La decepción y los tártaros

   [603. Ese era el número que podía leer en la miserable pantalla del sótano de Correos, adonde había ido a buscar uno de los absurdos libros que compro por correo. Sin sentido alguno ya, pero por una vaga necesidad escénica de efectuar los mismos gestos que la masa que me rodeaba, miré el número que estrujaba nervioso en la mano. Ya sabía cuál era ese número… llevaba unas horas canturreándolo en voz baja, pero no podía permanecer por más tiempo en esa postura de pasmarote. Míralo, sí, mira ese ridículo número 600 que tan contento te puso por su redondez, mira cómo pasa por esa sucia pantalla pisoteado por un 601, por un 602 y ya por un 604, 605, 606… Qué pena.

   Había subido a coger aire a la calle, ya que ese sótano infecto lleno de sudorífera energía negativa me llenaba de congoja. Me fui hacia el exterior convencido de que ese 566 me daría un margen suficiente… de sobra, diría, yo… un amplio margen para poder coger aire y leer al fin los últimos capítulos de este libro devastador mientras esperaba mi turno…

   Y no fue así, y en realidad era normal que ocurriera de tal modo, ya que debía condensar en ese ofensivo 634 que me fue entregado todas las enseñanzas que se ocultaban en este libro y que yo no había acabado de aprehender bien. Este libro, con el que fabriqué al tiempo que esquivé la espera, no era otro que El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. Una verdadera obra maestra.

   No sé si Azúa pensaría en esto al usar como título de uno de sus libros las palabras “aprendizaje de la decepción”, pero es de eso de lo que creo que se puede hablar cuando buscamos un destilado definitivo, una quintaesencia adecuada de lo que representa esa penosa empresa literaria en que se convierte la trama de la Fortaleza y el desierto de los Tártaros…

   Decepción. No recuerdo (a menos que sea algún momento de Dostoievski) una narración tan cargada de miseria y decepción como esta. Suele relacionársela con las obras de Kafka, pero yo creo que es otra cosa. No se atraviesa aquí tanto el asombro por las incongruencias de la vida como la pesadumbre por las certezas que se van adivinando de ella. Toda la novela es como una pesada manta de la que uno quiere expulsar el polvo sacudiéndola, y a veces parece que va a conseguirlo y ésta coge altura y el aire forma oquedades bajo la manta y… cae pesadamente para ensuciarse más todavía al contacto con las sombras revueltas y desengañadas de las expectativas caídas. Nada parece salir bien y, sin embargo, tampoco salir mal. Y no es que no haya un acontecer  que se despliegue en el tiempo, sino que lo hace, por decirlo así, en el momento equivocado y en el sitio equivocado. Es como un sueño desagradable que no llega a pesadilla pero del que quieres despertar a toda costa. Y no esposible. Y piensas que al despertar encontrarás un entorno amable, una vigilia tierna y cariñosa en la que poder volver a soñar con tener sueños bonitos. Pero no hay manera.

   El teniente Drogo está lleno de esperanzas. Llega a la lejana y escarpada Fortaleza dispuesto a avanzar en una carrera militar que podría cubrirse de gloria si los hados fueran propicios. Y sin embargo más bien se va cubriendo de polvo, poco a poco, irremediablemente… No es que haga nada por echar por tierra sus planes, pero las cosas se despliegan ante él de un modo que sólo va dando pie a la pesadumbre y al mortecino hábito de la espera fabulosa… Porque, tras asombrarse de que él, y otros como él, queden atrapados por semejante pudridero anímico y no se decidan a salir de ahí con cualquier otro destino, comprende que sólo le queda la esperanza, la vaga emoción de soñar con que a través del inmenso desierto vacío que se abre hacia el Norte, lleguen con afán bélico, aquellos tártaros de los que hablaban las leyendas de la zona o los ejércitos de la gran nación del Norte, que podrían mostrarse espectralmente desde esa bruma que cubre el horizonte. Todo es posible… ¿por qué no?

   Y esa es la triste historia. El envejecimiento sin paliativos, la enfermedad y el aislamiento progresivo, la pérdida de asideros en la vida y la cada vez más grande convicción de haber lanzado todo por la borda. Sensación de que ya es demasiado tarde y ya nada vale la pena.

   La decepción es lo que jalona toda esta historia terrible como si se tratara de una sucesión de ataques epilépticos que se producen cada cierto tiempo, cada vez que el protagonista pone a prueba sus recuerdos, sus emociones, sus sueños, sus ilusiones… Cuando vuelve de permiso y ve a sus amigos, ya no son sus amigos… La chica con la que pensaba que se casaría, siente que está a años luz de ella sin que haya pasado nada en concreto que lo provoque… Su misma madre ya no se despierta cuando pasa junto a su cuarto al llegar de noche a la casa… Todo son tremendas decepciones, violentas como movimientos tectónicos y, al tiempo, expresadas con palabras oscuras y suaves, en voz baja, con los pensamientos enroscados en las telarañas del desencanto.

   Un momento cumbre en esa oda a la decepción se produce cuando se rompe el marasmo cansino de la fortaleza ante la fundada sospecha de que se aproximan tropas enemigas por el horizonte. Cuando ya todo el cuartel es un hervidero y se reúnen los altos oficiales con los rostros sonrojados de emoción y arrojo militar… llega un mensajero anunciando que las tropas están realizando una medición topográfica de los confines de ambas fronteras, un trabajo de agrimensor, una gris ocupación de burócratas… Gris, gris, gris, grisalla terrible que se apodera de todo. Un desencanto que se impregna de todas las cosas y fuerza que las próximas expectativas sobre posibles enemigos sean prohibidas expresamente por su enorme poder desmoralizador.

   Aún así, el teniente Drogo y alguno más siguen soñando con pequeñas luces que se insinúan en las sombras lejanas… como los buscadores de ovnis en el rebaño increíble y frondoso de las estrellas. Drogo cree que al fin llegarán, que todo tendrá algún sentido, que no ha perdido su juventud y su salud en una fugaz escaramuza con el aburrimiento y la monotonía…

   El final es expeditivo y, en realidad, encierra una gran, grandísima enseñanza, que tiene mucho que ver con la muerte y con la forma que tiene uno de enfrentarla aún si, como por desgracia suele ocurrir, no considera que el morir bien tiene tanta importancia y guarda un significado tan poderoso como el contenido que uno haya acertado dar a una vida más o menos llena de renunciamientos y desesperaciones…

   He de decir que este libro me ha dado mucha pena. Y no porque pase nada triste, sino porque va ocurriendo lo que precisamente más puede llegar a temer uno: la decepción de las cosas bonitas de la vida, el oscurecimiento del amor en una retirada del abrazo, la confusión de los intentos por descubrir los grandes secretos, por descubrirlos y proyectarse en ellos… el desmoronamiento de la amistad y los sueños creativos, el enfangamiento de la afinidad en un tormento inenarrable, el despliegue progresivo e ineludible de la soledad…

   Aunque quizá esa sea la magia de la literatura: ofrecer un aviso para los navegantes de la costumbre o los limitadores del amor… No sé, no quiero decir que en la lectura de esas páginas se esconda una esperanza, pero quizá sí una advertencia y la sombra afectuosa de una comprensión ilimitada hacia los semejantes y el hervidero de sus complicaciones.

   Ojalá, aunque desangrado y contra la pared, los tártaros me encuentren con la espada en la mano.]

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~ por juannicho en septiembre 2, 2010.

2 comentarios to “La decepción y los tártaros”

  1. El poema aquel de Bukowsky


    siento pena por todos nosotros o felicidad
    por todos nosotros
    atrapados vivos al mismo tiempo
    y torpes por eso.
    no hay nada mejor que
    el chiste que somos
    lo serio que somos
    lo estúpido que somos


    una mujer a las 3:35 de la tarde
    pesando uvas púrpuras en una balanza
    mirando la balanza muy
    seriamente
    ella tiene un vestido simple, verde
    con un diseño de flores blancas
    agarra las uvas
    y las pone con cuidado dentro de una bolsa
    de papel.
    eso es iluminación suficiente
    los generales y los doctores pueden matarnos
    pero nosotros
    hemos ganado.

  2. ” – Os confieso que, llegados a cierto grado de locura, o de sabiduría, parece poco importante que sea a mi a quien quemen o a cualquier otro – dijo el prisionero -, ni que dicha ejecución tenga lugar mañana o dentro de dos siglos. No presumo que unos sentimientos tan nobles sigan en pié durante la ceremonia del suplicio (…) Pero quizás demos un valor demasiado alto al grado de firmeza de que da pruebas un hombre que muere …”

    “Opus Nigrum”, margarita yourcemar

    ya hemos muerto unas cuantas veces vencidos por los tartaros.
    los tartaros adoptan muchas formas esquivas para no ser reconocidos; una de las más ingeniosas es su no presencia.
    si te descuidas, piensas que son molinos, que no hubo lucha épica. pero los molinos no son solo molinos, también gigantes.
    “homero”, en griego antiguo, significa, etimologicamente, “gitana rumana”. ni siquiera eran ciegos; hacían el trile pordiosero de la minusvalía.
    troya era lo que fué según la arqueología, esa para-ciencia, seguramente, sí; también es lo que leímos de niños, fascinaditos con “la negra sangre” de los heroes/ macarrillas.

    decepción por el desperdicio y la acumulación de …,

    pero cuanta epica y que grandes hechos los no hechos también.

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