“Jennifer Miller y el Circo Queer”, de Pilar Pedraza

   “Escasean actualmente las mujeres barbudas. Y son más problemáticas que sus bisabuelas del circo, porque además de estar obsoletas como artistas de un espectáculo que ha transmigrado al medio televisivo, en sus peludas mejillas se cruzan nociones referentes a la transexualidad y a lo que se viene configurando como una nueva visión del género sexual, que poco tiene que ver con la de las “encrespadas” del Barroco o los eslabones perdidos de la época de Darwin. Casos como el del hermafrodita Herculine Barbin, estudiado por Foucault, constituyen llamadas de atención sobre una problemática que va más allá de aquel gracioso descolgarse los genitales de sus ligaduras internas y aflorar convertidos de femeninos en masculinos como quien da la vuelta a un calcetín. Porque a Herculine/Abel Barbin se le asignó al nacer el género femenino, pero su cuerpo lo desmintió con el tiempo y la sociedad dictaminó que era un hombre y le hizo ferroviario. Murió la pobre criatura en la miseria y el desprecio, suicidándose en el tugurio que habitaba últimamente, cuando fue apartado de su modo de vivir, que no era de hombre ni de mujer sino justamente de algo intermedio y diferente a causa de una errónea gestión médica y social de algo que Foucault calificó de “sexo miserable”.

   Ahora podemos contemplar y conocer con mejores instrumentos y comprender mediante esquemas mucho más abiertos la paradoja de Herculine, la muchacha que amaba a las muchachas pero no sabía de sí misma cuál era su género y nadie, ni la medicina ni la iglesia, podían atribuirle más que uno u otro, pero no ambos o ninguno.

   Uno de los instrumentos conceptuales con los que contamos actualmente para tratar de entender esta cuestión es la llamada teoría queer, que nace en los textos de Teresa de Lauretis y cuyas formulaciones más extensas se hallan en las obras de Judith Buttler. Su nombre procede de la palabra inglesa queer: “raro”, usada para aludir a los homosexuales, pero va más allá y relativiza la noción de género, en el sentido de que ni la opción sexual ni la identidad sexual de las personas son naturales, sino el resultado de una construcción social, y que no existen papeles sexuales esencial o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas de desempeñarlos que pueden variar. Lo importante -y polémico- de la teoría queer es que rechaza la clasificación de los individuos en categorías como hombre o mujer, heterosexual u homosexual, y adopta una postura original y provocativa al afirmar que las identidades sociales no son normales sino anómalas y cambiantes. La teoría queer critica además las clasificaciones de la psicología, la filosofía y la sociología tradicionales, basadas habituamente en el uso de un solo criterio -sea la clase social, el sexo, la raza o cualquier otro- y sostiene que las identidades se elaboran de manera más compleja y como intersección de múltiples grupos, corrientes y criterios. Aunque de raíz y vocación filosófica, antropológica y cultural, la teoría queer permanece de hecho en el terreno del debate de género, y en ese sentido enlaza con la enigmática consistencia y el desafío de la mujer barbuda, quizá más que con el transexual o el hermafrodita, peligrosamente simplificados por el sentir general. Pues hay mujeres pilosas o barbudas que son en realidad seudohermafroditas como Herculine Barbin, y otras que han tenido hijos como Fortune Clofullia.

Fortune Clofullia

   Un buen ejemplo actual de apertura queer es el de la norteamericana Jennifer Miller (1968), creadora del vanguardista Jennifer Miller Circus Amok al que se ha denominado Circo Queer. A sus 20 años, a finales de los setenta, Miller dio sus primeros pasos en la danza experimental y el teatro de agitación. “Cuando entré en ese mundo todavía no tenía barba. Me gustaba ese universo incluso antes de que empezara a ser marginada y rechazada por mi físico” -dice en una entrevista- “Siempre sentí que no iba al mismo ritmo que el mundo. Con la barba mi rebeldía se hizo tangible.” Había heredado el hirsutismo de su madre y su abuela, producido al parecer por una sobreproducción de testosterona, y lo aceptó como algo natural aunque para los demás no lo fuera. Como Clémentine Delait, se proclama “mujer barbuda”, no mujer con barba. Recibió una educación privilegiada en un ambiente intelectual y progresista de judíos y cuáqueros. A pesar de sus inquietudes culturales, nunca fue a la universidad. “La vida -dice- era demasiado tentadora.” Sin embargo, es profesora de Arte y Cultura Popular en la Universidad de Los Ángeles.

Jennifer Miller

   “El mundo está lleno de mujeres con barba”, dice. “O por lo menos tienen el potencial de tener barba… en lugar de perder el tiempo y el dinero en depilarse a la cera, afeitarse, la electrolisis o arrancarse los pelos con pinzas. Todos sabemos de alguien que se despluma. ¡Desplumar, desplumar, desplumar, como si estas mujeres fueran pollos!”, grita. “El cuerpo es un territorio de opresiones. Las mujeres sufren por tener que plegarse a una imagen, y para ellas una barba es inconcebible. Una mujer no lleva barba. Ante todo, tiene que ser femenina. Yo he tenido miedo a esos clichés. Legitimar la diferencia es también legitimar sus sufrimientos. Seré, pues, una mujer barbuda, sin que por eso sea diferente.” 

Fotografía: Annie Leibovitz

  Jennifer tiene un estupendo cuerpo de mujer, de hombros redondos, anchas caderas y pechos pequeños y bien desarrollados, que ha sido retratado por Annie Leibovitz sobre un fondo de damasco granate en una de sus performances. Pero la larga cabellera oscura, las caderas, las piernas torneadas y los pechos no pueden nada frente a la masculinización que produce en su rostro la barba, por otra parte, sin parangón con las barbas bíblicas de otras grandes damas pilosas como Clémentine Delait o Fortune Clofullia. Cuando lleva pantalones la gente la confunde con un hombre. Es la barba la que viriliza, la que rompe los estereotipos, el elemento queer más fuerte de la imagen.

   Jennifer Miller fundó en 1989 con unos cuantos amigos su circo, a medio camino entre el teatro callejero de agitación y el circo popular, y llevó su camión y su carpa durante los meses de verano por los barrios más desfavorecidos de la periferia de Manhattan: el Bronx, Harlem y Queens. “El circo Amok no tiene nada que ver con el de Barnum & Bailey -dice Miller-. Sus animales son de cartón piedra, sus estrellas los zancudos, marionetas gigantes y títeres. Se apropian de elementos drag del Teatro del ridículo de Charles Lugum, y de la danza contemporánea.” Enfundada en sus vestidos ceñidos adornados con volantes y lentejuelas, y empuñando el micrófono como un predicador, Jennifer Miller parce un Cristo travestido o, más bien, con su cuerpo de mujer, un Cristo transexual, un Cristo queer.

   El Amok ha denunciado las torpezas y crueldades de la política reaccionaria de Bush, las grandes cuestiones de la ciudad y del mundo, pero también las cotidianas, el día a día, desde una visión crítica, progresista y ecologista, para un público de calle difícil, multirracial y a menudo homófobo y machista. Pero de eso se trata, de que deje de serlo. Al parecer, el éxito con los niños ha acompañado siempre a Jennifer Miller, dotada de grandes dosis de talento pedagógico.”

En Venus barbuda y el eslabón perdido, de Pilar Pedraza, en La Biblioteca azul (serie mínima) de las Ediciones Siruela, Madrid, 2009

Anuncios

~ por juannicho en octubre 24, 2010.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: