“¿Dónde hay otra Quimera?” (Pavese, la luna y mi biblioteca)

   [De todos los habitantes de mi biblioteca, Pavese es uno de los que, de un modo inadvertido, puede que me haya dejado más huella. No sabría explicar bien por qué, ya que no he leído ni la mitad de sus obras, pero la cosa es que siento con él una extraña afinidad que vivo de un modo bonito pero con un aura de constante tristeza.

   Supongo que todo empezó con sus poemas, en los que lograba situar aquellos pasajes de su vida que él siempre quería reivindicar como fatalmente plena aunque llena de imponderables desvíos hacia la tragedia. Creo que si le hubiera conocido en persona me hubiera caído muy bien. Quizá me hubiera acabado desesperando su tendencia a la negatividad pero únicamente porque yo también la compartiera y no supiera hallar el modo de consolarle o de ofrecerle alguna vía de escape para los pensamientos desoladores que se le iban amontonando en una vida, por lo demás, llena de creatividad y aconteceres la mar de interesantes. En fin. Es difícil, supongo, vivir cuando tienes la vaga certeza de que no te entienden o, dicho de otra manera, que los que podrían hacerlo se hallan desperdigados por el mundo y que los escasos días de tu vida no serán suficientes para dar con esos hipotéticos poseedores de una mutua afinidad…

   Una de las últimas veces que fui a esa ciudad que me vio nacer, Madrid, me gustó  mucho toparme con una vieja tasca en la que ofrecían vino a granel desde dos grandes toneles: uno llevaba a un grifo en el ponía: Vino alegre y el otro a un desolado: Vino triste… Uno, por supuesto era dulce y el otro, más amargo. Como la vida misma. Y siempre pensaba en esa serie de poemas que Cesare Pavese titulaba precisamente así: El vino triste o esos versos tan tajantes con los que solía concluir sus poemas: “Fatigarse no vale la pena. Y pasear bajo la luna,/ sin que nadie le espere, no vale la pena”…

   En fin. Estos días en que, no sé bien por qué, me ha dado por leer autores italianos (Bufalino, Buzzati, Pavese…) he empezado a recordar algunos de sus poemas, que siempre permanecen relegados bajo la estela de su impactante Vendrá la muerte y tendrá tus ojos…]

 

CREACIÓN

 

Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.

Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.

Mis compañeros duermen todos. La clara jornada

se me revela más limpia que los rostros aletargados.

 

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo

o a gozar la mañana. No somos distintos,

idéntica claridad respiramos los dos

y fumamos tranquilos para engañar el hambre.

También el cuerpo del viejo debería ser sano

y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

 

Esta mañana la vida se desliza por el agua

y el sol: alrededor está el fulgor del agua

siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al descubierto.

Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto

y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,

y la inmovilidad. Estará la compañera

-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su voz.

 

No hay voz que quiebre el silencio del agua

bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca

bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.

Estremece sentir la mañana que vibra,

virgen, como si nadie estuviese despierto.

 

   [Otros muchos son más bien tristes, tirando hacia el pensamiento de que la vida, con toda su inconmensurable fuerza, se derrama en cada una de las cosas que se nos escapan de las manos. Habla de nuestra gran torpeza y de la belleza de todas las realidades del mundo. Lo cierto es que, según como se mire, la suerte le acompañó durante su vida… o no. Como a todo el mundo, diría alguno. Pero no es exacto del todo. Al menos él lo narró de un modo tan emotivamente preciso en sus diarios -geniales- de El oficio de vivir, que forzoso es pensar que en algunas facetas concretas de la vida se le torcía todo con una frecuencia exasperante… como en el amor.

   Estos días he cogido dos de sus obras que iba reservando, no sé muy bien por qué, para más adelante, y he empezado a leerlas. Una de ellas tiene un título precioso, así como el dibujo de la portada que se hizo (no es la que sale aquí) para la editorial argentina Siglo Veinte: La luna y las fogatas. Y un trocín de este libro me servirá para, precisamente, adentrarme en otra de las categorías que quiero crear en este blog, concretamente una que haría referencia a las creencias antiguas, al modo en que la religión cristiana se ha apoderado de los modos de sentir la tierra y las emanaciones de vida que ésta desprende y hacia las que todos los pueblos del mundo han tratado de sintonizarse de modos muy diferentes, pero con unos aires muy similares en muchos casos. (Usurpaciones cristianas, se llamará). Una muestra de ello, y de la que ya hablé en este blog en las entradas sobre François Augièras, es el modo de actuar de la gente en la noche del 24 de junio, la noche sagrada del fuego, que usurpó el cristianismo para la noche de san Juan… Ahí va ese trocito de La luna y las fogatas de Cesare Pavese, que hace referencia a esto y a las palabras que conforman el título de la novela:] 

   “(…) Esta vez no habló, movió los labios y solamente cuando le recordé aquella costumbre de las fogatas en los rastrojos, levantó la cabeza.

