Electroshock, voracidad y cerdos voladores (ráfaga de David Cooper)

MATE DE HAMBRE A SU CERDO

(o puercoespín, si encuentra púas en lo que voy a decir –pine your pork/porcupine-)

 

   “Desde luego las personas son cerdos. Por supuesto, también las instituciones humanas son pocilgas, o granjas de cerdos, o mataderos de cerdos. Pero, ¿por qué “desde luego”? El “porqué” del “desde luego” es el propio curso de la historia. Los cerdos se revuelven en el lodo como nosotros, con el mismo placer con el que nosotros nos revolcamos en el lodo ecológico de los desagües y escombreras rurales y urbanas. A menudo los cerdos destruyen a su prole; pero también nosotros hacemos lo mismo con nuestros métodos humanoides más retorcidos. Ambos modelos de suciedad descuidada y canibalismo gratuito son, hasta aquí, muy similares.

   La pareja paterna convencional de la burguesía es a la vez el supercerdo ambisexual y una enorme factoría de tocino. Ésa es su ambigüedad central. Quienes se escapan a través de una salida de urgencia o disfrazados de trabajdores, suelen acabar en un gran depósito porcino, en la prisión o en otro matadero. Unos pocos, con esfuerzo y dolor enormes, se las arreglan para evadirse y llegar a la salud; y esos sanos inevitablemente llevan a cuestas un fardo profético.

   En cuanto al resto, finalmente caemos en un barrizal que es lo suficientemente profundo como para enterrarnos, o nos las arreglamos para que nos frían y conviertan en tocino bien tostadito en el horno crematorio -calentando de paso los pies o las pezuñas de nuestros parientes-.

   Seguro que no es una casualidad el apelativo de “cerdos” que los jóvenes revolucionarios estadounidenses aplican a la policía y sus colaboradores, psiquiatras y falsas autoridades en general. El cerdo es una precisa identificación. La otra frase, mother-fucker (fornicador de su madre), tiene un sentido más ambiguo, porque puede significar tanto una limitación de la propia sexualidad a la madre como la liberación del tabú del incesto.

   A pesar de su canibalismo, el cerdo es el animal más insinuante del mundo desde el punto de vista anal-genital. Levanta el agujero de su culo, con su protuberante labio inferior anal, ofreciéndolo al primero que pasa. Quizá debamos reconocer esa bestialidad que se nos ofrece, si queremos dejar de ser unas bestias para con los otros. Debemos dejar de ser esa bestia extraña que avanza hacia Belén para nacer de nuevo, que describe Yeats en un poema que expresa su teoría cónica, o engañadora, de la historia (conic/con-ic). Quizá podamos volvernos no falsos mesías sino auténticos profetas, dejando de chismorrear para emitir verdaderos mensajes. El falso mesías simplemente exterioriza los malos espíritus del endemoniado y los mete en el cerdo que corre a su destrucción por el precipicio de Gadara. El verdadero profeta, con su ejemplo personal, enseña a la otra persona la manera de perder el miedo a las fuerzas diabólicas, mantenerlas en la persona y luego integrarlas y utilizarlas. Uno se pregunta por el destino del hombre a quien Cristo liberó tan violentamente de sus demonios. El hombre aquel que dijo llamarse Legión, porque dentro de sí llevaba tantas figuras familiares y prefamiliares (arcaicas). Pienso que, en lo que respecta a esa parábola, podemos estar seguros de una cosa: es seguro que la locura abandonó al loco, pero no murió con el cerdo: quedó in vacuo, al alcance de todo el mundo. La locura, aunque siempre se particulariza en cada persona, es también algo que penetra el éter humano. Locura es una tentativa de visión de un mundo nuevo y más verdadero que debe conquistarse por la desestructuración -una desestructuración que debe llegar a ser final- del viejo, condicionado mundo.

   Pero volvamos a los cerdos. En Italia, decir porco Dio y porca Madonna se considera blasfemia. En realidad estas invocaciones (elevamos habitualmente nuestros ojos cuando las decimos) son la petición de una unión porcina con Dios y la Virgen: elévame desde este cerdo mundo hasta tu excelsa morada. Así pues, se trata de una invocación, no de una blasfemia. Las blasfemias inglesas y francesas son muy simples. Merde quiere decir que usted (o algo) es una mierda o que vaya y se cague. Fuck (joder) o fuck you (jódete) no tienen ninguna intención trascendental y en realidad son antisexuales. La expresión polaca “vete a joder a tu madre” es también inmanente. No hay cerdos en el asunto.

