No hay accidentes (aparente ejercicio de paranoia)

Autor: Juan Nicho

Publicado en: VACÍO, nº 6/7, primavera 1998

Ilustraciones: Roland Topor

 

   “No hay accidentes tan desgraciados como para que una persona lista no pueda sacar de ellos ningún provecho, ni tan afortunados como para que los imprudentes no puedan volverlos en contra suya.”

La Rochefoucauld

   Lo que sigue no son sino unos breves comentarios acerca de un inexplicable error de percepción que parece haberse situado sobre todos nosotros a la hora de valorar ciertos sucesos que nos ocurren diariamente y a los que solemos mostrar nuestra faz más esquiva. Hablo de los mal llamados accidentes. Esos lazos que nos tiende el destino y en los que no podemos más que dejarnos sumergir entre sus vaharadas de fatalidad. Los tropiezos en los que nos damos cuenta de que todo pende de un extraño hilo que nos es ajeno, por lo que sólo podemos esperar moqueantes la prolongación deseable de nuestras buenas rachas de suerte. Yo creo que todo eso es mentira. Se me ocurre que alguna aviesa intención se esconde detrás de esta grosera calificación de accidental a los hechos más relevantes de nuestra existencia. Así, de buenas a primeras,  no es descabellado atribuir a todo esto o bien un  intolerable mecanismo de defensa vital o bien una peligrosa conspiración a nivel planetario para desentender al ser humano de las violencias que contra él se cometen. Digo yo.

   Por ello voy aquí a trazar un pequeño recorrido por algunas de las ocasiones en las que al discurrir por la vida damos con nuestros huesos en la aparente zancadilla del accidente.

   Destino es voluntad divina, fatum, travesura del o de los dioses al cabo, pero nada que tenga que ver con nuestros personales trapicheos. Accidente sería la voluntad humana disfrazada de mermelada divina, entontecida, hecha un adefesio. Incluso dotada de un incongruente azar, o intención caótica -para complicar ya aún más el potaje de los términos-. Lo que quiero decir es que nada ganamos con otorgar a nuestros actos una justificación tan burda, como a lo que nos ocurre un consuelo tan pobre que a nadie que se guíe por un mínimo de honestidad puede servir de mucho.

   Y he optado por obviar el tema de las excepciones a toda regla ya que, aún exsitiendo en este tema, no nos valen para nada.

   Veremos por lo tanto que este autoengaño universal extiende sus redes de forma progresiva y geométrica: de abajo arriba, de lo pequeño a lo grande, con un cierto disimulo y sutileza.

   Llamo en principio su atención, damas y caballeros, hacia los gestos más ínfimos, cotidianos, en apariencia imperceptibles y que nos dejan un sabor de perplejidad al grueso de nosotros y de refocile a los más poco exigentes. Nos hallamos en un campo en el que el psicoanálisis de Freud, quizá en exceso audaz en otras ocasiones, muestra aquí todo su esplendor indagativo. Pondremos pues en la palestra todo el potencial de sus planteamientos acerca del lapsus, el olvido y las equivocaciones: toda esa adorable mandanga acerca de los actos fallidos que, al decir del viejo Sigmund, “siendo grandemente frecuentes y no teniendo por condición estado patológico ninguno, todos podemos observarlos con facilidad en nosotros mismos”. “Podemos preguntarnos” sugiere “si es por puro azar por lo que nos hacemos daño a nosotros mismos y ponemos en peligro nuestra personal integridad”. Pues eso, podemos preguntarlo y respondernos acaso que no, que el azar y el accidente se ofrecen como coartada a un conjunto dinámico y entrelazado de pensamientos, intenciones y sentimientos que, no atreviéndonos a declarar abiertamente, o no siendo posible hacer pública su esencia, camuflamos de las maneras más extravagantes. Para el psicoanálisis se tratará de los complejos recovecos del inconsciente, tratando de manifestar con tales errores y “pequeños accidentes casuales” esa realidad oculta tan inconveniente para el sujeto. No hay por qué dudar de tal aserto, aunque quizá tratándolo de un modo más sencillo y otorgando a este inconsciente un poco menos de ese ominoso poder irremediable y siniestro del que Freud lo adorna y, sin tratar de celebrar el absoluto y total dominio de la voluntad del hombre, sí reconocer que un cierto adormecimiento y obnubilación de la conciencia da a nuestros actos más pequeños la forma de secretos casi indescifrables. De ese modo olvidamos nombres, perdemos cosas, erramos en las palabras y cometemos los más incomprensibles descuidos, todos accidentes menores que no son tales, sino treguas auto-otorgadas para defendernos en el apabullante mundo de las relaciones humanas.