   -Claro que hacen bien -contestó rápido- Despiertan la tierra.

   -Pero Nuto -dije- ¡En eso no cree ni siquiera Cinto!

   Sin embargo, replicó él, no sabía qué era, si el calor o la llama o la linfa se despertasen; lo cierto es que todos los cultivos en cuya orilla se encendía una fogata ofrecían una cosecha más rica, más abundante.

   -Esto para mí es una novedad -dije-. ¿Entonces tú también crees en la luna?

   -En la luna -dijo Nuto- a la fuerza debe creerse. Trata de cortar con luna llena un pino y te lo comen los gusanos. Una tinaja debes lavarla cuando la luna está en cuarto creciente. Hasta los injertos, si no se hacen en los días de luna nueva, no prenden.

   Le contesté que en el mundo había escuchado muchos relatos, pero ninguno como éste. Me parecía raro e inútil que encontrase tantas razones para hablar del gobierno y de los curas y luego creyese en esas supersticiones como en los tiempos de los padres de sus abuelos. Y fue entonces cuando Nuto, muy reposadamente, me dijo que la superstición es sólo la que hace daño, y si uno adoptase lo de la luna y las fogatas para explotar a los campesinos y mantenerlos en la ignorancia, sería él el bruto y habría que fusilarlo en la plaza… Y que, antes de hablar, debía yo volverme otra vez hombre de campo. Un viejo como Valino nada sabrá, pero la tierra la conoce a las mil maravillas.

   Discutimos un rato como perros rabiosos, pero lo llamaron desde el aserradero y yo bajé por la carretera riendo. Me asaltó de golpe la tentación de pasar por la Mora. (…)

   En cambio crucé el Belbo, sobre la pasarela, y mientras tanto iba pensando que no hay nada más hermoso que una viña bien zapada, bien atendida, con las hojas necesarias y aquel aroma a tierra calentada por el sol de agosto.

   Una viña bien trabajada es como un físico sano, un cuerpo que vive, que conserva su respiración y su propio sudor.

   Y de nuevo, echando miradas en mi derredor, pensaba en aquellas masas de plantas y de cañas, en aquellos bosquecillos, en aquellas riberas -todos aquellos nombres de pueblos y de sitios vecinos- que son estériles y no dan cosecha, y no obstante tienen ellos también su belleza -como cada viña tiene su mancha- y causa placer fijar la vista y descubrir nidos en ellos. Las mujeres, pensé, llevan consigo algo similar.

   Yo soy un necio, me decía; durante veinte años he estado lejos y estos pueblos me esperaban. Recordé la desilusión que me había asaltado la primera vez que caminé por las calles de Génova: caminaba por el centro de las calles y buscaba algunas briznas de hierba. Estaba el puerto, esto sí, estaban las caras de las muchachas, estaban los negocios y los bancos, pero un cañaveral, un olor a fajina, un pedazo de viña, ¿en dónde estaban? También sabía el relato de la luna y las fogatas. Solamente, advertí, lo tenía olvidado.”

De La luna y las fogatas, Cesare Pavese

   [Toda la obra que he leído de él es una recapitulación de cosas que, en un primer momento, cree perdidas y que, por alguna débil asociación o un intento deliberado de su alma, regresan a su mente con toda la fuerza que tuvieron en un principio pero con una carencia fundamental, esencial, dolorosa, y que es lo que parece le va llevando poco a poco a la habitación de hotel en donde morirá por su propia mano después de unos últimos e inútiles intentos por contactar con otros seres humanos con los que compartir su asombro y desesperación ante la vida.

   Para ese momento decisivo, el más decisivo de toda una vida: el de la muerte, escogió uno de sus libros para que le acompañara. En su mesilla se encontró el que al parecer fue el libro más querido por él de todos los que escribió: el maravilloso Diálogos con Leucó. Para la primera edición del volumen, el mismo Pavese quiso que apareciera esta breve descripción que escribió él mismo:]

   “Cesare Pavese, al que muchos se obstinan en considerar un testarudo narrador realista, especializado en los campos y periferias americano-piamontesas, nos descubre en estos “Diálogos” un nuevo aspecto de su temperamento. No hay escritor auténtico que no tenga sus lunas, algún capricho, su musa escondida, que de pronto lo inducen a volverse eremita. Pavese se ha acordado de cuando iba a la escuela y de lo que leía: se ha acordado de los libros que lee cada día, de los únicos libros que lee. Ha dejado por un momento de creer que su tótem y tabú, sus selváticos, los espiritus de la vegetación, el asesinato ritual, la esfera mítica y el culto de los muertos, fueron inútiles extravagancias y ha querido buscar en ellos el secreto de algo que todos recuerdan, todos admiran un poco cansadamente, bostezándoles encima una sonrisa. Y así han nacido estos “Diálogos”.”

