Popeye el marino a bordo del “Indómito Vengador” (Misterios de iniquidad)

Autor: Juan Nicho

Fecha: 2002

Escrito para: Radio Contrabanda y Radio PICA

http://aesteladodelatumba.contrabanda.org/2007/06/05/04-06-2007/

Aunque los propios barcos sean de hierro y no tengan piedad:

Mientras los hombres tienen corazones y costados que sufren y se oxidan.

Pensamientos de hierro zarpan de ciudades de hierro en el polvo,

Aunque suaves como palomas, los pensamientos vuelen de vuelta a casa.

“Ciudades de hierro”, Malcolm Lowry

 

   Puede que Popeye el marino no resulte para el imaginario colectivo de hoy un icono excesivamente erótico. Puede incluso que, a pesar de su carácter irascible, su laconismo y su drogodependencia a las espinacas, no haya siquiera permanecido intacto como figura fuerte y con carácter (además del imperdonable hecho de ser fumador)… Es de esperar que la mía, la de los que iniciamos la década de los 70, haya sido la última generación en saludar los escarceos de Popeye con Olivia y sus aventuras homoeróticas con Brutus y el resto de compañeros demenciados que le rodeaban.

   Popeye el marino, con o sin espinacas, ya no surca más las aguas de los mares. El violento y honorable marino de rasgos vetustos –ya en sus tiempos- enfila el lento trayecto del olvido, la deriva de los personajes caducados.

   Sin embargo, Popeye recoge en sí mismo abundantes rasgos que comparten los dos personajes que recalarán en este texto. Popeye el marino, a despecho de sus amores, es un viejo lobo de mar solitario, un tipo debidamente desencantado de la vida como para mirarla con un irónico desdén. Cuando Popeye se ve obligado a desarrollar sus aventuras en tierra, sus rasgos faciales –ya de por sí toscos, tensos, quizá por el exceso de lucubraciones solitarias- se estiran un poco más, se recubren de un asco insalvable. Nada puede arrancarle de la idea de que en tierra todos los problemas tienen más difícil solución, de que el mar ofrece una perspectiva especialísima y única para ordenar las ideas. No puede pedírsele a un hombre que se centre en una respuesta cuando la base misma tiene una pregunta equivocada, terriblemente árida y rígida. El pensamiento de un marino, y eso lo sabe Popeye, es móvil, ondulante y acariciador: enfrentarle con la quietud mortuoria de la tierra es forzarle a la violencia. De tal modo, un hombre recio como él necesita de una sustancia viscosa, de esos sargazos verdes, de esas opioides espinacas, para que le abstraigan de su medio y le devuelvan el vigor que el amarre a la tierra le ha arrancado.

   También es Popeye un hombre que, a fuerza de palpitar en el mundo estricto de los cómics y los dibujos animados, se ha visto obligado a posicionarse, muy temprano, en la primera mitad del siglo XX, en el juego maniqueo de la vida: el bien y el mal no eran cuestiones a valorarse en su existencia dibujada. Nunca quedaban en entredicho el bien y sus valores añadidos. A su modo, era Popeye un paladín quijotesco de los mares, un quijote, eso sí, de nuestros tiempos, de nuestro siglo XX estropeado y poco universalista en la bondad. Sus proezas se limitaban a un reducido entorno, a su reducido entorno, y necesitaba para llevarlas a cabo algo más que un ideal o el pañuelo de una dama… en fin, un héroe localista y enganchado, ¿qué más se puede pedir?

   Pero eso sí: marino, lo que le ensalza sobre el resto de pobres mortales obcecados con la gloria. Un marino que hace el bien pero, y este es su principal rasgo moderno, lo hace a disgusto. Ya antes que el antipsiquiatra Laing y su concepto del doble vínculo, Bateson y los investigadores de Palo Alto en California, descubrían las fallas modernas en la comunicación entre los humanos, y que llevaban a graves trastornos relacionales. Así, era posible enviar un mensaje negativo del tipo: “lo has hecho muy bien, sabes que siempre te querré”, de tal modo que la expresión del rostro y de todo el cuerpo indique precisamente lo contrario. Se perdía así la comunicación directa de las emociones, las cosas no querían decir lo que aparentemente decían, y un vislumbre de locura se hacía patente al cortocircuitarse los mensajes lanzados de unos a otros.