   “Cualquiera de nosotros que tenga tras de sí una experiencia algo larga ya de la vida puede decir que sin duda se hubiera ahorrado muchas desilusiones y muchas dolorosas sorpresas si hubiera tenido el valor y la decisión de interpretar los pequeños actos fallidos que se producen en las relaciones entre los hombres como signos premonitorios de intenciones que no le son reveladas.”

Freud

   De ahí a los tristes sucesos que presiden los accidentes personales en los que se sufre o puede sufrirse algún daño hay un breve paso. Entramos en la lúgubre aunque reveladora zona del suicidio. No puede, en rigor, hablarse de accidente en todas aquellas situaciones equívocas en las que nos vemos cruzando la calle sin mirar, cayéndonos en pozos, cortándonos el dedo o la yugular, precipitándonos distraídamente desde algún sitio o estampándonos contra algo. En todos estos momentos puede inferirse algún tipo de entrega a un empeño más trascendente. No puede asegurarse que este empeño sea el de buscar el dolor o la muerte directamente pero sí casi siempre el de entablar algún tipo de juego o apuesta con esta última, en el sentido de probar a ver qué pasa, dejar en manos de un supuesto azar la decisión de acometer lo que a casi todo mortal ronda en algún momento junto a las dudas sobre la cosa de estar vivo. Esto cuando no se trata de pagar culpas. Y puede comprobarse fácilmente lo dicho cuando se habla de los accidentes provocados sobre uno mismo por el uso de drogas y del tráfico. Ocioso resulta valorar las muertes por sobredosis de caballo como un evidente suicidio, incluso aquellas provocadas por la adulteración, ya que el ofrecer al pairo de cualquier desalmado el interior de las venas sin garantía alguna supone ya de por sí un excesivo apego a la supervivencia. En todo caso, la muerte por sobredosis de heroína, ese retorno definitivo al útero materno que tan imperiosamente se exigía, lo es todo menos accidente. Y en cuanto al tráfico, pero de coches, nos sirve para enlazar con la siguiente modalidad de accidentes trucados. No ya aquellos, defensivos, que nos sirven para tontear con la muerte, o para valorar la vida con patrones inverosímiles y nuevos, no ya el suicidio escondido en la maleta en la que guardamos el cepillo de dientes y nuestras mejores excusas, ni tampoco la declamación clamorosa de las víctimas de la injusticia que caen en alguna batalla de andar por casa, sino la participación activa y tormentosa en un grado más de la epopeya del accidente: ni más ni menos que el accidente elevado a la categoría de las Bellas Artes, el accidente como asesinato.

   Aquí declaro que en este texto retomo la vieja idea de David Cooper acerca de que no existen en esta sociedad nuestra ni muertes accidentales, ni tan siquiera naturales. Todas corresponderán a los modelos más o menos de evidentes de suicidio o asesinato. Y es en este sentido que este panfleto ofrecido al lector se dirige a extender esta tesis no ya sólo a las muertes sino a todos los parapetos en los que se defiende el accidente de nuestro tiempo.

   Pero es que ateniéndonos a la amplia gama de accidentes que nos ofrece la moderna tecnología en forma de cotidiano desastre asfáltico, poco podemos ya dudar de nuestras teorías. Estos accidentes velados pero cruentos en los que una vida ajena acaba siendo víctima de la categoría reina de las estadísticas: el accidente de tráfico. Puede sonar duro pero, en cada ser humano, la corteza superficial de este mundo no revela quizás toda la miseria moral y tristeza acumulada desde hace siempre demasiado tiempo, y todo ese volcán que habitualmente no llega a erupcionar, yace prieto bajo la tierra ansiando llevarse consigo a todos los demonios. A veces lo hace, y entonces muere gente en las carreteras, los trenes, los aviones… A veces sólo muere el que lo provoca, señalando con ello un indicio de posible autofiniquito o al menos de un cierto deseo o intención de clausura. Pero en otras ocasiones, las más, muere, o no, mucha otra gente que andaba cavilando su momento de otra forma y que nada podía esperarse, mueren de improviso por el accidente que otros ponen en escena. No deja de extrañar que en esta sociedad audiovisual, y por otro lado carente de imaginación, cuando es llevada a la luz pública una catástrofe de este tipo, casi indefectiblemente se produce una segunda, en una suerte de réplica automática de las catástrofes que no deja de producir escalofríos. A un accidente ferroviario absurdo como el producido en Navarra, le sigue otro, más absurdo aún pero idéntico, bajo la luna de Guadalajara. ¿Y por qué? Porque si todo el trasiego de la vida sólo ha provocado insatisfacción, fracaso, ruina y derrota, puede optarse por la lucha o por el apocalipsis. La paradoja de este tiempo es que lo cotidiano y vulgar, lo mediocre y deseado, es el Apocalipsis. Apocalipsis menor, cierto, pero apocalipsis al fin y al cabo: escabechina. Y en un segundo de digestión emocional, se manda todo al carajo. Pero antes de ver aviones derrumbarse apesadumbrados y autobuses enloquecidos y frustrados lamiendo los arcenes, observemos simplemente que el número de accidentes de coche en las carreteras es más o menos estable, es decir, la idea va corriendo regularmente como una posibilidad siempre presente no ya sólo de suicidio, sino de asesinato, y eso, claro, es algo muy preciado para el hombre contemporáneo carente de un sentido que mínimamente diera el pego para vivir esta vida dignamente.

