De los dos cuentos ahogados a dos poemas que casi casi… pero no

   [Ayer escribí sobre esos dos cuentos que me vinieron a la memoria cuando le daba vueltas a esa idea del mar que tan esquivo se le hace a quien más lo necesita. Eran dos cuentos geniales que, cuando hablaba de ellos, me di cuenta de que eran de dos autores uruguayos, tan uruguayos como mi querida Ruth, que también navega ahora por mares remotos y de esencia ignorada…

   Pero antes de pensar en los cuentos eran muchos los poemas que se agolparon en las salas correspondientes de mi ya maltrecha memoria asociativa. Y serán dos también los que escriba ahora, dos poemas sobre cómo uno puede sentir el devenir de su existencia basándose en la matriz del mar y de su recorrido.

   El primero de ellos es de alguien de quien ya he hablado aquí un par de veces. El gran poeta de Zimá, en la región rusa de Irkutsk, Evgueni Evtushenko. Es un poema muy sencillo pero que me marcó mucho cuando lo leí en esos destartalados libros soviéticos traducidos para la serie Ucieza de los libros Río Nuevo en las Ediciones 29. Este pertenecía al segundo volumen que antologaba su obra, concretamente al explícitamente titulado: ¡Escuchadme ciudadanos! (Versos y poemas 1959-64). Lo leí de los primeros en mi viejo programa de radio PICA, El hombre del armario y siempre pensé que debajo de su simple lamento había algo más grande, mucho más grande e importante… No sé. Me producía una angustia que iba más allá de lo evidente de sus claras palabras. Éste es:]

 

          EL EXTRANJERO

 

…y Mercurio voló sobre nosotros,

                       estrella extranjera.

                                      M. Svetlov

 

En el muelle de Arjánguelsk,

barcos extranjeros,

pesares extranjeros,

destinos extranjeros.

 

Y negro como un grajo,

en la noche blanca, hasta el amanecer,

lloras tú, marinero griego,

junto a la estatua de Pedro.

 

Y de modo poco extranjero,

en polvorienta plazuela

te enjugas de forma rara

las lágrimas con el sucio puño.

 

¿Quizá te ofendió el capitán?

¿Quizá murió alguien de tu familia?

¿Quizá bebiste vodka en exceso?

¿Quizás estés, simplemente, excitado?

 

¿Qué te ha sucedido?

¿Qué te ocurrió, griego?

Pues lo que a ti te sucede

es que también eres persona.

 

Y áun más desagradable si,

sin comprender tu tristeza,

alguien te pregunta si tienes

calcetines toda medida.

 

Y miras con mucha amargura,

sin buscar ya comprensión,

al que te ofrece cinco rublos:

un granujiento petimetre.

 

Pero llega, algo achispado,

cejas canosas, rostro cobrizo,

sufriendo como el griego su tristeza,

el motorista de un barco ruso.

 

El motorista se sienta al lado:

“¡Anda, bebamos, amiguito!”-

y su manaza nudosa

mete silencioso en la pelliza.

 

Ensimismado, diligente,

saca del bolsillo

una traductora: medio litro,

y la sacude cual pez contra el banco.

 

Y sentados beben en silencio,

miran, abrazados, a lo lejos,

junto a la tristeza griega

nuestra tristeza rusa…

 

Evgueni Evtushenko

 

 

   [Pues sí, al margen de las evidentes debilidades de la traducción, esta es la sobrecogedora simpleza del poema ruso. Hubo un tiempo en que a todo aquel que me preguntara las causas de mi tristeza o las de otro, respondía con esa obviedad lírica tan significativa: “sucede que también soy/es/eres persona”. La nostalgia más que estereotipada, arquetípica de éste y muchos otros poemas marinos de este hombre me daba siempre mucha pena. Pero era una pena cálida, de lugares amplios y muy extensos bajo el silbido de un viento extraño. Pena de canción de concha piquer o de despedida para siempre. Pena de las cosas inevitables pero que pocos valoran.

   Y de este poema antiguo a uno que leí hace poco, en modo bibliomántico, de uno de los “escritores del mar” que más merecen esa asociación espiritual: Robert Louis Stevenson, el escocés de Edimburgo que murió en Samoa ya convertido en todo un Tusitala. Transcribo ahora este poema suyo de su “jardín infantil de versos”, este juego de construcciones por elementos, esta crónica de las ciudades junto al mar que uno edifica en sus sueños mientras el mar todavía le está meciendo sobre sus aguas, sabedor de que al llegar a tierra sólo soñará en alcanzar de nuevo un barco que le lleve a las ciudades del sueño, un barco como el viento, Ariel o Eolo… una ruta marcada en la sangre hacia los muelles de la feliciudad imposible.]

 

          CONSTRUCCIONES

 

¿Qué edificarán tus piececitas?

Castillos y palacios, templos y puertos.

Que la lluvia siga cayendo, que los hombres caminen por las calles.

Yo soy feliz en mi casa con mis construcciones.

 

Dejad que el diván sea una montaña, la alfombra, el mar;

en ellos fundaré una ciudad solo mía;

una iglesia y un molino, y junto a ellos un palacio,

y un puerto donde atraquen mis navíos.

 

Magnífico es el palacio con sus torres y muros

y su alto mirador,

las escalinatas descienden perfectas

hasta la bahía que resguarda mis barcos.

 

Uno navega y otro está anclado;

¡Escuchad la canción de los marineros a bordo!

¡Y ved sobre las gradas de mi palacio cómo los reyes

se afanan con presentes y regalos!

 

Y cuando me canse, ¡dejad que se destruya!

En un instante la torre es abatida,

las piececitas yacen desperdigadas.

¿Qué queda de mi ciudad junto al mar?

 

Pero como una vez la vi, puedo verla de nuevo,

La iglesia y el palacio, los barcos y los hombres,

Y mientras viva, dondequiera que esté

Siempre recordaré mi ciudad junto al mar.

 

Robert Louis Stevenson

 

 

~ por juannicho en octubre 10, 2010.

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