Sobre la dificultad de retener el pensamiento y la supervivencia del espíritu humano

   “(…) Por el contrario, si la información posee suficiente valor para ser almacenada definitivamente, los módulos de albúmina de las células nerviosas se hacen cargo del impulso eléctrico del mensaje. Bajo sus órdenes se transforman en una molécula de la memoria, que a partir de ese momento es portadora de la información. Como un soldado obediente, el impulso ha cumplido con la misión encomendada y ya puede morir con honor.

   Con ello llegamos a una diferenciación de la máxima importancia en la cuestión de la supervivencia del espíritu humano:

   La memoria de tiempo limitado es un impulso eléctrico de activación. Esto significa que se trata de energía.

   La memoria de larga duración, por el contrario, es una formación a partir de elementos de albúmina. Esto significa que es materia.

   Como veremos más adelante, gracias a esta diferenciación y con ayuda del efecto Delpasse es posible demostrar la existencia del espíritu humano incluso tras la muerte física.

   Si ahora nos preguntamos qué norma sigue el cerebro para saber si una información es digna de ser almacenada o no, a primera vista parecerá que esta pregunta es fácil de contestar. Lo importante ha de ser guardado, mientras que lo superficial debe desecharse.

   Pero sorprendentemente resulta que no siempre coincidimos con nuestro cerebro en lo referente a lo que debe considerarse importante y lo que no.

   En algunos casos, como es natural, la decisión resulta fácil. Un grave accidente de tráfico, por ejemplo, del que somos testigos, es un acontecimiento muy hondo. Quedará grabado en nuestra memoria de forma duradera, sin que tengamos que hacer nada para que así sea, y acaso en contra de nuestra voluntad. La impresión es tan fuerte, el impulso desencadenado es tan convincente, que el cerebro permitirá que este acontecimiento quede impresionado en una molécula de la memoria.

   Sin embargo, hay también acontecimientos en los que el cerebro, a diferencia de nosotros, no está plenamente convencido de la necesidad de almacenarlos.

   Esta reluctancia del cerebro, con la cual hemos de luchar a diario, nos dificulta en gran manera nuestra vida.

   Y lo hace, porque nos obliga a aprender.

   El aprender no es otra cosa que convencer algún tiempo al cerebro de la necesidad de imprimir moléculas de la memoria, hasta que por fin esté convencido de la necesidad y se preste a ello.

   ¿Cómo convencemos al cerebro?

   De la misma forma en que aprendimos el vocabulario en la escuela. Hay que repetirlo tantas veces hasta que se sepa. Esto no es otra cosa que repetir una y otra vez el mismo impulso eléctrico de activación, que tiene por contenido un solo vocablo.

   Al principio, el cerebro -apenas interesado por el vocablo- clasificará el impulso eléctrico recibido como memoria de duración limitada. Hará que desaparezca sin llegar a la formación de moléculas de la memoria. Pero si de continuo llegan impulsos que una y otra vez llevan el mismo contenido, el cerebro acaba por cansarse de este juego. Entonces da instrucciones para la impresión de moléculas de la memoria, con el fin de no ser importunado más. La información de duración limitada pasa a la memoria de larga duración, y el vocablo ya está “aprendido”.

   De todo ello podemos deducir que las informaciones de importancia son transmitidas por el cerebro automáticamente a la memoria de larga duración. En el caso de informaciones triviales, por el contrario, el cerebro se niega de entrada a formar moléculas para la memoria de larga duración. Esta negativa por parte del incomprensivo cerebro puede ser vencida cuando se le envía una y otra vez el mismo impulso. En tal caso se decide, por último, a conceder elementos de albúmina para la formación de moléculas de la memoria, cuya consitución considera de todas formas inútil. Gracias a ello también es posible que informaciones triviales lleguen a la memoria de larga duración, donde permanecen almacenadas hasta que en alguna ocasión vuelvan a ser reactivadas.

   Ahora bien, ¿qué sucede cuando algún día llega este momento? ¿Qué ocurre cuando el cerebro decide recordar un hecho previamente almacenado en las moléculas de la memoria?

   Antes hemos comparado las moléculas de la memoria con las conservas del ama de casa economizadora. Sólo bajo la forma duradera de la conserva es posible guardar elementos perecederos durante espacios de tiempo prolongados. Tal como ocurre con los alimentos en conserva, los contenidos de memoria son guardados en la materia de las moléculas de la memoria. Así, cuando el cerebro quiere consultar un contenido de memoria, tiene que sacarlo de las moléculas, eso es, tiene que leerlo. Ahora bien, el cerebro está capacitado tan sólo para escribir y leer en un solo lenguaje: el lenguaje de los impulsos eléctricos. En consecuencia, tal como precisaba de un impulso eléctrico para impresionar la información en la molécula de la memoria, también necesita un impulso eléctrico para leerla.

   Tanto en la impresión como en la lectura tiene lugar el mismo proceso, aunque el orden de sucesión es inverso: en el almacenamiento de la memoria de larga duración, la molécula de la memoria queda impresionada por el impulso activador. En cambio, al ser sacada de la memoria de larga duración, es la molécula de la memoria la que desencadena el impulso de reactivación. Y éste puede trasladar entonces la información necesaria a cualquier parte del cerebro en donde sea requerida.

   Como es natural, este proceso no se desarrolla de forma tan esquemática como lo exponemos aquí con objeto de facilitar la comprensión de las relaciones existentes. En realidad no tenemos un impulso único ni una única molécula de la memoria, sino una corriente ininterrumpida de impulsos y una cantidad astronómica de moléculas. En realidad, las distintas fases, que se suceden a velocidades vertiginosas, no pueden separarse unas de otras, pues van encadenadas. Mientras en un lugar se impresionan moléculas de la memoria, otras son reactivadas en otro lugar. Unos impulsos reactivadores, originados por moléculas de la memoria reactivadas, son utilizados en otra parte para impresionar otras moléculas nuevas. Y así continuamente.

   De todos estos procesos paralelos, simultáneos y opuestos, sólo retendremos lo siguiente: los contenidos de la memoria no son algo absoluto, sino que alteran de continuo su forma de manifestación. De impulso activador se convierten en molécula de albúmina, y de molécula de albúmina pasan a ser impuso reactivador. De energía se tranforman en materia, y la materia sufre una reconversión a energía.

   Llegados a este punto, deberemos plantearnos la pregunta de cómo los impulsos activadores y las moléculas de la memoria o, en otras palabras, cómo la energía y la materia podrían contribuir a la formación de la consciencia.

   Recordemos que la consciencia ha sido el punto de partida de todas nuestras reflexiones. Porque si algo ha de sobrevivir a la muerte, si alguna porción de nosotros ha de llegar alguna vez al Más Allá, este algo sólo puede ser nuestra consciencia, pero no nuestra memoria.”

De El efecto Delpasse, James Bedford & Walt Kensington

   [Continuará…]

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~ por juannicho en septiembre 24, 2010.

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