Sebald mira al frente y le atropella un coche

   [Mientras leía la meticulosa narración de las diferentes formas de agonía de los arenques me iba imaginando la cara de Sebald al escribir tamañas enormidades. Siempre me había preguntado cómo era posible que este grandísimo escritor muriera de una manera tan tonta como la que se puede catalogar de “accidente de tráfico” en cualquiera de sus sórdidas variantes. Pero hoy he empezado a entenderlo…

   Ocurre que cuando uno empieza a ver las cosas de frente, viene un coche y te atropella. Es decir, que basta adoptar una determinada mirada ante las cosas para que tu destino empiece a ser ejecutado. Desconozco el formato que sigue para cada ocasión, pero el hecho es que cuando se alcanza cierta mirada lúcida y desencantada, en algún sitio del mundo se prepara un desastre.

   Lo descubrí mientras leía la epopeya de los arenques que narra Sebald en su gran Los anillos de Saturno. Pero no por los arenques, sino por el fragmento que precedía a los arenques. Era éste y Sebald lo acompañaba de una foto que hizo en esa playa solitaria y ventosa, pero como no tengo escáner no os la puedo poner y deberéis imaginarla, cosa que en los libros de este hombre es bien fácil de hacer:]

    “(…) Cinco o seis kilómetros al sur de Lowestoft, la costa discurre en un arco amplio, ligeramente disminuido tierra adentro. Desde el sendero que hasta allí conduce por las dunas de hierba y los bajos acantilados, se divisa la playa en la parte inferior, atravesada por bancos lisos de arena, en la que, a todas horas del día y de la noche y en todas las estaciones del año, como ya he podido comprobar en diferentes ocasiones, hay todo tipo de refugios en forma de tienda de varillas y cordaje, lona y encerado. En una larga hilera y a una distancia bastante uniforme prolongan el curso de la orilla del mar. Es como si los últimos vestigios de un pueblo nómada se hubieran asentado aquí, en el último confín de la tierra, a la espera del milagro que todos han anhelado desde siempre y que justifique a la postre todas sus privaciones y extravíos. Pero los que acampan a cielo abierto no han venido, evidentemente, atravesando lejanos países y desiertos hasta alcanzar esta orilla, sino que se trata de gente de las inmediaciones, que, según una vieja costumbre, miran desde sus lugares de pesca hacia un mar en permanente transformación ante sus ojos. Su número, curiosamente, siempre se mantiene más o menos igual. Por cada pescador que se va, pronto acude otro, de modo que la sociedad de pescadores adormecida durante el día y en vela por las noches no se modifica con el paso de los años, al menos en apariencia, que supuestamente retrocede más allá del recuerdo. Parece que sólo en raras ocasiones uno de los pescadores entra en contacto con su vecino, pues a pesar de que todos ellos estén mirando fijamente hacia el este y vean ascender en el horizonte el crepúsculo vespertino y el alba, y a pesar de que, según creo, a todos les conmuevan los mismos sentimientos inexplicables, cada uno de ellos está completamente solo y no confía más que en sí mismo y en sus pocos aparejos, en su pequeña navaja, por ejemplo, en su termo o en su pequeño transistor, del que escapa un sonido áspero apenas audible, como si las piedras que ruedan hacia atrás con las olas hablaran entre ellas. No creo que estos hombres estén sentados a la orilla del mar durante días y noches enteras para, como afirman, no perderse el momento en que pasan las bacaladillas, suban las platijas o el bacalao nade en dirección hacia la costa, lo que creo es que sencillamente les gusta demorarse en un lugar en el que tienen el mundo tras de sí y ante ellos nada más que vacío. Lo cierto es que, en la actualidad, apenas se pesca desde la orilla. Los botes en que los pescadores antiguamente se hacían a la mar desde las playas han desaparecido desde que el negocio no es rentable, los propios pescadores se han extinguido. Nadie tiene interés por su legado. De vez en cuando es posible encontrar un cementerio de barcos donde se desintegran las lanchas sin dueño, y los cabestrantes con que antaño se las había remolcado a tierra se oxidan en el aire salado.”

De Los anillos de Saturno, W. G. Sebald

 

   [Una persona a la que quiero mucho me dijo el otro día que recuerda momentos de su pasado en los que hablaba con alguien en un balcón, pero sólo recuerda mirar al frente al lado de alguien… no a ese alguien. Mirar al frente añade a la vida el valor que nos falta para enfrentarla en sus atosigamientos envolventes. Sin esperanza y sin miedo.

   Creo que eso es lo que osó hacer Sebald y que no le fue perdonado. Empezaba a sentir el verdadero mecanismo de los relojes secretos de las cosas, notaba las vibraciones al poner la mano en cada parte, veía colores que ni tan siquiera tienen nombre. Se dio cuenta de la pobreza del espíritu y del cansancio de las realidades. Observó por detrás el decorado de cartón de la vida y empezó a contarlo en libros de instrucciones para un paseo hacia el silencio. Logró esa extraña sensación por la que uno podía llegar a morir a gusto: sentir la profunda e infinita tristeza de la vida y a la vez sus pulsaciones más intensas y fecundas.

   Después vino el coche que miraba a cualquier lado y se le acabaron las horas de visita en la Tierra.]

 

Anuncios

~ por juannicho en septiembre 27, 2010.

Una respuesta to “Sebald mira al frente y le atropella un coche”

  1. Mirar al frente… a veces ya no sé si miró al frente, o simplemente soy incapaz de mirar. Y yo también te quiero mucho, juan.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: