Medusa (II). La perra de Alejandría

   [En la portada de este libro genial que leí hará cosa de un mes, aparece una medusa bien clásica: La cabeza de la Medusa, pintada por Rubens en 1612. Esa tremenda ilustración, verdadera ensalada de diferentes ofidios y emblemas de la muerte congelada, coagulada y decapitada, aparece en la portada del primer número de la colección Gran Diógenes, de Valdemar, pero no en la de la posterior edición de bolsillo El club Diógenes, que es donde puede uno encontrarse hoy en día esta obra: La perra de Alejandría, de Pilar Pedraza (2003). Y aunque la obra gira alrededor de Bárbaro, un peculiar practicante de la escuela de los “perros” cínicos, continuadores de la filosofía de Diógenes, y de sus cruces en la vida y muerte de una alter ego de Hipatia de Alejandría, Melanta, hay cierto momento en que en esta memorable trama nos encontramos con una especie de desfile de seres procedentes de otros mundos.

   Bárbaro asistía a algunas clases de Hipatia en el Museo (donde se hallaba la Biblioteca de Alejandría) y la apreciaba de veras, aunque no compartiera cosas de su modo de ver la vida. En la obra (ignoro si en la realidad), Hipatia comulga con las prácticas dionisíacas que, en aquella época de floreciente cristianismo, ya empezaban a estar de retirada. Cuando Melanta-Hipatia es lapidada y desmembrada en plena calle por cristianos furibundos y fanatizados, Bárbaro la acompañaba, aunque no pudo salvarla. Tiempo después, el espíritu de Melanta se le aparece en diversas conformaciones para pedirle que consiga su hígado, preciadísima víscera que en aquella época se consideraba -para ciertas creencias- el centro de muchas funciones vitales y sagradas del individuo. Algunos de sus asesinos, al despedazarla, se llevaron su hígado para venderlo a un anatomista célebre que los coleccionaba. Melanta lo necesita para reposar en paz.

   En determinado momento, Bárbaro llega a un templo en el que unos solitarios monjes veneran a los dioses del inframundo, del Hades, y de algún modo mantienen cerrada y a buen recaudo la puerta de los Infiernos. Se interna en ellos, portando el hígado de Melanta, y estas son algunas de las cosas que ve:]

 

   “(…) Emprendió la marcha hacia los espacios inferiores por una rampa que halló tras una puerta, cuyas hojas se hallaban ocultas por unas cortinas de un tejido pesadísimo, impregnado en betún y cubierto de jeroglíficos recortados en placas de oro. Estuvo bajando una eternidad, cayendo y levantándose de un suelo resbaladizo, húmedo de una sustancia mucosa que olía a saliva y cuyo color no podía discernirse en las tinieblas, apenas aclaradas por la luz del farol que llevaba en la mano. La última rampa era muy larga, pero no infinita. Desembocaba en un gran espacio abovedado, en el que ya no se percibía el trabajo de la mano del hombre. En ese momento la llama del farol comenzó a parpadear. Según se internaba en la oscuridad más profunda, reconocía el lugar por las sensaciones que experimentaba en él, pues eran como las que había tenido en sueños muchas veces cuando era niño.

   De la pared del subterráneo pugnaba por desprenderse un cuerpo de mujer aplastado, adherido a la roca como una mancha de humedad. A la luz amarillenta y neblinosa de una llama que no era la suya, apagada ya, Bárbaro vislumbró en un montón de basura una cabeza cortada, rodeada por un charco de sangre negra. Estaba viva y sus cabellos se movían sin cesar, y cuando sus ojos abiertos se clavaron en los suyos, sintió el cuerpo pesado y de su mano entumecida cayó el farol, que le costó un esfuerzo infinito recoger. Y vio unas ancianas aladas, que se remontaban desnudas, chillando, hasta las altas sombras de la bóveda. Allí chocaban con las rocas, sacaban chispas de la dureza de los minerales y, golpeando ciegamente con las duras plumas remeras, hacían caer polvo y secas semillas de animales abyectos.

   Al fondo, como tallada en las tinieblas, abultaba una hembra leonina y brutal. El calor que despedía y su tupido pelaje le hizo pensar en la muerte por sofocación con pieles, que se daba en su tierra a las madres que habían ahogado a sus hijos al estrecharlos  con un amor desmesurado o para vengar las infidelidades de sus hombres. Por un momento temió que le preguntara algo que él no supiera o no pudiese recordar. Pero el monstruo, perdida la memoria y el poder, no era ya capaz de formular preguntas ni lo intentaba. De su naturaleza felina sólo conservaba la costumbre de bostezar con frecuencia.

   Llegó ante una zona inundada. Era un lago de agua negra que olía a asfalto y podredumbre, en cuya superficie se entreveían cosas que no tenían vida, un caldo en el que flotaban cadáveres como tropezones de carne en una sopa. Desde una barca negra le hacía señales una figura velada. Debía ir hasta allí si quería que le llevara a la otra orilla, pero no estaba cerca, había que introducirse en aquel lodazal para alcanzarla. Pisó el agua sucia esperando hallarla fría. No lo estaba. Al contrario, tibia o más bien caliente como los líquidos de un cuerpo gigantesco, le acarició con sus muertos despojos y su consistencia casi de miel o aceite. Algún traicionero desnivel del fondo estuvo a punto de hacerle caer cuan largo era en aquel baño, pero al fin pudo llegar sano y salvo hasta la barca y, aferrándose a la popa, trató de subirse a ella.

   El barquero, o quienquiera que fuera el espantajo que asomó la cabezota, quiso darle ocn la pértiga en la cara. Mientras la barca surcaba las aguas y él con ella, agarrado al borde del casco y sumergido al fin en el caldo infernal hasta el cuello, recibió un par de golpes muy amargos, uno en la frente y otro en la boca. Llegó a la otra orilla gracias a la cochambrosa embarcación, pero sin lograr abordarla, sino sirviéndose de ella como el náufrago de un tronco. Y tuvo que soportar unas risas que le acompañaron durante un buen trecho.

   Empapado y tiritando, porque la tibieza del agua contrastaba con la fría humedad de las grutas y bóvedas, anduvo un rato hasta que, pensando que no sabía adónde se dirigía, se quedó quieto observando, a la espera de acontecimientos. No tardaron en acercarse a él unas figuras exangües, que se delizaban lenta y torpemente, como si moverse les costara un esfuerzo infinito. Nunca había visto un espectáculo tan triste como el de aquellos melancólicos fantasmas grises y harapientos, que parecían haberlo perdido todo, incluso a sí mismos, pero se obstinaban en moverse en pos de algún deseo, y lo conseguían poco a poco como las tortugas y los caracoles.

   Una mujer se adelantó. Postrándose a los pies de Bárbaro, manchados por el limo y las sucias aguas de la laguna, le pidió ayuda por señas que él no entendió. Pensó que no debía hacer caso, pues no tenía nada para ella, pero en su obstinación el espectro se aferró a su túnica y tiraba con tanto afán que estaba consiguiendo que el tejido obedeciera a sus manos, aunque eran casi incorpóreas. Él, que nunca se había enfrentado antes con nada parecido, no quería ofenderla, pero tampoco estaba dispuesto a sufrir pasivamente su ataque. La empujó con un pie a la altura del muslo y la mujer se retiró cubriéndose la cara con las manos, avergonzada.

   Entonces apareció otra, majestuosa en su miseria, que se acercó sin vacilar, con pasos de mujer rica, más ligeros y seguros que los de sus compañeros. No habló. Sonrió seductora. Sus palabras sonaron dentro de él. Pedía sangre. Bárbaro la reconoció. Un escalofrío recorrió su espalda. Sangre, sangre, sangre. Sin pensarlo dos veces, con seguridad sonámbula, el joven se hizo un corte en una pantorrilla, que empezó a sangrar en abundancia. Era la primera vez que el enjoyado puñal, regalo de Filoxeno y no muy propio de un cínico, servía para algo. No había sentido dolor. Todo fue tan rápido como si una mano invisible le ayudara.