   Un dicho popular afirma que si los cerdos tuvieran alas podría ocurrir cualquier cosa. Puede ser que los cerdos tengan unas alas misteriosas, inadvertidas y que tal vez no las veamos PORQUE temamos que “ocurra cualquier cosa”. En tal caso somos cerdos con alas, invisibles o atrofiadas. Para algunas personas, las alas simplemente son invisibles y pueden surgirles en cualquier momento. Para otros, las alas atrofiadas no les permitirán remontarse y volar, ni siquiera en sueños.

   No es una casualidad que Cerletti descubriera el “tratamiento” electroconvulsivo en los mataderos de Roma, donde se mataba a los cerdos mediante electrocución. Aquellos cerdos que no morían mostraban notables alteraciones en su forma de conducirse; y, por supuesto, Cerletti empezó a propinar “electroshocks” a los pacientes psiquiátricos para cambiar su conducta, de la misma manera que Hitler asesinó a 60.000 pacientes “experimentalmente” y al mismo tiempo para “mejorar la raza”. Algo parecido expone el genetista Kallman en un clásico libro en que enumera las maneras de eliminar a los genéticamente inferiores para purificar la raza y así elevar el nivel cultural de la humanidad. Una gran cantidad de psiquiatras que ven en la locura una base genética y constitucional han sido influidos por la obra de Kallman, a pesar de su dudosa metodología y de los resultados contradictorios publicados posteriormente.

   Pero el cerdo, al igual que nosotros, está lleno de dolor. Como el legendario relato del hombre chino cuya casa se incendió y cuyos cerdos se asaron. Hundió uno de sus dedos en uno de los cerdos, pero tuvo que retirarlo en seguida debido al ardor. Se chupó el dedo dolorido y se lo chupó, encontrando un sabor delicioso, y así fue descubierto el cerdo asado. Sin duda, en este relato del incendio de la casa existe una intencionalidad oculta. Toda comida es un sacrificio encubierto, toda gastronomía es necrofilia enmascarada.

   El cerdo humano asume formas diversas. Había un cartel en una carnicería de Londres con una muchacha desnuda, con su cuerpo surcado por líneas que señalaban los diferentes “cuartos” de la carne, los pechos, las piernas, etc. La dificultad aquí es que la gente no se percata de la violencia que se ejerce contra las mujeres, convirtiéndolas en simples objetos abyectos; y las mujeres parecen advertirlo menos que nadie.

   La voracidad se puede dirigir hacia partes del cuerpo humano o hacia personas enteras, a grupos de personas e incluso a clases sociales enteras.

   La voracidad oral es la más comprensible. Con frecuencia las madres sienten que sus bebés quieren tragar su pecho entero ¡como mínimo! Y por supuesto si los lactantes no son amamantados y tenidos en brazos en la “posición instintivamente adecuada” pedirán más alimentación de la que objetivamente necesitan. Esta avidez oral se repite en el caso de la gente que toma drogas o alcohol en exceso; aun cuando en este caso hay muchos estratos de inteligibilidad, más allá de la situación oral infantil, que deben ser analíticamente investigados. El canibalismo es la forma suprema de la fantasía de voracidad, pero en la práctica es ritualista o es una expresión directa del hambre (véase la película de Pier Paolo Pasolini, La pocilga).

   Como Melanie Klein ha tratado de modo tan completo este nivel de la voracidad, pasaré a ocuparme de sus otros alcances.

   La siguiente forma de voracidad que vamos a considerar es la voracidad de evacuación. Se refiere ésta a la imperiosa necesidad de cagar o echar pedos sobre otras personas, hacer pis sobre ellas desde gran altura, escupirle a alguien en el rostro como respuesta excesiva a la provocación del otro. Puede alcanzar límites psicóticos, en el sentido convencional del término, con bombas y fusiles, como en la matanza de My Lai, en Vietnam, que fue un claro despliegue de la voracidad de evacuación. Un problema diferente es que alguien pueda llevar su voracidad hasta el punto de lanzar la bomba H o desencadenar una guerra química.

   La definitiva esencia de la voracidad, más allá de su dirección hacia lo externo, es su autodestructividad, porque, en último análisis, lo que comemos o cagamos, o a lo que nos subordinamos, es su propio sí mismo.

   La tercera forma de la voracidad que implica a partes del cuerpo, es la voracidad de retención. Está claro que cuando un niño retiene las heces que serían el regalo celebrado para su madre está, en cierto sentido, siendo voraz (aunque hay que considerar en este caso también que se da de una manera positiva de ser él mismo, de controlar los propios actos). Algo más misterioso es la retención de los bebés en el útero. No creo de ninguna manera que la explicación sea un ávido temor de la madre; más bien pienso que se forma una colusión de voracidad entre la madre y el hijo, mediante la cual éste último permanece dentro de aquélla, dándose una voracidad mutua mediante susurros viscerales, cuchicheos que pasan a través del cordón umbilical, los intestinos, los vasos sanguíneos, los uréteres, etc. Si queremos entender algo sobre el ser prematuro o hipermaduro tenemos que entender ese lenguaje visceral. Pero si la voracidad, como parece ser con frecuencia el caso, es mutuamente satisfactoria, puede ser innecesaria la operación provocadora de pánico. Me temo, empero, que esa recíproca satisfacción no constituya una verdadera estructura de voracidad. La voracidad exige una violenta escisión entre el voraz y el objeto de su voracidad. La respuesta más inmediata a ello consiste en  que el voraz inicie el análisis de su voracidad y el otro, al menos temporalmente, se aparte del escenario de la voracidad, por doloroso que ello pueda resultarle. Según mi experiencia, es raro que la voracidad nazca de una privación real, sino más bien, en la mayor parte de los casos, de fantasías de privación que hay que explorar. En realidad, la voracidad a veces no emana de privación alguna, real o fantástica, sino de un exceso de amor. El exceso de amor lleva a un estado de cosas en el cual nuestros ojos no corpóreos son mayores que nuestro estómago metafísico. La gente que padece esa clase de voracidad es como los niños que enferman por efecto del atracón de las fiestas de cumpleaños.

   El bebé puede sentir que es y sentir que es una entidad humana separada aunque conjunta, antes de nacer, y parte de la percepción que la madre tiene de su abdomen y de la otra entidad personal que hay en él, el mejor camino para conseguir ese sentido de la separación a través de la unión sexual de la pareja durante el emabarazo. El impacto del pene sobre el cuello del útero hace que el niño se sienta claramente “otro”. La alteridad en este sentido es distinta de la alienación, que es fusión, confusión y pérdida de identidad en otra persona o en un proceso de trabajo. La evidencia de estos asertos se encuentra precisamente en la anámnesis adecuadamente generada del trabajo psicoanalítico. Pero de nuevo es rememoración de una experiencia más que una simple, directa memoria. La persona tratada terapéuticamente puede en cierto momento pasar, a través de sus respuestas fetales, al coito de los padres, sin saberlo y sin conservar memoria en el sentido usual del término. (Otra de las posibilidades es la retención del período menstrual por una mujer que desea un hijo no de un modo natural, sino voraz.)

   Finalmente, consideraremos la voracidad hacia personas enteras que subsume las voracidades anteriores referentes a partes del cuerpo. Cuando las personas se reúnen en una red, los motivos pueden ser múltiples: algunas personas quieren hacerlo decididos a mantener su autonomía e intimidad (que no es lo mismo que vida secreta), otros en cambio desean constituir réplicas familiares para invadir la autonomía de las otras personas. Esto último es voracidad: la violación del territorio interno de otras personas. Si esta voracidad prevalece, lo que sucede con frecuencia por la colusión que otros entablan con ella, la red se cae, generando muchas veces desastres individuales. Esta red se rompe también debido a la voracidad competitiva por las aclamaciones y la fama.

   Por supuesto, existe también la necesidad de alimentar las líneas de producción con personas, lo que es voracidad, al igual que la necesidad de alimentar a las computadoras con hechos que se refieren a personas.

   Luego existe una voracidad genocida como el deseo del gobierno de los EE.UU. de consumir al pueblo vietnamita.

   Parece que en el primer mundo, al menos, todos somos cerdos voraces. Me parece que me estoy quedando sin tocino.”

De La muerte de la familia, David Cooper

 

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~ por juannicho en septiembre 12, 2010.

Una respuesta to “Electroshock, voracidad y cerdos voladores (ráfaga de David Cooper)”

  1. Muy buen aporte.

    Gracias!

    Me gustaría conocer sus influencias.

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