“Ángel de la guarda”, de Mihail Eminescu

Cuando de noche mi alma velaba extasiada,

como en sueños, veía a mi ángel de la guarda,

envuelto en una túnica de sombras y de rayos,

tendiendo hacia mí sus alas sonriente;

pero en cuanto te vi con tu pálida túnica,

niña llena de añoranza y misterio,

aquel ángel huyó vencido por tus ojos.

 

¿Eres demonio, niña, pues sólo con una mirada

de tus largas pestañas, de tus ojos tan grandes,

hiciste que espantado mi ángel volara,

él, que era mi santa vigilia, mi amigo fiel?

¡O quizás!… Oh, baja tus largas pestañas

para que pueda reconocer tus pálidos rasgos,

                                         pues tú – tú eres él.

Fotograma de "Satantango", de Béla Tarr

   [Llevaba tiempo queriendo poner este poema, pero me daba cierto reparo y aún no sé exactamente el porqué. Lo escribió el rumano Mihail Eminescu en el 1871 y, a pesar de su evidente carga de romanticismo de la época, me retrotrae a un momento muy concreto de mi pasado: un instante preciso y de confusa evocación en que, cuando era un niño, a los pies de mi cama me pareció ver… ¡un ángel! Bueno, no era exactamente un ángel tal y como nuestra cultura los define iconográficamente desde hace siglos pero… no sé, algo en esa especie de figura luminosa me transmitía la sensación de que me hallaba frente a un fenómeno con una clara connotación benéfica. Y digo clara, porque era eso, clara, muy clara esa especie de figura, como una emanación de luz surgida de la nada y que parecía observarme plácidamente desde los pies de mi cama… Naturalmente, con el paso de los años, puede que haya ido adornando en mi memoria este bonito recuerdo con algunos ropajes adicionales pero el hecho que lo creó… está ahí. Y se despertó de nuevo en mí cuando leí este precioso poema de Eminescu.

   Con los años, y en episodios que van desde lo más grotesco a lo más peligroso, he tenido alguna vez la sensación de estar acompañado en momentos de absoluta soledad y de riesgo físico inminente para mi persona. Otras se trataba de personas misteriosas que aparecían a mi lado entre las sombras y dejaban caer alguna frase que luego no lograba recordar pero que, posiblemente, me fuera de cierta utillidad… En fin, si he llegado hasta aquí después de todos los violentos naufragios de mi vida, desde luego no resulta descabellado pensar que alguna pequeña -o gran- ayuda pueda haber recibido. Y desde luego me alegro por ello.

   Todavía no me he hecho una idea muy clara del funcionamiento del mundo y de los seres corpóreos e incorpóreos que lo componen, pero nunca cerraré mi mente ni mi corazón a ninguna posibilidad. Y eso es algo que nunca está de más recomendar a quienquiera que pueda haber acabado leyendo estas letras. “Hay más cosas bajo el cielo de las que pueden imaginar todas tus filosofías”… o algo así creo que era…]

 

 

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~ por juannicho en septiembre 12, 2010.

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