Los mitos se repiten (I). Mismo Dios, mismos dioses

   “La mitología de distintos pueblos parte de un mismo punto. Se trata del concepto generalizado en el que todos los héroes o dioses han venido al mundo sin haber sido concebidos y nacidos de una madre virgen. El concepto generalizado por el cual todas las madres que han dado a luz héroes o dioses, ha sido a través de concepciones no humanas. Únicamente tales conceptos podrían ser el sustento de las creencias de los fieles respectivos. Más allá de lo humano se encuentra lo prodigioso, lo sobrenatural, que procede del mundo invisible y maravilloso de las divinidades. La necesidad de trascendencia del ser humano se ve colmada por el mito.

   Ya en el antiguo Egipto, en época del solsticio de invierno, la Virgen se levantaba con el Sol, y este Sol, simbolizado por Horus, se encontraba en su seno. Esta divinidad era Isis (madre virgen de Horus), que era representada en el templo portando a un niño en sus brazos. Dicha representación estaba acompañada por la siguiente inscripción: “Yo soy todo cuanto ha sido, es y será, y el fruto engendrado en el Sol.”

   En los muros del templo de Luxor, en el espacio considerado más santo de los santos, se hallan una serie de pinturas o frescos que, sospechosamente, son iguales a la Cristología contada siglos más tarde y parecen denotar su clara influencia. Puede verse, por ejemplo, cómo el dios That, el anunciador, está advirtiendo a la Virgen que dará a luz un hijo. En otra escena, puede verse al dios Knept que fecunda a la Virgen con el Espíritu Santo, dando así cuerpo a la inmaculada concepción. Más adelante vemos el cuerpo del recién nacido sentado en un trono y recibiendo los presentes de tres espíritus (¿los Reyes Magos del cristianismo?), a la vez que es adorado como el dios Sol encarnado.

   Recordemos cómo la Biblia cita la famosa estrella de Belén que indicaba el lugar del nacimiento del Mesías. Esa misma historia era contada en Egipto a propósito de la estrella Sirius, la más brillante de todas las que pueden ser vistas desde la Tierra. Los egipcios decían que la aparición de las tres estrellas del cinturón de Orión (¿los magos de Oriente?) indicaba la llegada de Sothis o Sirius. Tengamos presente que, además de los cultos agrícolas que influenciaron los ceremoniales de las cosechas, la astrología tenía un papel muy importante en la mitología religiosa.

   Los magos o sacerdotes eran adoradores del Sol como símbolo de la divinidad, y el oro, el incienso y la mirra, eran los presentes que ofrecían y, por ello, también formaban parte de los cultos de Mitra. Todas estas leyendas basadas en la mitología solar ponen en escena el nacimiento de un niño en una cueva o en un lugar sombrío. Un establo mal iluminado simboliza la oscuridad en la que permanece el sol entre el solsticio de invierno y el 21 de diciembre. Así es como transcurren los tres días desde la crucifixión de Cristo (el Sol) y su resurrección el 25 de diciembre. La cueva puede tener otros significados, pues la historia de Jesús puede ser interpretada de distintas maneras.

   Las conocidas parábolas y, en general, las palabras que pronunció el Salvador son muy semejantes a las de dioses y salvadores anteriores. Horus, según la mitología egipcia, también tuvo su sermón de la montaña. Muchas de las palabras de Jesús son simplemente tomadas de antiguos textos, como el libro de Enoch, e incorporadas a las narraciones. Algunas de las parábolas atribuidas a Jesús fueron tomadas del budismo y del jainismo.

   En cuanto a la astrología, parece como si existiera una ley universal que desconocemos y por la que los salvadores de la historia tuvieran que tener todos ellos doce discípulos o fieles seguidores. Los mitólogos aducirán que ello es simple y llanamente una cuestión de adaptación de los signos zodiacales. Posiblemente sea así, pues la astrología fue la que relacionó a los enviados celestiales con la simbología del firmamento. Nada mejor que unirlos al curso del sol y las estrellas para argumentar su procedencia celestial. Jesús tiene doce seguidores, al igual que Horus, Buda, Dionisos, Mitra, y otras divinidades solares, o incluso el propio rey Arturo y sus doce caballeros de la mitología celta. Existen, curiosamente, doce hijos de Jacob, doce son las tribus de Israel, doce los dioses de Egipto, Grecia y Persia.

   Esta especie de fijación por dicho número se desprende del simbolismo solar, pues los discípulos o apóstoles simbolizan los meses del año y los signos del zodíaco. Los romanos representaban al sol bajo el aspecto de un hombre cuyos seguidores eran los signos zodiacales. Antes de que el cristianismo fuese creado en Roma, en las escuelas de misterios existentes mucho antes de la llegada de Jesús el portavoz de la divinidad se llamaba Ptr, Petrus (piedra, roca) y, posteriormente, Pedro. Pero esto es sólo el principio, pues el mito va adaptándose según los tiempos y con nombres distintos, aunque su simbolismo y significado permanece invariable.

   Santiago, supuesto hermano de Jesús, posee en la tradición egipcia su homónimo Amseth, hermano de Osiris. El padre de Krishna era carpintero como José. Juan, el discípulo preferido de Jesús, es análogo a Arjuna, el preferido de Krishna. Además, en ambos casos, eran primos. Finalmente Tomás, aquel que quiso tocar a Jesús después de su resurrección para creer en tal circunstancia, representa una situación parecida a la vivida por el Tammuz babilónico. (…)”

De El triunfo del paganismo, Xavier Musquera

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~ por juannicho en octubre 31, 2010.

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