   Algo parecido podía sentirse con Popeye, quien daba la impresión de ayudar al prójimo como excusa para chutarse legumbres o, simplemente, para que no le dieran la paliza y así, la verdad, no se sostiene un héroe como es debido.

   Menciono a Popeye el marino porque nos da suficientes pistas del carácter turbio y metafísico de nuestros dos marineros que, ellos sí, encarnan meridianamente bien, pero de un modo –y esto es sorprendente- nada maniqueo en apariencia, la intención salvífica o demoníaca en estado estrictamente puro. Os hablo de Billy Budd, el sufrido marinero de Herman Melville y de Querelle de Brest, el marino perverso de Jean Genet.

   No podemos evitar el imaginarnos a Popeye viejo y venerable con su humeante pipa, abrazado a ambos marinos con una imposible sonrisa en una fotografía sepia y con olor a salitre o quizás, y ya acercándonos más al sentido último de la historia, podríamos otear en la cima de un promontorio de la costa de la muerte la figura brumosa de tres cruces de madera: en la del centro, Popeye, sin los colores que lucía, dejando caer los jirones de sus músculos flácidos, desfallecido pero glorioso en su descanso final, en su última viñeta. A su izquierda, bañado en sudor, el cuerpo tenso de Jorge Querelle, con manchas de sangre de su último crimen, blasfemando de toda ley que no sea la de su belleza, postrada a la fuerza y ofrecida a los vientos justicieros del castigo. A su derecha, extático, Billy Budd, sin sonreír apenas, pero satisfecho por su sacrificio que, sin comprender apenas, aprueba. Aureolado con la paz que da el saberse concluido, justificado, comprendido, quizás absuelto.

   Pero esto son sólo imaginaciones, casi delirios. Y es que, a fin de cuentas, Jesús de Nazareth se rodeó de hombres del mar, de pescadores en cuyas redes deseaba ver hombres y no esos pescados tan sencilla e inútilmente multiplicados. Todo lo que ocurra en el mar está dotado de un contenido simbólico difícilmente limitable. Para Cirlot, el mar responde a un agente transitivo y mediador entre lo formal (tierra, sólido) y lo no formal (aire, gases) y analógicamente, entre la vida y la muerte. No queda nunca nada claro, esa indeterminación es su misma esencia y por ello todo lo que en él se asiente o se deslice, gozará de la misma indeterminación. Insiste en lo que ya es un lugar común: el mar será, a un tiempo, la fuente de la vida y el final de la misma: volver al mar es como retornar a la madre, morir; y si hay que ponerse manriqueños nos ponemos: los ríos van a la mar, que es el morir.

   Surge la incómoda sensación de que semejante símbolo es excesivamente ambivalente, omnímodo, y que ni vida ni muerte se desplazan en él a gusto. Ningún personaje entregado al mar podrá desarrollarse sin dobleces y múltiples enrevesaduras. Por eso, un blanco marinerito, incomprensible símbolo de la comunión con Dios para la infancia, recoge en sí tantos disparates. Se pierden un poco los estribos cuando se utilizan personajes provenientes del mar, se crean mundos invariablemente increíbles, y uno no puede dejar de dudar que las historias que los escritores marineros narran (Conrad, Melville, London, Traven, Lowry, Hanley, Stevenson…) sean del todo cabales. Al menos no del modo en que se cuentan. Pensaríase, ni siquiera en la ficción, que el mar provoca de continuo una alteración del juicio y apreciación sobre las cosas. Como dice Lowry, “pensamientos de hierro navegan al atardecer en barcos de hierro”…

   El corazón de las tinieblas, de Conrad, es quizás el fruto más consecuente de la literatura marina. La escenificación de esa locura que se presiente en todo hombre recluido un cierto tiempo en el hierro flotante de un buque y que precisa colorearse con tonos fatales y estridentes. En todo caso, lo primero que llama la atención en un relato marinero, es la entrada de los personajes en un mundo fantástico, más bien infantilizado que mitificado. Veamos cómo definen, cada uno a su aire, Melville y Genet a los marineros agraciados por la estima general del resto de sus compañeros.

   Dice Melville: “Era la fuerza y la belleza. Se cantaban relatos de sus proezas. En tierra era el campeón, en la mar el portavoz, en cualquier ocasión apropiada, siempre el primero.” Y a su vez Genet: “El hombre que se enfunda un uniforme de marinero, no obedece a los dictados de la sola prudencia. Su disfraz le concede de antemano el olvido, ya que el marino está de vuelta de muy lejos. Le autoriza a considerar a los hombres de tierra como a plantas.”

    Partimos así, por tanto, a la mar en dos buques singulares: el Vengador y el Indómito, ambos pertenecientes a la Armada y compuestos por marinos no siempre conformes con su suerte militar. Querelle la acepta por interés, sabedor de las ventajas que el uniforme le proporciona para el crimen, enterrando en diferentes lugares del mundo el fruto de sus “trastadas”. Así llama él a los robos y asesinatos que comete. Billy, por su parte, se resigna a su trasvase al buque de reclutamiento desde el barco mercante en que se hallaba (es reclutado a la fuerza), despidiéndose de éste, del barco mercante del que procede, con un irónico: “Adiós, Derechos del Hombre” (pues éste era el nombre de su ya ex-barco, Derechos del Hombre, haciendo un chiste político sin ni siquiera darse cuenta). Todo le parece bien. La vida fluye y él no cree que deba hacer muchas preguntas.

   Lo más importante aquí quizá sea la noción que tiene cada uno de sí mismo, cómo se ven ellos. Billy es un bastardo, en el plano literal: un expósito de indudable origen noble –se nos cuenta- pero, a fin de cuentas, un expósito. De él se nos dice que “carecía por completo de conciencia de sí mismo, cuanta podemos atribuir a un perro San Bernardo”. Y lo pintan como un ser cándido y bueno que, inexplicablemente, no ha perdido sus naturales virtudes tras su convivencia en tierra de “salas de baile, prostíbulos y tabernas, en la que su sencilla naturaleza permanecía sin complicarse con las obligaciones morales que no siempre son incompatibles con esa cosa manufacturable que se llama respetabilidad”. Vamos, que se le presenta casi como un pánfilo, un gigante bondadoso, “una especie de bárbaro leal, quizá como pudo suponerse que era Adán antes que la bien educada serpiente viniera a retorcerse en su compañía”.

   A esta afirmación le sigue una digresión sobre la bondad natural del hombre (Caín y Abel, Kaspar Hauser, etc.) para reafirmarnos su belleza física que sólo ha permitido ser atacada por el Maligno en un pintoresco detalle: es tartamudo. A cualquier vicioso del psicoanálisis le bastaría este extremo para derribar al inmaculado héroe y situarlo en su correspondiente infierno traumático, pero quedémonos con el halagador perfil con que se le adorna y contrastémoslo con el que se adjudica a Querelle:

   “Querelle” nos dice Genet, “no lograba hacerse a la idea nunca fabulada de que era un monstruo. Consideraba, miraba su pasado con una sonrisa irónica, asustada y enternecida a la vez, en la medida que ese pasado se confundía con su propio ser. Un muchacho joven, cuya alma aflora en sus ojos, metamorfoseado en caimán, y que no tenga conciencia clara de su hocico, de sus enormes quijadas, podría acaso considerar de este modo su cuerpo agrietado, su cola gigantesca y solemne con la que sacude el agua, o la playa, o con la que roza otros monstruos y que le prolonga con la misma indeseada, nauseabunda e indestructible majestad con que arrastra su cola adornada de encajes, de blasones, de batallas, de mil crímenes: una emperatriz niña.”

   Y después de explicarnos cómo es este hombre, que realmente él también es un bastardo, aunque en otra acepción del término, más simbólico, sigue el precioso texto en que nos da la clave de su horrible soledad y de su no menos horrible capacidad de adivinar las monstruosas realidades del mundo que le rodean, y a él se adhieren.

   Billy y Querelle parecen tener tan sólo en común la doble ele de su nombre y el juego doble de sus vocales. Eso sí, Querelle, sumido en su tortuosa conciencia de sí, sufre también un defecto físico, leve pero que también le avergüenza: estrabismo. Parece como si ambas figuras tan extremamente retratadas no pudieran caminar por el relato sin una válvula de escape a la flaqueza humana. Ambos son encarnaciones de la belleza, ambos adoran la justicia uno, el crimen el otro… pero eso sí: ninguno es perfecto. Son bizcos y tartamudos. Demasiada perfección nos aturdiría a la hora de seguir el relato. Nos hallamos a bordo del Indómito y del Vengador: El Indómito Vengador. Implacable nombre que resume mejor nuestro empeño.

   Presentémonos ante el mando: el capitán Vere y el teniente Seblon se hallan al frente de los navíos respectivos. Y curiosamente en ellos hallamos un cierto parecido, aunque sea en el previsible y elevado nivel cultural de los dos (en el caso de Genet, mostrado elocuentemente por Fassbinder, al poner a disposición del teniente ilustrativos libros de arte ante él), los dos oficiales revelan significativamente un cariño especial por nuestros marineros, que se revela en el caso de Billy en una iluminación misticoide, mientras que en el caso de Querelle se concentra obsesivamente en un deseo sexual atroz y desmesurado. Aún así el teniente Seblon se apresura a meditar y dice: “Amado por Querelle, lo sería por todos los marinos de Francia. Mi amante es un compendio de todas sus virtudes viriles e ingenuas.” Palabras esencialmente iguales al “Te creo, muchacho”, que dice el capitán Vere a Billy, cuando éste reclama su inocencia del crimen de honor que acaba de cometer en el barco. Los dos oficiales actúan como padres extrañamente enamorados de sus criaturas y que saben que todo acercamiento a ellos será imposible y doloroso. Sólo si se ve a nuestros personajes marinos como personajes trágicos puede entenderse el verdadero alcance de su soledad.

   Nadie más que una figura de autoridad llega a comprenderlos en su fondo, y aún así, no pueden ir más allá en su comprensión. Será un amor y un entendimiento inútil, como todo lo que llega “de arriba a abajo”, ya perdido y ajado hacia una zona que se ve perderse y que se sabe perdida. Es la comprensión de la muerte, el amor sin manos.

   Aunque hay otras figuras que alcanzan a situarse cerca de nuestros protagonistas: amigos ocasionales, o siquiera observadores, “testigos presenciales”, como diría la anti-pedagoga Alice Miller, que podían dar cuenta del sentido de sus actos. Para Billy, será alguno de los marinos con que entabla relación. En concreto, con un veterano encargado de los amarres del palo mayor, un viejo danés estrafalario y misterioso que cumple un papel oracular, como dirá el mismo Billy. Una especie de Tiresias o de Casandra que aparece ante él para decirle lo que ya de poco puede servirle: que su destino está escrito, que la han tomado con él, y que tiene los días contados. Pero se lo explica con un cariño inusitado, con su “vieja sabiduría excéntrica y nada sentimental, primitiva en su especie.” Fuera porque estuviera ya todo trazado, o porque estuviera Billy escribiendo su guión, lo cierto es que sus intentos por obtener algo menos desagradablemente oracular no llevan a nada y el viejo, aun dejándole el agradable sabor de boca que produce el saberse comprendido, observado siquiera con ojos amigos en el transcurso de la vida, se retira a un opaco mutismo.

   Dan ganas de pensar que ante tamañas efusiones de futuro uno hace siempre las preguntas equivocadas, buscando quizá respuestas a medida, sentencias ajustadas al libro de los deseos. Eso nunca funciona, claro. Preguntar es un arte escandalosamente poco evolucionado.