   La muerta bebió ávidamente la fresca sangre recién vertida y succionó la herida con la boca como una sanguijuela. Enseguida adquirió consistencia, fuerzas e incluso algo de su antigua belleza, como un viejo retrato al que hubieran librado de una capa de polvo que emborronaba sus rasgos.  Cuando Bárbaro juzgó que el espectro estaba en condiciones de sostener el recipiente que contenía el hígado, lo sacó de la bolsa. A través de las paredes de cristal de la vasija, lo vio flotar por última vez en el escabeche donde lo había puesto en conserva Linceo Antimater. No lo había abierto, pero el olor que se desprendía de la tapa, le recordaba el adobo de vinagre, laurel y nuez moscada que usaban las mujeres dacias para conservar las entrañas de los corderos que se consumían en las fiestas. Lo había aspirado en su infancia cuando jugaba en la cocina y observaba a las criadas. Melanta alargó las manos para cogerlo y rápidamente lo protegió bajo un pliegue de la túnica. Parecía temer que alguien fuera a arrebatárselo. El joven le preguntó si descansaría en paz, ahora que ya tenía lo que había pedido. La respuesta fue que hasta entonces había disfrutado tanto como era posible en aquel lugar de insípidos horrores, en compañía de las filósofas Hipatia, Hiparquía e Ifianasa, de Elpidio y de Luciano, el Perro de Samosata. Luciano era el único capaz de hacer reír a los muertos. Incluso al señor del Hades y a la diosa que nunca ríe. No lo hacía por dinero, que allí no tenía valor, sino a cambio de pequeños favores que los muertos agradecían, como poder sentir un poco de calor, o la frescura de un trago de agua bajando por la garganta, o suspender por unos instantes la perpetua vigilia con una siesta. El colmo del placer, que los dioses concedían con parsimonia, era para los hombres orinar con poderoso chorro en la laguna Estigia, y las mujeres lavarse la cabeza con agua limpia y sentir el aire en los cabellos mientras se secaban.

   (…)”

"La barca de Caronte", José Benlliure Gil

   [¿No es en verdad maravilloso todo esto? Me fascina el modo que tiene Pilar Pedraza de narrar las cosas, de imaginar los pequeños matices del sentimiento tanto de los vivos como de los muertos o de los mismos seres del ultramundo… No puede contarse de una manera más brillante un viaje así por el submundo. Bueno, como ella misma comenta hacia el final del fragmento que he escogido, Luciano de Samosata trazó unos portentosos periplos por el inframundo de los que próximamente me gustaría hablar aquí. Terminaba este trocito en el momento en que Melanta se disponía a contarle a Bárbaro alguno de los pormenores de la vida en el otro mundo, en ese Hades que empezaba a desmoronarse por la fuerza con que empujaban los infiernos de los dioses únicos en el mundo, los que dibujaban un planeta dominado por una estremcedora monotonización de la dramaturgia trascendente…

   En fin. De momento, aún quedaban restos de estas maravillosas criaturas del otro lado, como la Medusa, la Quimera, la Esfinge, el Barquero, y todos esos espectros que vagan con lastimosa enjundia por esos parajes de expiación y deslumbramiento negativo… La Medusa es de los primeros que se encuentra, culebreando con obstinación. La Esfinge, ya desmemoriada, con un alzheimer sobrenatural… Etc, etc.

   Os recomiendo efusivamente la lectura de esta joya de la nunca demasiado valorada editorial Valdemar. En ella se encuentran muchos otros títulos de los que querré hablaros.

   De momento, aquí queda esta narración alucinante de las historias que dominaban el mundo mágico de Alejandría, con todos esos muertos vagando por las calles (¡Bárbaro olvida cerrar las puertas del Averno!), en una especie de mezcla de historia de zombis y filosofía callejera. Al leer este libro te impregnas de toda esa aura de tiempo crepuscular en el que se morían los dioses antiguos y los cultos a ellos prestados… Tiempo en que empezaban a borrarse de la faz de la tierra los diálogos de los humanos con las fuerzas oscuras y misteriosas de la vida y en que empezábamos a distanciarnos del contacto con las más profundas explicaciones de las cosas. Más adelante hablaremos de este melancólico y dramático proceso en el que, como decía Heinrich Heine, los dioses antiguos, al ir perdiendo su realidad, se iban demonizando para el universo de la Cristiandad. También hablaremos de los últimos destinos de esos dioses en nuestro mundo, de Malpertuis y de otros tristísimos destinos.

   Sólo puedo agradecer a Pilar Pedraza ser como es y que escriba estas novelas, estos cuentos, ensayos y textos tan esplendorosamente brillantes y que nunca me cansaré de leer y recomendar.]

 

"Pallas expulsando los vicios del jardín de la virtud", Andrea Mantegna (1499-1502)

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~ por juannicho en agosto 21, 2010.

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