La historia más terrible de Albucius

   [Si bien Quignard decide que el cometido que se propuso Albucius allá en el primer siglo de nuestra era era (valga la redundancia) destacar en sus escritos “la belleza de las cosas sórdidas”, habrá que convenir que en este pequeñito cuento suyo que me he visto obligado a poner para quitármelo de la cabeza, hay más de sórdido que de belleza. En fin, pocas cosas más sórdidas debe haber que estos tan pobres y deleznables sentimientos de un padre hacia su propio hijo.]

EL HIJO QUE MUELE EL VENENO

(Ter abdicatus venenum terens)

 

   “Un padre odiaba a su hijo. Tres veces lo expulsó de su casa. Tres veces el tribunal condenó al padre y restableció al hijo. El padre sorprendió al hijo moliendo veneno en la penumbra de su habitación.

   -¿Qué haces? -dijo el padre.

   Vio en la mirada de su hijo que éste se preparaba para matarlo y entendió el motivo que alimentaba esa venganza. Con una mano tomó el mortero de mármol amarillo, con la otra tomó a su hijo por el brazo. El hombro de su hijo temblaba bajo sus dedos. Mortero e hijo, los llevó de inmediato ante el juez.

   -Por cuarta vez reclamo la abdicación -dijo el padre-. Mi hijo molía veneno en un mortero de mármol amarillo. Aquí está el mortero.

   El juez interrogó al hijo. El hijo lo admitió y dijo:

   –Mori volui (Era para morir.) Tres veces mi padre me ha echado. Hay algo en mí que no existe. Algo en el hijo da asco al padre. No soy digno de vivir. Estoy cansado de desagradar. Quería realmente desaparecer. Preparé este veneno.

   El padre: Mi hijo preparaba un parricidio.

   El hijo: No. Era un suicidio lo que reducía a polvo. De tanto no existir a los ojos de mi padre, quise volverme invisible.

   Albucius alzaba entonces la voz e imitando el tono grave del padre, decía:

   –Cum se mori velle dicta vitam rogat! (¡Dice que quiere morir y pide la vida!)

   El padre blandía el mortero de mármol amarillo sobre la cabeza de su hijo encadenado y se la rompía. Pedazos del cerebro de su hijo ensangrentaban su mano. Él decía:

   -Tanto deseaba morir… El afecto de un padre es irreprimible.

   El padre fue absuelto por legítima defensa. Colocó las cenizas de su hijo en el mortero amarillo y decía: “Es un medicamento”.”

De Albucius, Pascal Quignard

 

   [No sobrecoge sólo por el contenido de la declamación en sí, sino porque ya resulta extraño que en una sociedad abiertamente patriarcal se narraran historias en las que los padres pudieran manifestar sentimientos claramente desnaturalizados o incluso malévolos con respecto a su prole.

   Duele en especial el énfasis que hace Albucius en la crueldad manifiesta del desafecto de los padres y de la sorpresa y desencanto, que es la forma primera en que se manifiesta el dolor de los hijos, antes de pasar a la depresión, a la violencia o al suicidio.

   “Por todas partes las cosas ocultan gemidos de hijo”; frase que escuchamos en sus historias, tan demoledora como estas otras dos: “Siempre me has preferido muerto”, o la que resume este comentario que ya termino porque me resulta demasiado penoso: “No somos más que fragmentos en el afecto de los padres.”]

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~ por juannicho en septiembre 19, 2010.

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