De cómo David Cooper y su libro cambiaron de sitio con violencia todos los muebles de mi cabeza de 14 años

   “(…) Si no dudamos nos convertimos en dudosos ante nuestros propios ojos y nuestra única opción es perder la visión y contemplarnos con los ojos de los demás, los cuales, atormentados por la misma irreconocible problemática, nos verán como personas debidamente seguras de sí mismas y que dan seguridad a los demás. En realidad, nos convertimos en las víctimas de un exceso de seguridad que deja a un lado la duda, y en consecuencia destruye la vida, sea cual fuere la forma en que la vivamos. La duda hiela y hace bullir al mismo tiempo la médula de nuestros huesos, los mueve como dados que nunca se arrojan, toca una secreta y violenta música de órgano entre las diferentes calibraciones de nuestras arterias, retumba ominosa y afectuosamente en nuestros tubos bronquiales, en la vejiga y en los intestinos. Es la contradicción de toda contracción espermática y es la invitación y el rechazo de cada fluctuación muscular vaginal. En otras palabras, la duda es real si podemos encontrrar el camino de retorno hacia esa especie de realidad. Pero para ello hay que eliminar los falsos caminos del atletismo y del yoga ritual; rituales que lo único que hacen es confirmar el complot familiar para externalizar la experiencia corporal a través de actos que pueden llevarse a cabo al margen de una relación auténtica y según un horario que evoca esa disciplina del retrete a que nos sometían en el segundo año de nuestra vida, o incluso antes, cuando “nos sentaban”, y que tiene como objetivo hacernos olvidar el equilibrio exacto entre la posibilidad de evacuar o retener una caca que sentimos claramente.”

De La muerte de la familia, David Cooper

 

   [Creo que era cuando tenía unos 14 años que iba a robar libros a las librerías de la Rambla de Tarragona. Lo hacía básicamente por dos motivos: por motivación personal y entrenamiento automotriz y, modalidad que no he abandonado del todo, porque me daba vergüenza comprar según qué cosas. Y, aunque hace ya mucho tiempo que comprendí que robar en librerías que no sean de grandes almacenes está muy feo, aún recuerdo aquellos episodios con una emocionada sonrisa…

   Por extraño que parezca -a mí me lo parece- a esa edad empezaba a evolucionar en mis lecturas de un modo ordenadamente paradójico. El hecho de que me sostuvieran tanto tiempo las lecturas de obras “policíacas” (de Los tres investigadores progresé hasta los libros de Agatha Christie), hasta el extremo que mis primeros cuentos -escritos por mí, quiero decir- fueran torpes intentos de determinar pequeñas y bobaliconas historias de robos y crímenes menores, ese hecho, decía, creo que intenta decir que buscaba hallar soluciones a problemas que aunque eran comunes a todos, quizá yo vivía con una intensidad desusada. Había, por así decirlo, un delito primordial, un crimen misterioso, un pecado original si queréis, que hacía que sintiera que a todo lo que me rodeaba le faltara una pata…

   Supongo que por esos saltos bruscos que provocan los cambios hormonales me debí dar, aparte de a las búsquedas eróticas absurdamente tortuosas, a tratar de hallar explicaciones a lo extraño de las cosas que conformaban el mundo. De ese modo derivé de cabeza, como si hubiera caído encima desde muy alto, hacia las historias de ciencia-ficción. En esa época había unos libritos de tapa blanda negros que contenían historias muy buenas y fueron muchos los que compré o robé -puede que los robara cuando la portada me daba vergüenza, ese extremo no lo recuerdo, pero conociéndome es bien posible-…

   Recuerdo con especial cariño algunas obras de Robert Silverberg, no sé bien por qué y, por supuesto, a Isaac Asimov que ya iba haciéndose un sitio en el imaginario colectivo de mi generación. Dick y los buenos de verdad tardarían bastante más en llegar. Creo que en esas lecturas debí intuir algo, pero no debió ser suficiente, y conservo esa especie de recuerdo persistente de una frustración insalvable.

   Me pasó lo peor que me podía pasar. Cayó en mis manos la reveladora y exitosa en su momento obra del doctor Raymond Moody, Vida después de la vida… seguida casi inmediatamente por Reflexiones tras Vida después de la vida. Hace poco recuperé el primero de esos dos volúmenes y aunque no lo pude leer de nuevo -no pude-, lo guardé en mi biblioteca con gran ceremonia. Me ocurría algo curioso con esos dos libros: relacionaba los colores de las toscas portadas de ambos con los de unos chicles que tomaba en esa época y me gustaban mucho. Además, el primer libro -de color rojo azulado- salió cuando yo frecuentaba los Bang-bang de fresa y no sé qué más -idénticos colores-, y justo cuando salió el otro libro con una portada amarillento fosforita, me aficionaba ya a los Bang-bang de algún tipo de cítrico que acababan de salir con gran algaraca -los mismos colores que el libro-. No podía ser una coincidencia. Aquello grabó a sangre y fuego mi recuerdo acerca de esos dos libros en los que se narraban las experiencias de los enfermos terminales en el momento de morir y regresar en el último instante tras haber sido ya declarados clínicamente muertos. Ya sé, ya sé, mi asociación de ideas es esencialmente pobre, pero convendréis conmigo en que los recuerdos se fijan más por los sentidos del olfato y el sabor que otra cosa, y esos colores para mí iban acompañados del sabor, olor y textura de esos chicles que, con el tiempo, fueron adelgazando inexplicablemente… En fin. Tempus fugit.

   Todo esto para explicar que mis ideas sobre el sentido de la vida, de la muerte y de nuestra absurda existencia andaban ya bastante revueltas. No lograba entender nada y el por qué de las cosas se me escapaba cada día junto a mis recursos para acompañar coherentemente a los tiempos que vivía.

   La guinda a todo eso fue uno de los libros que más me han marcado nunca. Era una especie de tratado extraño de psiquiatría política o algo parecido. Repito: tenía catorce años y un mejunje en la cabeza que ya era casi insoportable. El libro: La muerte de la familia, de David Cooper. Y ahí empezó todo.

Esta edición en concreto. Qué recuerdos...

 A estas alturas de mi vida -recién cumplidos la semana pasada los 40- ya no me da vergüenza decirlo: éste es el libro que echó a perder mi vida… y sin embargo la salvó! Sé que con frases de iluminado o de escarmentado no me voy a hacer explicar, pero es que casi que lo veo así. Este libro, que no recuerdo ya si robé o compré, dio el acelerón definitivo a mi modo de pensar las cosas. Quizás hubiera podido salir con bien de todo ello, pero dada mi ingenuidad estructural, la verdad es que creo que cogí demasiada velocidad en el intento.

   No es que me estrellara, pero creo que desde entonces he ido dando tumbos… Y no me arrepiento, pero ahora reconozco que para poder entender bien las cosas hay que aprehenderlas con un poco más de calma, perspicacia, paciencia y autodisciplina. Carecía de casi todo ello. La lectura de este libro me alteró hasta extremos inauditos y, como quien hace un perfecto viaje psicoactivo, creía al fin haberlo comprendido y descubierto todo.

   En realidad, no era exactamente así. Por una parte, este libro confirmaba mis suposiciones sobre la básica falsedad de la realidad tal como aparentemente se la veía. Una especie de velo se prendía sobre las cosas. Para Cooper aquello tenía unas connotaciones eminentemente revolucionarias pero, afortunadamente, no se quedaba allí. Sería algo así como añadir al “cambiar el mundo” un innovador “cambiar tu mundo”, reflexión que hasta entonces se hallaba en manos de demasiadas filosofías desvaídas y movimientos dotados de una muy pobre espiritualidad. Lo que este hombre decía es que había que entrar con paso firme en esa especie de explosión de todo que trastocaría el mundo entero y comenzaría a fundar nuevas formas de convivencia… Sí, ya sé, suena muy manido, pero tal como lo explicaba no lo era tanto. Se atrevía a lidiar con los contenidos de los delirios, de los actos esquizofrénicos, de las consideraciones médicas sobre actos sociales… En realidad, todo eso era una bomba. De él surgió el término “antipsiquiatría” que yo, junto a una gente de la que me separé, traté de remedar con mi neologismo “contrapsicología”. Es una historia larga y llena de amargura, aunque con algún momento brillante. En  fin. Otro día.

   La cosa es que el libro de Cooper me fascinó. Me llevó a estudiar psicología, pero por la misma manera de aplicar sus ideas en un mundo que ya no era el de Cooper, acabé expulsado de la psicología oficial y fundando una contrapsicología alternativa de la que, grotescamente, también acabé siendo expulsado… A veces me hace reír, pero es espantosamente triste. En fin, alguna cosa aprendí de todo eso, indudablemente. La primera es que a Cooper hay que hacerle caso… en su justa medida. Estaba claro que a este hombre se le iba la olla en abundantes ocasiones y a pesar de la genialidad de muchas de sus construcciones, le veía lastrado por su insistencia en un marxismo decadente y ya marchito y un modo de buscar la autoorganización que, forzosamente debía llevar a estructuras autoritarias.

Con Deleuze...

   Su mismo modo de considerar los diferentes episodios violentos en los que una persona se podía ver envuelta en su vida como posibles “viajes” de los que obtener amplias enseñanzas, creo que le pasó demasiada factura. No recuerdo si es en este libro o en los dos siguientes -también estupendos- donde habla del “viaje mental iniciático” que es posible emprender también “a través” incluso del alcoholismo. Él, que había salido indemne de todas las experiencias con psicodélicos -indemne y enriquecido hasta el extremo de dedicar capítulos a ello con consejos, sugerencias e instrucciones-, no pudo otear la salida del farragoso mundo etílico y, por lo que sé, eso fue lo que acabó con él de un modo u otro.

   De su libro aprendí muchas cosas que apliqué en mi vida cotidiana pero, se podría decir así, no hallé el modo de asimilar y elaborar correctamente todas esas novedades que iba incorporando a mi vida. Puse en mis manos un arma que costaba mucho manejar y sus tiros fueron disparados hacia todas partes, incluso hacia mí mismo. En fin. Al menos disparé.

   Ahora que quiero empezar a ordenar mis cosas, a poner en claro todo aquello que me ha conformado y me ha permitido llegar vivo hasta aquí… quiero dedicar algunas entradas a lo que supuso para mí este libro, un libro que te entregaba a la deslumbrante certeza de hallarte en un mundo imprevisible y violento, en el que constantemente debías hacer fuerza, ejercer presión para enderezar la desviación que las fuerzas oscuras de la reacción imprimían al mundo. Era difícil vivir así y no enloquecer, no sentirse derrotado o insuficiente partícipe de los cambios que necesitaba el mundo. David Cooper proclamaba una sana locura para la que muy pocos podían sentirse preparados, entre ellos, quizá, él mismo. Pero lo intentó y eso… ya es mucho.

   Si os acercais sin prejuicios y mente abierta a este libro descubriréis cosas muy interesantes, observaciones apasionantes sobre los estados que la psiquiatría considera patológicos con demasiada precipitación, argumentos sorprendentes acerca del modo nocivo de relacionarse los humanos -especialmente en la estructura familiar- y que llevó a muchos otros a edificar una frondosa literatura crítica y liberadora, un humor muy peculiar, etc., etc….

   El caos que fue introduciendo este libro en mis pensamientos y en mi vida me llevó a buscarme muchos problemas, pero también a salir de otros y a hallarme sorprendentemente feliz de haber actuado de un modo diferente del que se esperaba en un principio de mí como integrante de una mermelada social demasiado espesa como para moverse en ella con desahogada desenvoltura… Os pondré algunos trozos a partir de hoy. Este libro suele encontrarse en los mercadillos y las librerías de viejo. Ya nadie lo lee ni a nadie llama la atención. Pero a mí me hizo pensar mucho, cambió mi modo de ver las cosas y me puso frente a una vida peligrosa pero llena de posibilidades. Que lo disfrutéis.]

   “Un monje tibetano, entregado a un largo, solitario, meditativo retiro, comenzó a tener alucinaciones de una araña. Cada día la araña aparecía más grande, hasta que por último su tamaño fue como el del hombre y su apariencia amenazadora. En este punto el monje pidió consejo a su guru y recibió esta respuesta: “La próxima vez que se aparezca la araña, dibuja una cruz en su vientre y luego, tras reflexionar, coge un cuchillo y clávalo en medio de esa cruz”. Al día siguiente, el monje vio la araña, dibujó la cruz y luego meditó. En el preciso instante en que se disponía a clavar el cuchillo, miró hacia abajo y, con asombro, vio la marca dibujada con tiza sobre su propio ombligo. Es evidente que distinguir entre el adversario interno y el externo es, literalmente, una cuestión de vida o muerte.”

De La muerte de la familia, David Cooper

 

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~ por juannicho en septiembre 5, 2010.

Una respuesta to “De cómo David Cooper y su libro cambiaron de sitio con violencia todos los muebles de mi cabeza de 14 años”

  1. Muestra de que el libro “La muerte de la Familia” marco mi vida de manera interesante, es que llegue a este post. Por cierto es un libro que regale a un exnovio el cual resulto mas afectado que yo (o màs iluminado, mas loco o mas cuerdo).

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