esos mundos como lobos hambrientos. Y no hacen más que dar disgustos.

   -¿Son bandoleros?

   -Puede que no tanto, pero poco les falta. (…)”

De Los cuervos, Vladimir Korolenko

   [Pero, como decía, las desventuras de los cuervos ya vienen de antiguo. Ovidio narra en sus Metamorfosis que, al igual que Nictimene en lechuza y Cornice en corneja, el cuervo sufre a su vez una transformación y conversión vejatoria por parte del dios del que era el pájaro dilecto, es decir, Apolo. Todos estos personajes son convertidos en las aves consideradas por lo normal menos afortunadas o “nobles” (al margen del contenido simbólico de la lechuza de Atenea). En definitiva, aves menores o “nocturnas”, oscuras, sórdidas de una manera u otra. La corneja y la lechuza le narran sus desventuras al cuervo, que entonces era un ave, por lo visto, muy respetada y dicharachera (vamos, una triunfadora). Le cuentan cómo por “abrir el pico” más de la cuenta, perdieron el favor de sus protectores y, de paso, la misma forma humana. Si no voy muy errado, el cuervo ya era cuervo, pero como dije, era un ave de éxito y colorida a más no poder.

   Sus amigas le cuentan que, por una indiscreción que creían más bien un servicio debido, cayeron en desgracia. Pero eso el cuervo no se lo puede creer y, a la primera de cambio, le va a Apolo con el chivatazo de una infidelidad de una de sus amadas, Coronis. Apolo se la carga, claro, pero sin darse cuenta de que estaba preñada de un hijo suyo, el que sería el gran Esculapio. Hace uno de sus trucos y logra salvar a la criatura, pero, lleno de rabia por su propia tontería y brutalidad, comete una más: castiga al cuervo por haberle hecho cometer ese crimen. Ya se sabe, lo de la muerte al mensajero.]

   “El cuervo, por haber revelado el secreto, fue castigado a ver su plumaje, antes cándido, del color más negro entre los negros.”

De Las Metamorfosis, Ovidio

   [En fin, que ya se escribió temprano el destino maldito de los cuervos. Hablaré luego de lo de su color, porque resultará algo la mar de importante. De momento, y como fin de este primer acercamiento a uno de mis bichejos favoritos y a su destino infausto, ahí va, del Bestiario de Javier Tomeo, un pequeño cuentecillo aclaratorio de todas estas confusas circunstancias mítico-simbólico-ornitológicas:]

EL CUERVO Y LA PALOMA

   -Entre los antiguos griegos -me susurra la paloma, ahuecando las plumas- fui símbolo de Venus y, por lo tanto, del amor y de la voluptuosidad. Cuando pasé de la mitología pagana a la cristiana, sin embargo, pasé a simbolizar el alma pura que asciende al cielo de los justos y tuve las patas rojas para significar que la Iglesia avanzaba a través del mundo con los pies en la sangre de sus mártires.

   -Pues yo, dice el cuervo desde el viejo olivo- soy ave de mal agüero para los mismos hombres que a ti te glorifican, pero en la India fui sagrada.

   -Carezco de hiel -prosigue la paloma- y por ello no puedo sentir cólera.

   -Los adivinos griegos -añade el cuervo- podían distinguir en mis gritos hasta sesenta y cuatro sonidos, y en cada uno de ellos encontraban un significado especial.

   -Mi carne, en época de celo, infiere gran amor al que come de ella -dice la paloma.

   -La mía provoca alucinaciones -replica el cuervo.

   -Muy bien -dice la paloma, decidida por fin a dejar muy claras las diferencias-, yo fui enviada por Noé para reconocer el descenso de las aguas y regresé con un ramito de olivo en el pico.

   -Yo -grazna el cuervo, sin perder la calma- fui también enviado por Noé para lo mismo, pero no regresé al Arca. Si no lo hice, sin embargo, no fue por falta de buena voluntad. Ya es hora de que se sepa. Yo no tengo esos prodigiosos cristales de magnetita que los hombres han descubierto en la parte anterior de las cabezas de las palomas, y que les permiten orientarse. No sé, tampoco, utilizar el sol como brújula, no detecto los sonidos de baja frecuencia y no puedo percibir la luz ultravioleta y polarizada.

   -¿Y eso qué significa? -le pregunto.

   -Significa -responde el cuervo- que ya es hora de que los hombres revoquen aquella vieja sentencia que me condenó por egoísta.

   -Después del Diluvio, yo fui sólo un pobre pájaro perdido en la desolación.”

De Bestiario, Javier Tomeo

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~ por juannicho en agosto 21, 2010.

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