   Así, de este modo, podemos decir que esta versión de exterminio cotidiano es algo así como la válvula mutua de escape alternativa a los planteamientos individuales sobre la propia vida. También es una rendición a un sistema feo y hecho de chatarra. Bien.

   Pero aún podemos hallar más grados de mueca y escándalo en los supuestos accidentes que andamos estudiando. Entrados ya en los accidentes ofensivos, de ataque, agresivos en toda regla, nos encontramos con toda la gama de errores y negligencias que, a nivel individual e institucional provocan la muerte o el estropicio de incontables seres humanos con el beneplácito de la justicia y la sorpresa de los medios. Muertes absurdas, errores judiciales, cáncer, sida, acciones inevitables, imprudencia, error médico, fallo mecánico… Da igual. Papilla humana.

   Todo lleva por lo tanto e inexorablemente a los accidentes más desagradables: los que nadie se cree, pero que jamás pueden protestarse. Me refiero, cómo no, a la excelencia policial, al siempre trabajado como asignatura obligatoria y práctica en la Academia de Policía accidente fortuito en la comisaría, en la detención, en el registro, en el cacheo, en la simple conversación con el reo a través de las rejas… Larga es la leyenda de estos accidentes aparatosos que tan bien narró Darío Fo en su Muerte accidental de un anarquista, y en los que tantos sufridos seres se han visto implicados. Nada que decir a esta flagrante evidencia de la falsedad del accidente, sino una conclusión que nos facilitará las cosas para cerrar este opúsculo. Antes, eso sí, añadir que el accidente puede formar parte también de una necesidad, digamos, técnica. Sería el caso de la guerra y de sus víctimas inocentes inevitables, el costo civil, las vítimas de bulto, los accidentes otra vez.

   Ésta y el resto de las anteriores mentiras que buscan justificarse, desde la que cubre el lapsus freudiano hasta la de la hecatombe nuclear, todo es al fin un desvarío de hipocresía en el que vislumbramos que la tesis del accidente como explicación real se ha hallado siempre como arma en manos de todo poder, como baza a jugar para eliminar la iniciativa y la decisión del individuo y perpetuar su dominio sobre él, sea en el momento solemne de las muertes como en el de la inoculación de los estúpidos virus de la irresponsabilidad e ignorancia ante las cosas por parte nuestra, a modo de pequeños policías interiores reprimiendo nuestros actos, torturándonos accidentalmente e incluso, de la misma manera, provocando nuestra mismísima y lamentablemente poco heroica ejecución.

   En realidad, podríamos vivir casi eternamente (extraña expresión), ya que nada podría evitar que obviáramos la desintegración corporal: ninguno de nuestros órganos, como señala Sender, es el mismo en el tiempo, por lo que una y otra vez nos reproducimos, cansina y jocosamente, en innúmeros seres. El hecho de que perezcamos, cosa que él, Ramón J. Sender, relaciona con la advertencia hastiada de las ballenas con su suicidio continuado y pletórico de reproche y asco, no vendría a significar otra cosa que no sabemos qué hacer con nuestras carnes más que ofrecerlas al desgaste, someterlas a una rutina de naderías y simpleza. Debe decirse, en honor del género humano, que no siempre ha sido así y que seres que abundan en los días del homo sapiens dan fe de su esforzado triunfo sobre lo muerto. Pero el hecho de que nos obstinemos en seguir considerando accidentes a los aconteceres más relevantes de nuestro interior y de nuestro quehacer diario, nos sitúa en un punto peligroso, por cuanto, aparte de engañarnos, nos damos unos a otros carta blanca para destrozarnos con saña en vez de (como reconcía Pavese en un mal momento: “me hallo en el estado en el que se cometen los delitos”), otorgar a cada momento el calor y la validez (¿valor y calidez?) que el pavor a vernos torpes ha escondido en el accidente, que el pánico a hallarnos asesinos y suicidas en potencia ha recluido en el consentimiento y la indiferencia. Y es que nada hay más rocambolesco y fantástico que la frase: “Cosas que pasan”.

   “Ocurren accidentes en la vida en los que si se quiere salir con bien, hay que estar un poco loco.”

La Rochefoucauld

Anuncios

~ por juannicho en septiembre 3, 2010.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: