Suicidios reversibles

   “Ignoro lo que son las cosas, ignoro todo estado humano, nada del mundo gira para mí o en mí. Sufro espantosamente la vida. No existe un estado que yo pueda alcanzar. Y con mucha seguridad estoy muerto desde hace mucho tiempo, ya estoy suicidado. Me han suicidado, quiero decir. Sin embargo, ¿qué pensarían ustedes de un suicidio anterior, de un suicidio que nos haría desandar el camino, pero del otro lado de la existencia, y no del lado de la muerte? Sólo ése tendría para mí un valor.”

Antonin Artaud

   [Tras unos días alejado de mi pequeño blog de bolsillo, resucito como quien atraviesa un túnel o recorre los metros finales de un desierto. Intenté el otro día ir al MACBA a escuchar y ver en persona por primera vez a alguien cuya obra admiro y respeto muchísimo. Se trataba de Pilar Pedraza, quien daba una pequeña charla sobre los temas de las humanidades fronterizas que tanto le gustan, en el marco de unas jornadas sobre monstruosidades y demás. Pero al llegar tarde y no conseguir convencer al tipo de la entrada de que no quería escuchar nada de los otros días, sino única y exclusivamente a Pilar Pedraza,y que por eso no iba a alimentar las arcas de un estúpido museo que cobra por la cultura que debía ser de todos, pagándole nosecuantos euros… me fui.

   Pero ya me había entrado el gusanillo por reemprender las lecturas de esta mujer. Así que aparqué mis otros libros empezados y me hice al fin con su última obra sobre las mujeres barbudas que comentaré más adelante. Y como me gusta complementar las lecturas de un mismo autor, intercalé sus capítulos con los de una de las novelas de Pilar, que es uno de los escasos seres que alcanza altas cimas de excelencia tanto en ensayos como en obras literarias propiamente dichas. Saqué de mis polvorientos estantes de libros por leer su pequeña novela La pequeña pasión y allí encontré, casi en sus primeros compases, una historia que cuenta uno de sus personajes que me recordó, aparte de las clásicas y reconocidas fuentes de inspiración de Pedraza como en este caso Poe y su gato negro, aires de otra novela que leí hace poco y que me entusiasmó. No lo digo porque quiera remarcar influencias de una a otra, ni siquiera me interesa quién lo escribió primero, ya que es un tema universal, pero me encantó la manera en que ambos lo enfocaban. Se trataba del suicidio imposible, tal como lo narraba Félix Francisco Casanova en su excepcional El don de Vorace, convirtiendo en eje de la novela la imposibilidad de su protagonista de morir en sus repetidos y brutales intentos de suicidio tras los que invariablemente resucitaba con la conciencia de ser inmortal, y tal como lo cuenta en una trama digamos más secundaria en la novela breve de Pedraza uno de sus personajes, un melancólico escultor:]

    “Al alargar el brazo mi amigo el escultor para recoger el cambio, vi que llevaba una muñeca cubierta por un espeso vendaje: eso era nuevo. Él advirtió mi mirada y la muda interrogación que había en ella -mi buena educación no había llegado a tiempo de borrarla de mis ojos-, y me invitó a abandonar la barra. Nos sentamos en una mesa apartada. Pidió dos cafés más y me contó -y eso sí que era nuevo de verdad- que aquel fin de semana se había suicidado. El suyo no había sido un suicidio frustrado ni un mero intento, había muerto realmente, dijo. Pero, por extraño que pareciera, se encontraba otra vez con vida. Interesantísima y alucinante información. Agucé el oído al advertir que se disponía a ampliarla.

   Recordaba con toda claridad que el jueves se había cortado las venas en un baño tan caliente que tiritó al meterse en el agua y se le puso la carne de gallina. Y que luego se había encontrado, mucho tiempo después, una eternidad, sumergido hasta el cuello en un agua fría y sangrienta, repulsiva.

   Había resucitado. Se puso en pie con gran dificultad, se envolvió en un albornoz y se arrastró hasta el estudio, dejando huellas pardas en el suelo. Era de noche. Encendió la luz y conectó maquinalmente el televisor, con las sensaciones nauseabundas de quien se levanta por primera vez después de una cura con antibióticos. Emitían el programa de las noches de los sábados. Insoportables variadades invariablemente iguales a sí mismas. Neón, lentejuelas, cueros negros, pechos como globos rosa, cabelleras martirizadas por tintes y fijadores, y la misma música de siempre, ramplona, ruidosa, empalagosa. Por si cabía alguna duda, la petulante pareja de presentadores recordó a la audiencia que era sábado, que era medianoche y que era preceptivo divertirse locamente. El reloj de pared dio las doce. La muerte, pensó el escultor, no detiene los relojes.

   Él se había suicidado el jueves por la tarde y sabía perfectamente que había muerto. Eso, por descontado. Jueves, viernes, sábado, calculó como un colegial que recita una lección. En su cuerpo no quedaba una gota de sangre. Pero estaba recuperando las fuerzas y sentía el estómago encogido por una intensa sensación de hambre acompañada por una terrible desgana. Aquello ya lo había experimentado antes muchas veces. La debilidad, el deseo imperioso de comer lo que fuera enseguida, y al mismo tiempo la repugnancia al pensar en los alimentos, la imposibilidad absurda de comer.

(…)

   El domingo amaneció vivo, y así seguía, aunque él se sentía completamente muerto, fuera de lugar. Ponía tanta convicción en sus palabras que por un instante llegué a verle como un cadáver a la luz cenicienta de aquel rincón del bar. La histeria contagiosa de un muerto viviente tan dado a los delirios como él no me resultaba nueva ni extraña. En otras ocasiones me había dejado llevar en alas de sus descabelladas fantasías, pero todo aquello era la locura más interesante de cuantas le había conocido, así que le pregunté más detalles de su muerte.

   (…)”

De La pequeña pasión, Pilar Pedraza

   [Y en efecto se los da, con una meticulosidad y una veracidad que pone la piel de gallina. Cada libro que leo de esta mujer, sea novela o ensayo me fascina de una manera más intensa. Ahora seguiré con la lectura de esta trama extraña que acabo de recomendaros, de esta exquisita narración de una experiencia que, de un modo u otro, muchos hemos vivido y no hemos sabido explicar después con palabras.]

 

 

   “Si me mato, no será para destruirme, sino para reconstituirme; para mí no será más que un medio de reconquistarme violentamente, de irrumpir brutalmente en mi ser, de adelantarme al avance incierto de Dios. A través del suicidio reintroduzco mi dibujo en la naturaleza, por primera vez doy a las cosas la forma de mi voluntad.”

   “Estoy en el instante en que no me aferro más a la vida, pero llevo conmigo todos los apetitos y las insistentes titilaciones del ser. No tengo más que una ocupación: volverme a hacer.”

De El pesa-nervios, Antonin Artaud

 

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~ por juannicho en octubre 24, 2010.

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