   [Un aire similar recorre estos dos textos que os he puesto de él. Puede que Pavese ya se encontrara más en el otro lado de la tumba que en éste, puede que hubiera querido con todas sus fuerzas recuperar la magia y el sentido de sus creencias más fundamentales asociadas a la tierra y al eterno devenir de las cosas en ella. Puede que en todo eso estuviera tratando de hallar un consuelo a su continua incomprensión de los actos y realidades de los humanos…

   En todo caso, he querido traeros aquí uno de esos fabulosos diálogos, concretamente uno en el que aparece un personaje que ya ha salido en otra de estas entradas, en concreto presentado por Quignard como uno de los primeros personajes melancólicos de la historia: Belerofonte. Así es como presenta Pavese el diálogo por él titulado La Quimera (que, como todos sabrán, fue muerta por el domador de Pegaso, el gran Belerofonte).

   “Los jóvenes griegos iban con agrado a educarse y a morir en Oriente.  Allí su virtuoso arrojo navegaba en un mar de atrocidades fabulosas, a las que no todos supieron hacer frente. Inútil citar nombres. Por otra parte, las Cruzadas fueron mucho más de siete. De la tristeza que consumió en sus últimos años al que mató a la Quimera, y de su sobrino Sarpedonte, que murió joven frente a Troya, nos habla nada menos que Homero en el sexto libro de la Ilíada.”

   [Y ahí va el diálogo entre Hipóloco y Sarpedonte, en el que hablan del mustio Belerofonte que, sin embargo, tanta lucidez parece haber adquirido con el paso de los días en ese traspaso de la era titánica a la del poderío y dominio de los dioses…:]

   HIPÓLOCO: Aquí estás, muchacho.

   SARPEDONTE: He visto a tu padre, Hipóloco. No quiere saber nada de regresar. Feo y testarudo, recorre los campos, desafía la intemperie y no se lava. Está viejo y andrajoso, Hipóloco.

   HIPÓLOCO: ¿Qué dicen de él los campesinos?

   SARPEDONTE: El campo Aleio está desolado, tío. No hay más que cañas y pantanos. A orillas del Xanto, donde pregunté por él, hacía varios días que no lo veian.

   HIPÓLOCO: ¿Y él qué dice?

   SARPEDONTE: No nos recuerda ni a nosotros, ni a las casas. Cuando se encuentra con alguien le habla de los Sólimos y de Glauco, de Sísifo, de la Quimera. Al verme, ha dicho: “Muchacho, si yo tuviera tus años, me hubiera arrojado ya al mar”. Pero no amenaza a nadie. “Muchacho”, me ha dicho, “eres justo y piadoso. Somos hombres justos y piadosos. Si quieres vivir justo y piadoso, deja de vivir”.

   HIPÓLOCO: ¿Verdaderamente rezonga y añora de ese modo?

   SARPEDONTE: Dice cosas amenazantes y terribles. Desafía a los dioses para que se midan con él. Pero no injuria ni compadece más que a los muertos – o a los dioses.

   HIPÓLOCO: ¿Glauco y Sísifo, has dicho?

   SARPEDONTE: Dice que fueron castigados a traición. ¿Por qué esperar que envejecieran para sorprenderlos tristes y caducos? “Belerofonte”, dice, “fue justo y piadoso mientras la sangre le corría por los músculos. ¿Y ahora que está viejo y solo, precisamente ahora, los dioses lo abandonan?”

   HIPÓLOCO: Extraña cosa sorprenderse por esto. Y acusar a los dioses de lo que les sucede a los vivos. Pero él, ¿qué tiene en común con aquellos muertos- él, que siempre fue justo?

   SARPEDONTE: Escucha, Hipóloco… También yo me pregunté, al ver aquella mirada extraviada, si hablaba con el hombre que en otro tiempo fue Belerofonte. A tu padre algo le ha ocurrido. No está solamente viejo. No está solamente triste y solo. Tu padre expía la muerte de la Quimera.

   HIPÓLOCO: Sarpedonte, ¿has enloquecido?

   SARPEDONTE: Tu padre acusa la injusticia de los dioses, quienes quisieron que matara a la Quimera. “Desde ese día”, repite, “que me enrojecí con la sangre del mostruo, no he tenido ya vida verdadera. He buscado enemigos, he  domado a las Amazonas, he destruído a los Sólimos, he reinado sobre los Licios y he plantado un jardín – pero ¿qué significa todo esto? ¿Dónde hay otra Quimera? ¿Dónde está la fuerza de los brazos que la mataron? También Sísifo y Glauco, mi padre, fueron jóvenes y justos – luego, cuando ambos envejecieron, los dioses los traicionaron, los dejaron bestializarse y morir. El que una vez hizo frente a la Quimera, ¿cómo puede resignarse a morir?” Esto dice tu padre, que en otro tiempo fue Belerofonte.

   HIPÓLOCO: Desde Sísifo, que encadenó al niño Tánatos, hasta Glauco, que alimentaba a los caballos con hombres vivos, nuestra estirpe ha violado muchos límites. Pero éstos son hombres antiguos y pertenecen a un tiempo mostruoso. La Quimera fue el último monstruo que vieron. Nuestra tierra es ahora justa y piadosa.

   SARPEDONTE: ¿Tú lo crees, Hipóloco? ¿Crees que basta con haberla matado? Nuestro padre -puedo llamarlo así- debería saberlo. Sin embargo, está triste como un dios -como un dios abandonado y encanecido, y atraviesa campos y pantanos hablándoles a aquellos muertos.

   HIPÓLOCO: Pero ¿qué le falta, qué cosa?

   SARPEDONTE: Le falta el brazo que la mató. Le falta el orgullo de Glauco y de Sísifo, justamente ahora que, como sus padres, ha llegado al límite, al final. Su audacia lo atormenta. Sabe que nunca más lo esperará una Quimera entre las rocas. Y desafía a los dioses.

   HIPÓLOCO: Soy su hijo, Sarpedonte, pero no comprendo estas cosas. Sobre una tierra que ya es piadosa deberíamos envejecer tranquilos. En un joven, casi un muchacho como tú eres, Sarpedonte, comprendo el tumulto de la sangre. Pero sólo en un joven. Y por causas honradas. Pero no por rebelarse contra los dioses.

   SARPEDONTE: Pero él sabe qué significa ser joven y ser viejo. Ha visto otros tiempos. Ha visto a los dioses, así como tú y yo estamos viéndonos ahora. Cuenta cosas terribles.

   HIPÓLOCO: ¿Has podido escucharlo?

   SARPEDONTE: Oh, Hipóloco, ¿y quién no querría escucharlo? Belerofonte ha visto cosas que no acontecen a menudo.

   HIPÓLOCO: Lo sé, Sarpedonte, lo sé; pero ese mundo ha pasado. También me lo contaba a mí cuando era pequeño.

   SARPEDONTE: Es claro que en aquel entonces no hablaba con los muertos. En ese tiempo eran fábulas. Hoy, por el contrario, los destinos que evoca se han vuelto el suyo.

   HIPÓLOCO: ¿Y qué es lo que cuenta?

   SARPEDONTE: Son hechos que conoces. Pero no sabes cuánta frialdad, qué mirada extraviada tiene, como la de quien ya no es nada y lo sabe todo. Son historias de Lidia y de Frigia, viejas historias, sin justicia ni piedad. ¿Conoces la de Sileno, al que un dios desafió en el monte Cilene y que lo mató luego, degollándolo, como un carnicero mata a un chivo? Desde la gruta brota ahora un torrente que parece su sangre. ¿Conoces la historia de la madre petrificada, hecha roca que llora, porque una diosa se complació en matarle a flechazos, uno por uno, todos sus hijos? ¿Y la historia de Aracne, que a causa del odio de Atenea se horrorizó y se conviertió en araña? Estas cosas sucedieron. Las hicieron los dioses.

   HIPÓLOCO: Y está bien. ¿Qué importa? No sirve recordarlas. De aquellos destinos, no queda nada ya.

   SARPEDONTE: Queda el torrente, la roca, el horror. Y quedan los sueños. Belerofonte no puede dar un paso sin chocar contra un cadáver, un odio, un charco de sangre de aquellos tiempos en que todo acontecía y no eran sueños. Su brazo, en aquel tiempo, pesaba en el mundo y mataba.

   HIPÓLOCO: Entonces, él también fue cruel.

   SARPEDONTE: Era justo y piadoso. Mataba Quimeras. Ahora que está viejo y cansado, los dioses lo abandonan.

   HIPÓLOCO: ¿Y es por eso que recorre los campos?

   SARPEDONTE: Es hijo de Glauco y de Sísifo. Teme el capricho y la ferocidad de los dioses. Siente que se vuelve bestia y no quiere morir. “Muchacho”, me dice, “ésta es la burla y la traición: primero te quitan las fuerzas y luego se indignan si eres menos que un hombre. Si quieres vivir, deja de vivir…”

   HIPÓLOCO: ¿Y por qué no se mata, él que sabe todas estas cosas?

   SARPEDONTE: Nadie se mata. La muerte es destino. Sólo podemos desearla, Hipóloco.

 

   [Quién sabe si el ejemplar de su libro Diálogos con Leucó encontrado en la mesilla de noche junto a su cadáver no estaba abierto por esas páginas…]

 

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~ por juannicho en septiembre 19, 2010.

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