Bibliomancia marinera

   [Los que solemos leer muchos libros a la vez nos encontramos a menudo con inquietantes disquisiciones de muy menor interés para el vulgo pero de fundamental consistencia para nuestros intereses personales. Ocurre a veces que sabes que has de paralizar esa lectura múltiple para proceder a una lectua continuada, de forma extraordinaria por supuesto, de una obra en concreto que reclama tu atención con una persistencia notable. Y leerla, como suele decirse, de cabo a rabo. Eso me ocurrió el otro día con un pequeño librito, una novela breve de Álvaro Mutis que, de hecho, era lo primero que leía de él.

   Lo primero y a su vez lo último que compré ese día en la Feria del Libro Cascado. Me di cuenta que las últimas entradas que había hecho aquí consistían en derivas decadentes de buques que llegan a su extenuado fin, de cementerios de barcos, etc. De tal modo, el último libro de la tarde no debía ser otro que La última escala del Tramp Steamer, del colombiano Álvaro Mutis. Sabía que debía acometer ese libro que se me presentaba como una encarnación de ciertas reflexiones mías tendentes a largas e inciertas travesías del pensamiento y del sentimiento. Por supuesto, de todos es sabido qué cosa sea un Tramp Steamer, y si no nos lo recuerda Mutis:

   “Sabido es que con este término se nombra a los cargueros de pequeño tonelaje, no afiliados a ninguna de las grandes líneas de navegación, que viajan de puerto en puerto buscando carga ocasional para llevar no importa adónde. Así malviven, arrastrando su lastimada silueta por mucho más tiempo del que pudiera hacernos predecir su precaria condición.”

   [Éste era el primer protagonista de esta obra que atrajo mi inmediata atención. El narrador comienza hablando de cómo quiere, en un receso de su actividad comercial, acercarse a una zona del norte de Finlandia desde la que le han dicho que puede verse, en ciertas condiciones de visibilidad, la reluciente y dorada ciudad de San Petersburgo. Va hacia allí y lo consigue y, en una escena inicial que me parece maravillosa, habla de cómo, mientras estaba prendado por el “escenario sobrecogedor”, la “presencia translúcida” de las cúpulas de la ciudad en la lejanía, mientras estaba entregado a ese milagro, a esa visión majestuosa, pasa ante él el héroe del libro, el astroso Tramp Steamer, contrastando violentamente con la visión que estaba teniendo:]

   “Entró de repente en el campo de mi vista, con lentitud de saurio malherido. No podía dar crédito a mis ojos. Con la esplendente maravilla de San Petersburgo al fondo, el pobre carguero iba invadiendo el ámbito con sus costados llenos de pringosas huellas de óxido y basura que llegaban hasta la línea de flotación. El puente de mando y, en la cubierta, la hilera de camarotes destinados a los tripulantes y a ocasionales pasajeros, habían sido pintados de blanco en una época muy lejana. Ahora, una capa de mugre, de aceite y de orín, les daba un color indefinido, el color de la miseria, de la irreparable decadencia, de un uso desesperado e incesante. Se deslizaba, irreal, con el jadeo agónico de sus máquinas y el desacompasado ritmo de sus bielas que, de un momento a otro, amenazaban con callar para siempre. Ocupaba ya el primer plano en el irreal y sereno espectáculo que me tenía absorto y mi maravillada sorpresa se convirtió en algo muy difícil de precisar. Había, en este vagabundo despojo del mar, una especie de testimonio de nuestro destino sobre la Tierra. Un pulvis eris que resultaba más elocuente y cierto en estas aguas de pulido metal con la dorada y blanca anunciación de la capital de los últimos zares al fondo. A mi lado se alzaba el esbelto contorno de los edificios y muelles de la orilla finlandesa. En ese instante, una solidaria y cálida simpatía por el Tramp Steamer empezó a nacer dentro de mí. Lo sentía como un hermano desdichado, como una víctima de la desidia y la avidez de los hombres, a las que él respondía con su terca voluntad de seguir trazando sobre todos los mares la deslucida estela de sus lacerias.”

   [Y así, sólo con estas palabras, sin verlo ya lo he visto… y no sólo eso: he sentido lo mismo. Y por algún motivo mágico esa es la imagen arquetípica que me acompaña, la de esa persistencia en un camino sin esperanza. Es una preciosa historia ésta, que comencé a leer de principio a fin. Pero…

   Cuando iba por la mitad salí a la calle y, como estoy algo loco, cogí el libro que solía leer cuando ando por la calle, tropezando con faroles y con insultantemente opacos viandantes… El libro no era otro que Los anillos de Saturno, de Sebald. Y ahí me di cuenta que la bibliomancia es una disciplina mágica que consiste en mucho más que abrir un libro al azar y relacionar el interés de una pregunta mental con la línea concreta en la que se sitúe el dedo. Es eso, pero es mucho más. La bibliomancia también entrega al que ritualiza ciertas lecturas o ciertos momentos de la la lectura una hoja de ruta de los hilos argumentales del pensamiento, una manera de sostener las evoluciones de una idea que puede inquietar a uno en un momento determinado. Por ello, a las pocas palabras leídas de este segundo libro desde que inicié la lectura exclusiva del primero ya me topé con las primeras referencias marineras, que poco tenían que ver con lo que llevaba leído de ese libro hasta el momento…]

   “(…) …hay una pequeña casa en la parte superior del paseo que alberga la llamada Sailor’s Reading Room, una institución de utilidad pública que, desde que los marineros están en extinción, cumple en primer lugar las funciones de una especie de museo marítimo en el que se ha recopilado y conservado todo lo existente sobre que guarda relación con el mar y con la vida en el mar. En las paredes cuelgan barómetros e instrumentos de navegación, mascarones de proa y modelos de barcos en cajas de cristal y en botellas. (…) Como mucho acuden un par de visitantes durante las vacaciones, y los pocos que vienen suelen marcharse inmediatamente después de haber echado una rápida ojeada a su alrededor con la incomprensión que caracteriza a estos visitantes de ocio. De modo que la Reading Room casi siempre está vacía a excepción de los pocos pescadores o navegantes aún vivos que, sin pronunciar palabra, se sientan en una de las sillas con respaldo y dejan pasar el tiempo.”

   [Volvía pues el mundo mágico de la bibliomancia a advertirme de que no me desviara del camino de mis observaciones lectoras y, con esta otra visión incisiva de la decadencia de las artes marinas y de su correspondencia inevitable con la dificultad de andar contra el viento y el tiempo en otras determinadas facetas de la vida, se me devolvía a sendero de indagación previamente iniciado. Naturalmente, esto sólo es un asomo de los acercamientos a la realidad y al aprendizaje que facilita la bibliomancia en sus múltiples facetas. Luego sólo hay que tirar del hilo hasta que sea necesario y llegue el momento de enhebrar otra idea.

   Mientras tanto, el Tramp Steamer naufraga con una gloria limitada, la historia de amor que acompañaba a este vagabundeo heroico se deshilacha, el tiempo hace su trabajo, la sorpresa ante el avance de las hecatombes personales aumenta, y las diferentes formas de ajustar todos los pertrechos para el viaje que se avecina en un terreno apocalíptico y sin ley van apareciendo…

   Y sin embargo, sin embargo…]

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~ por juannicho en octubre 3, 2010.

Una respuesta to “Bibliomancia marinera”

  1. mira esto.
    las erratas, en mis tiradas del juego, puntuan mas.

    “Delirium”, alfons maseras, l´ Avenç, 1907.

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