   Querelle no podía contentarse con un teniente al que, aun sabiéndolo perdidamente enamorado, consideraba “una loca y un cobarde.” Es por ello que se le iluminan los ojos cuando descubre la existencia de Gilbert Turco, un criminal inútil, accidental, que a su vez mató por borrachera o por hartazgo en la humillación. Da igual. Era un asesino, y ante la misma palabra “asesino”, Querelle sentía brotar las lágrimas de sus ojos. “¡Alguien como él!”, dice. La amistad por Gil crecía en él hasta los confines del amor. Experimentaba hacia él una especie de ternura de hermano mayor. También Gil, lo mismo que él, había matado. Ocurre no obstante que Querelle actúa, en su relación con todos, del modo contrario a la exuberante apertura de Billy. Para Querelle todos los humanos tienen valor sólo y exclusivamente en la medida en que pueden serle útiles. Y ya no valor, sino la existencia misma. De ahí la escasa entidad psicológica del crimen para él. En fin, Querelle prodiga su desbordante narcisismo con una desenvoltura prodigiosa que llega a resultar pasmosa como en el caso de su flirteo con el rudo policía encuerado:

   “Por primera vez Querelle había besado a un hombre en la boca. Tenía la impresión de que su rostro chocaba contra un espejo que reflejaba su propia imagen, que hurgara con la lengua en el interior de una cabeza de granito.”

"El beso", Joel P. Witkin

   Nos viene con angustia a la mente la fotografía de Joel Witkin, El beso, en la que la cabeza seccionada de un vagabundo muerto se besa a sí mismo. Querelle no ama, no vive su amor, simplemente necesita negarse a sí mismo, destruirse en las aguas de su semejante:

   “Supo que estaba cometiendo el mal. Se empalmó con más fuerza.”

   Pero el clímax de su narcisismo llega con su siniestro enamoramiento de Gil Turco, en el que se reconoce por el crimen. Su identificación con él traspasa todos los límites. Destruye al otro directamente:

   “Era un pequeño Querelle, pero que no debía desarrollarse, que no debía llegar más lejos, y frente al cual Querelle conservaba un sentimiento de respeto y curiosidad, como si se hubiera hallado ante el feto de un Querelle niño.”

   Por eso debe traicionarle, venderle a la policía después de su unión amorosa metafísica, en eso consiste su “pacto con el diablo”. No le sacrifica su alma ni su vida, sino algo más grande: un amigo. Es en este bello paroxismo de la soledad y el desgarro donde mejor vemos al personaje. Querelle, al contrario que el puro y virginal Billy, exento por su naturaleza de toda culpabilidad, debe purgar todos y cada uno de sus pecados, matar todo aquello que ame. Así lo entendió también Fassbinder, quien hizo cantar dramáticamente y varias veces a Jeanne Moreau (una de mis actrices favoritas) esa desesperada canción que en realidad proviene de un poema de Oscar Wilde: “Todo hombre mata aquello que más ama”.

   No deja de extrañar el final de Querelle, confuso hasta el extremo de no saberse si ha matado incluso a la trama misma en una especie de delirio y confusión de la que se aprovecha el teniente Seblon para cargar con el peso de un argumento que se muere y que parece sufrir al extenderse tanto. Lo importante es que las figuras que sirven de apoyo a nuestros héroes no impiden el drama, sino que lo acompañan, le dan lustre. Por otra parte, parece una perversa norma de las relaciones humanas que el bien en estado puro halle siempre un fuerte antagonista que le destruya, mientras que el mal, quizás el estado más propio de la humana esencia, pueda siempre contemporizar con sus contrarios, sus contendientes, hasta el extremo de ganárselos para sí. Si no, sería difícil explicar el porqué de la violenta animadversión del maestro de armas Claggart hacia Billy, similar al de Teo hacia Querelle, que le propio Melville trata de aclarar con una de sus digresiones morales aparentemente satisfactorias:

   “Locura en el cerebro o rabia en el corazón”, por ejemplo. O también:

   “En él se encontraba la manía de una naturaleza perversa, no engendrada por una educación viciada ni por libros corruptores ni por vida licenciosa, sino innata, nacida ya con él. En resumen, una depravación conforme a naturaleza.”

Hermann Melville

   Pues de poco puede servirnos esto. De nuevo Melville gusta de sacarse de la chistera una nueva ballena blanca de maldad. Claggart es un malvado por naturaleza frente a Billy, que hace lo propio con el bien. Seres que actúan como marionetas en un juego, que no les pregunta en momento alguno. Por supuesto, ante este lado maléfico de Billy, Claggart debe ser el único hombre del barco intelectualmente capaz de apreciar de modo adecuado el fenómeno moral que ofrecía Billy Budd.

   Comparado en el libro a un escorpión, el propio Claggart provoca su propia muerte a manos de Billy al exasperarle y ponerle de los nervios y Billy debe ser condenado a muerte. Judas y Jesús muriendo ambos en una estúpida tragedia que no redime a nadie. Porque ¿cuál sería el sentido de semejante antagonismo? ¿Un ajuste kármico de cuentas?

   Quizás más bien la resolución de un ceremonial expiatorio en el que Billy, inmaculado e inocente, debe ser ofrendado a no se sabe bien quién o qué, o es que Billy debe, por mor de su exagerada belleza, seguir el camino de los elegidos de los dioses: morir joven para ellos, entregarse. Las disquisiciones de Melville sobre el sentido platónico de la depravación de acorde a naturaleza nos confunden. De ella sin embargo extraemos lo que de pasión incontrolable hay en el maestro de armas, de fluido incontenible, caudaloso e imparable, que le lleva a la acción sin remedio. En este sacrificio ritual de Billy, ahorcado “sin espasmos” del palo mayor, y dando “¡vivas!” a su capitán que le ahorca, sobre el cadáver asesinado del puñetero maestro de armas nos quedan muchos puntos negros.

Jean Genet

   Como nos dice Genet, “la idea de crimen evoca con frecuencia al mar, a los marinos, pero esta doble muerte tiene demasiado de tragedia tortuosa por inevitable, de desahogo colectivo, de anulación imperativa de dos pasiones, benéfica y maléfica, que al presentarse de tal modo, con tan pocos ingredientes que las maticen, deban ser aniquiladas inmediatamente, como monstruos que son, como seres deformes en sus respectivas insoportabilidades/imposibilidades.

   Así, por ejemplo, podemos leer: “Allí abajo, entre los mendigos y los escarbadores de la basura se pone en escena la pasión profunda.” La frase no es de Genet, sino de Melville, preparando el momento álgido del drama. Pero algo nos lleva a comprender que con esta frase encajamos mejor el sentido de todo esto. Es, en efecto, como también sabía Genet, en los estercoleros del alma donde se accionan los resortes de la vida. En el caso de Querelle, nos hallamos con que la miseria pasional que conforma el ser humano no se halla tan horriblemente tensionada como en Billy Budd, sino que se encuentra democráticamente repartida.

   En aquél, quien más quien menos, presume de su parte de sordidez, de su aliento mefítico, exhalando humo sobre los otros: los patrones del burdel, el policía, el hermano de Querelle que no es su contrapunto sino otra identificación más de sí mismo, Gil, Roger, el teniente… todos, incluso los asesinados, han manifestado sus deseos torcidos, su arrolladora búsqueda del placer por encima de los demás, su orgulloso acuerdo con la depravación, conforme o no con la naturaleza. Y a pesar de ello, la sensación al leerla es mucho más acorde con la vida que la escenificación sacramental de Billy Budd.

   Ambas obras maestras nos hablan de los humanos en su desesperada caza de la felicidad, pero es Genet quien nos enseña a esta felicidad con las rodillas quebradas y pidiendo socorro. En su libro nos sentimos como recorriendo un sueño, más incluso en la preciosista película de Fassbinder, pero un sueño que habla con las palabras del día, con el lenguaje ineludible y desesperante de los deseos, la terca –como la llamaba David Cooper- “gramática de la vida”.

   Son marineros en tierra los que multiplican sus excesos, son seres fuera de su elemento, como lo son los humanos ante los momentos clave de sus vidas, confundidos ante la amenaza del fracaso y temblorosos por el poder implacable de cada uno de sus actos.

   Si me cruzara en un puerto con Querelle y Billy Budd, probablemente no sabría distinguirlos. Ni el estrabismo y el tartamudeo podrían ayudarme. Ambos me mirarían a los ojos del alma, uno para descansar en ella, el otro para atravesarla, pero no sabría cuál de ellos ha sido cada uno hasta que viera el poso que en mí hubieran dejado. La bondad y la maldad perfectas son vinos de imposible crianza, y de un ángel y una bestia, pese a Rilke, no se obtiene un humano, sino un monstruo de trato afable y mirada profunda.

   Popeye frunce el ceño porque lo sabe y está cansado. Carga de opio su pipa y observa, con Hermann Melville, el arco iris. Dice:

   “En el arco iris, ¿quién puede trazar la línea donde acaba el color violeta y empieza el anaranjado? Vemos con claridad la diferencia de los colores, pero ¿dónde exactamente se mete el primero con el otro mezclándose con él? Así es con la cordura y la locura.”

   Y entonces comienza la noche. Genet abre la navaja para tatuarle a Popeye un nuevo tatuaje:

   “Querelle había domesticado la noche, se las había arreglado para hacerse familiares todas las expresiones de la oscuridad, para poblar las tinieblas con los monstruos más peligrosos que portaba en sí mismo.”

   Y así, nosotros acabamos pensando: el tatuaje es un buque que se hunde y se lleva consigo las palabras.

 

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~ por juannicho en octubre 10, 2010.

3 comentarios to “Popeye el marino a bordo del “Indómito Vengador” (Misterios de iniquidad)”

  1. Señor Nicho: que recurra usted a la iconografía popular para contrastar asuntos de altos vuelos dramáticos no deja de ser aceptable. Incluso el empleo del personaje de Segar como nexo entre Billy Budd y Querelle de Brest puede resultar esclarecedor a nivel conceptual (aunque más todavía a nivel estructural, proporcionando un bonito da capo a su texto).
    Pero la inserción del video de Enrique y Ana al final, roza lo intolerable. Tenga usted buenas noches, señor mío.

    • Sepa Señor Monza, que ya me corroía el alma en su momento ante la posibilidad de insertar tal desecho de la cultura popular a modo de guinda del no sé si digerible pastel conceptual del artículo (por supuesto agradezco sus palabras al respecto)… peeeero, no sé bien por qué NO LO PUDE EVITAR. Esos gestos, esas ampulosidades en el baile con esos complementos hinchables a modo de adorno tristemente figurativo, esa danza altamente patética, las cadencias mortecinas de la voz, los resplandores chillones de los añejos decorados doradoplatinescos de la tele… todo, en fin, me llevaba a entrar en un estado próximo a la catalepsia que el mesmerismo sabría catalogar debidamente. Sin duda, querido amigo, sabrá que comparto punto por punto sus opiniones estéticas hacia el tal mencionado producto estético, pero no me negará que su inserción a modo de colofón jocoso tras una retahíla angustiosa de observaciones existenciales, podría contribuir a distender un ambiente ya de por sí cargado de connotaciones de denso significado profundo. Sepa que su nota me ha agradado en grado sumo, (valga la casi intolerable reiteración fónica de la raíz grad-). Tenga usted unas noches de equivalente resultado valorativo a las que usted tan amablemente me ha deseado.

  2. Ahí tiene ud. razón… El argumento valmontiano…
    No en vano, he pasado un rato agradable imaginando la aparición súbita de Enrique -tras su bailecillo inicial- en las callejuelas de densa atmósfera de la película de Fassbinder (quizá en sustitución de Brad Davies cuando saca la navaja y lo salva su capitán). No se hubiera librado ni con Ana de la mano…

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