Julio Camba, el oráculo flamenco y la agotadora manía de pensar

   [Como soy una persona que no tiene mayor sentido, considero necesario para mi supervivencia el tener como mínimo un libro que leer en cada una de las abundantes habitaciones de mi casa. En el lavabo, actualmente, se halla esta joya del señor Julio Camba que me ayuda a comprender en concretísimos momentos del día cómo los pensamientos y acciones de los seres humanos sólo parecen evolucionar en el tiempo, pero en realidad no lo hacen demasiado. Vivimos en una especie de organillo en el que siempre suena la misma melodía por mucho que se empeñe uno en tocarla de un modo u otro. Aunque, quién sabe, puede que la estructura de este holograma nuestro en el que estamos encerrados nos revele algún día alguna pequeña sorpresa… No está todo perdido aún.

   Hace unos minutos he leído este texto del libro Sobre casi todo, de Julio Camba, y me gustaría compartirlo con vosotras y con vosotros. No me han entrado ganas de comentarlo mucho, porque creo que se retroalimenta a sí mismo con su propia extrañeza, pero algo de su contenido me ha resultado profundamente agotador, como si describiera una pendiente hacia la que nos vamos deslizando. No sé si pensar en la delegación progresiva a la que se somete la vida corriente o incluso en una especie de “matrix” a la andaluza, como los calamares… A veces pensar me cansa, me hiere, me convence de una inutilidad fundamental de la vida y me lleva a desear acelerar mi viaje al nirvana. Otras veces es una resignada sorpresa la que me lleva a la siguiente página de la vida. Quizá no haya un libro en cada habitación de mi casa, sino un capítulo en cada una de ellas, un capítulo de una vida-libro que se va escribiendo cada día en la angustia de la ausencia de la afinidad y en el sueño de una posible alegría paralela…]

 

 

SOBRE EL PENSAOR

  

   Renuncio a describirles a ustedes el proceso de aquella juerga andaluza, ya que las juergas andaluzas, como las ceremonias religiosas, se ajustan siempre a un mismo ritual. Lo cierto es que mi amigo el extranjero estaba maravillado. Yo le había descrito ya la personalidad de nuestros diversos ejecutantes -el tocaor, el bailaor, el cantaor, etc.-, cuando su atención se fijó en un tipo mixto de ejecutante y de juerguista que permanecía grave, inmóvil y  silencioso en un rincón. Todo el mundo parecía respetar mucho a aquel hombre, y de vez en cuando, en los momentos difíciles de la juerga -las juergas andaluzas son una cosa muy seria- la asamblea demandaba a coro su consejo. Entonces el hombre misterioso nos imponía silencio con una mirada, cogía su copa de vino de una manera sacerdotal, ungíase lentamente los labios en el líquido oloroso y depositaba de nuevo la copa sobre la mesa. A veces, tras este ceremonial, que, en nuestro estado de expectación nos parecía durar una eternidad, el inquietante personaje permanecía silencioso considerando, acaso, que la mejor palabra es siempre aquella que no se pronuncia; pero, otras veces, dejaba caer de sus labios un apotegma susceptible de diversas interpretaciones. Los hechos concretos en sí le interesaban muy poco, y del terreno en que éstos se producían, nuestro hombre trasladaba todos los problemas al plano superior de las ideas generales. Así, por ejemplo, cuando se le consultó sobre la conveniencia de expulsar a Antonia la gitana, por su injusta agresión a Rosita la malagueña, el hombre-sibila dijo:

   -Las mujeres toas son unas.

   Y, al averiguarse que todo aquel escándalo había tenido su origen en una veleidad de Magras, el cantaor, murmuró:

   -Los hombres, tien que ser hombres…

   Como digo, la fuerte personalidad del extraño personaje suscitó el interés de mi extranjero, quien, sabiendo ya a qué atenerse respecto al cantaor, al bailaor y al tocaor, me preguntó:

   -Y ese señor, tan respetable, de la esquina. ¿quién es?

   -Ése -le respondí- es el pensaor.

   -¿El pensaor?

   -Sí. El pensaor. Un pensador de alquiler, como si dijéramos. Algo así como un filósofo para bodas y bautizos. En todas las juergas lo verá usted. Nosotros, los señoritos, consideramos que no debemos molestarnos nunca en nada, y cuando venimos de juerga, traemos con nosotros a toda suerte de profesionales. El tocaor nos toca, el bailaor nos baila, el cantaor nos canta y el pensaor nos piensa. ¡Para que luego se diga que despreciamos el pensamiento!

   -¡Curiosa manera de divertirse! -exclamó mi amigo.

   -No, si no nos divertimos -le interrumpí-. No nos divertimos absolutamente nada; pero, en lo sucesivo, ya encontraremos a alguien que, mediante unos cuantos duros, se divierta por nosotros.

De Sobre casi todo, Julio Camba

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~ por juannicho en septiembre 4, 2010.

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