Viaje al fin de los libros

 

   “No hay contratiempo o desánimo que no desaparezca con media hora de lectura.”

Montesquieu

 

   Le quedaba tan poco tiempo de vida, o eso le habían dicho, que no sabía por dónde empezar. Bastó un mal agüero de los médicos para que se recluyera definitivamente en esa biblioteca que tantos años le costó reunir. En ella, dominando los siete lados de la extraña habitación, se disponían los libros de un modo perfectamente ordenado. Dos extensas paredes de libros en posición vertical marcaban el vasto terreno de la literatura ya leída, así como el resto del cuarto, suspendido en un tramo por una ventana, representaba la horizontalidad de los libros no leídos. Durante años fue acumulando en estas supinas estanterías los libros que pensaba leer en el momento adecuado, cuando las circunstancias ambientes hicieran más bonita la lectura, un prodigio de simultaneidad literaria. Y así fue durante un tiempo. Las guerras en el mundo permitían una jugosa lectura antibelicista, así como el desagrado ante picos punzantes del mundo permitía recurrir a los clásicos del escepticismo como Céline. ¿Que un ciclo de cine chino a la vista?, ¡adelante con Li Po y compañía! ¿Que rumano?, ¡venga Panait Istrati y su trágico destino! Así funcionaba todo, y era bonito porque una cosa llevaba a la otra. Si cumplías los treinta años leías Después de los treinta de Ingeborg Bachmann y si te leías el Vivant Denon, te hacías luego con el pastiche de Kundera sobre él. Así iba. Las lecturas se precipitaban sin demasiado proyecto de futuro.

   Era difícil observar los numerosos estantes de lectura imprescindible sabiendo que se transformarían en lectura imposible. Para un lector apasionado, es una sensación parecida a la de ver arder la ciudad en que has vivido siempre y en la que pensabas edificar un mañana. Esos libros están ahí. Podía saberse incluso la fecha de adquisición de todos ellos en mercados de viejo y librerías polvorientas. Verdaderas joyas de autores que ya nadie conoce y a nadie interesan, pero que movilizaron muchos corazones y fibras literarias.

   Cada vez que entraba en su biblioteca, antes incluso del veredicto médico, suspiraba agobiado por el trabajo pendiente. El idiota, el Ulises, Tristram Shandy, ¡si todavía no he empezado! En una ocasión entró su hermana, excelente médico por otra parte, y al observar incrédula los libros ya leídos comentó: “Me parece que has estado muy ocioso.” Él bajó la cabeza. Era otro tipo de trabajo el suyo. También había sudado con él. Pero cómo explicarlo.

   Por supuesto que no quería morir. De hecho, la condena era ridícula. Él se marcó un tiempo de vida equivalente a la longitud de su biblioteca. Y tampoco eran tantos los libros que le esperaban, eso sí, eran cientos, Proust entre ellos. Y el tiempo, decían, se acababa.

   Puede alguien haber desempeñado un noble oficio toda su vida, cuidando siempre de acertar y limar los detalles, que cuando le llega el fin, cuando se jubila, ese alguien descansa, reposa, deja el martillo o el ordenador y se dispone a vivir. ¿Qué debe hacer el lector cuando la biología lo jubila? ¿Cómo ordena sus lecturas de modo que no pierda el texto imprescindible? ¿Por qué Chesterton y no Groddek con su Escrutador de almas? ¿Otro cuento de Cortázar en vez de los exabruptos finales de Marek Hlasko? No se sabe. ¿Quién podría decirlo? ¿Quién aconsejar a nuestro moribundo lector en su calvario final? ¿La perorata del apestado de Bufalino, recordando la enfermedad, o Tagore como inspiración póstuma de alegría y resignación ante la muerte? Difícil. Nuestro hombre entra en la biblioteca y revisa los estantes con melancolía, pasando los dedos, las yemas de los dedos, por los lomos que no sabe si leerá, y espera una señal, un consejo, una indicación pertinente a su desastre final.

   Nada de biología, nada de ciencia ni de filosofía y por supuesto, nada de autoayuda, ni siquiera de psicoanálisis. Sólo buena literatura, querida y cercana, pero ¿cuál? Cioran por supuesto, siempre a mano, pero no como lectura, quizás como vomitorio aliviante. Dostoievski, no hay tiempo. Fausto, no más tentaciones, Tres camaradas de Remarque, ya no hace falta, el Libro Tibetano de los Muertos, demasiado reiterativo…

   Si hubiera sabido que llegaría a este punto, es seguro que habría lanzado los libros por la ventana o erigido las hogueras del postrero Quijano o de los buenos ciudadanos que se cuecen a 451 grados Fahrenheit. Pero no podía saberlo de antemano, ¿cómo prever este atasco fabuloso al final de sus días?

   Había, eso sí, remotas posibilidades. Cabía marcarse un recorrido estudiado y preciso por los huecos que le faltaban, leyendo tan sólo pequeños fragmentos que le dieran una idea del mundo que dejaba atrás. O podía idear un itinerario totalmente aleatorio que le deparara, al modo surrealista, agradables sorpresas asociativas. Había opciones. Como la de tomar al asalto su biblioteca y con furor revolver en los libros hasta que fueran ellos mismos los que cayeran en sus manos, entregados sin condiciones a su salvaje requerimiento. Quedaba incluso el sereno recurso a la relectura, más propio de sabios que rumiaran su propio y celebrado pensamiento que de compulsivos lectores desquiciados como él. Había opciones. Renqueantes y limitadas, pero opciones al fin y al cabo, que le prometían un vistazo siquiera al tesoro que el tiempo enterraría para siempre.

   ¿Y qué ocurriría después con sus libros? ¿A qué manos pasarían llegado el momento? ¿Quién desharía el plisado triangular de las marcas tan cuidadosamente trazadas o borraría las notas que ingenuamente no había podido evitar hacer? Entre líneas, otros significados, al cerrar el libro, muy otros pensamientos.

   Pero nada que hacer con ellos, eran supervivientes al enésimo naufragio y, de un modo u otro, ya habían descargado su esencia vivificadora. Muy diferente era el caso de los otros, los no leídos, los que esperaban su turno en el bosque en llamas de la biblioteca, los que sabían que en el rescate no habría sitio para todos y que muchos deberían prolongar por un tiempo más su decepcionante silencio.

   Quizás emular al doctor Kien, de Canetti, obligado a cargar en su cabeza con toda su biblioteca expoliada, convertido en todo un hombre-libro andante, o a los otros hombres-y-mujeres-libros de Bradbury, teniendo que escoger trágicamente una obra para memorizarla y asegurarle así un posible futuro en un mundo sin libros… Era difícil y el tiempo se acababa. Podía llegar el momento sin haberse decidido por nada y eso sería lo más terrible, morir abandonado de los suyos, desairado. Debía tirar de ese hilo que su falta de previsión había desperdigado por tierra sin orden ni concierto, debía recuperar ese ovillo, ese corazón de lana impresa.

   Por eso, y porque, a fin de cuentas, algo le habían enseñado tantos kilos de papel escrito metidos entre pecho y espalda, fue que hizo lo que hizo. No podía incorporar en modo alguno toda la legión de libros a su vida, mejor era no pensarlo, así que optó por incorporarse él a los libros, por hacerse todo él un puro libro, por traspapelarse en ellos y ser uno más de su silenciosa cofradía.

   Se sentó ya más calmado, aliviada su duda y dispuesto el ánimo. Lo que siguió es lo único que podía seguir: una hoja en blanco, un bolígrafo negro, una frase pequeña, un libro que crece en la ciudad de los muertos, la primera y última etapa del viaje al fin de los libros.

 

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~ por juannicho en septiembre 5, 2010.

Una respuesta to “Viaje al fin de los libros”

  1. Reconfortante, después de esta lectura me siento mucho menos sola en lo que en mi caso sería el viaje al fin de los discos, es de agradecer.

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