Me gusta más mi habitación

   “Cuando miro durante largo rato un punto fijo en la pared, a veces me ocurre que dejo de saber quién soy y dónde me encuentro. Siento entonces, de lejos, la ausencia de mi identidad, como si me hubiese convertido en una persona totalmente ajena. Este personaje abstracto y mi persona real se disputan mi convicción con fuerzas iguales.

   Al momento siguiente, mi identidad se reencuentra, como en esas vistas estereoscópicas en las que, a veces, las dos imágenes se separan por error y sólo cuando el operador las ajusta, superponiéndolas, de pronto dan la impresión de estar en relieve. Entonces la habitación me parece de una plenitud que no había tenido antes. Vuelve a su consistencia anterior y los objetos que hay en ella regresan a su lugar, al igual que en un vaso de agua una pella de tierra deshecha se posa formando estratos de elementos diferentes, bien diferenciados y de colores variados. Los elementos de la habitación se estratifican en su propio contorno y en el colorido del viejo recuerdo que tengo de ellos.

   La sensación de lejanía y soledad en los momentos en que mi persona cotidiana se disuelve en la inconsistencia es distinta  a cualesquiera otras sensaciones. Cuando dura mucho se transforma en miedo, en pavor a no poder volver a reencontrarme nunca más. A lo lejos, queda de mí una silueta imprecisa, rodeada de una gran luminosidad tal y como aparecen algunos objetos en la niebla.

   La terrible incógnita de “quién soy” vive entonces en mí como un cuerpo enteramente nuevo, que ha crecido dentro de mí con una piel y unos órganos que me resultan absolutamente desconocidos. Para despejarla se requiere una lucidez más profunda y esencial que la del cerebro. Todo lo que puede agitarse en mi cuerpo se agita, se atormenta y se revuelve con más fuerza y de una forma más primitiva que en la vida cotidiana. Todo implora una solución.

   Algunas veces vuelvo a encontrar la habitación tal como la conocía, como si cerrara y abriera los ojos; cada vez la habitación es más clara, igual que un paisaje visto a través de un catalejo aparece más y más nítido a medida que, ajustando la distancia, atravesamos todos los velos de las imágenes intermedias.

"Mi habitación en Barcelona" (1978), Alberto García-Alix

   Finalmente, me reconozco a mí mismo y vuelvo a encontrar la habitación. Es una sensación de leve borrachera. La habitación está extraordinariamente condensada en su materia y yo, de forma implacable,  he vuelto a la superficie de las cosas: cuanto más honda ha sido la ola de confusión, más alta es su cresta; jamás ni en ninguna circunstancia, salvo en esos momentos, me parece más evidente que cada objeto ha de ocupar el lugar que ocupa y que yo he de ser el que soy.

   Mi tormento en la inseguridad deja de tener un nombre; es un simple sentimiento de pesar por no haber encontrado nada en lo más hondo de ella. Lo único que me sorprende es el que una ausencia total de significación haya podido ligarse de forma tan profunda a mi sustancia íntima. Cuando vuelvo a encontrarme a mí mismo y trato de expresar mi sensación, me parece totalmente impersonal: una simple exageración de mi identidad, que se ha desarrollado como un cáncer de su propia sustancia. Una pata de medusa que se ha estirado de manera desmesurada y ha tanteado, exasperada, entre las olas hasta volver, por fin, bajo la gelatina de la ventosa. En unos momentos de zozobra, he recorrido de esta forma todas las certidumbres e incertidumbres de mi existencia, para volver definitiva y dolorosamente a mi soledad.

   Entonces mi soledad es más pura y patética que nunca. La sensación de lejanía del mundo es más clara y más íntima: una melancolía límpida y suave, como un sueño que rememoramos en mitad de la noche.

   Ella sola me recuerda algo del misterio y el encanto más bien triste de mis “crisis” de infancia.

   Solamente en medio de esa súbita desaparición de mi identidad vuelvo a encontrar mis caídas en los espacios malditos de antaño y, solamente en los momentos de inmediata lucidez que siguen al retorno a la superficie, el mundo se me aparece en esa insólita atmósfera de inutilidad y desuso que se formaba a mi alrededor cuando mis alucinantes trances conseguían vencerme.”

De Acontecimientos de la irrealidad inmediata, Max Blecher (1936)

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~ por juannicho en noviembre 29, 2010.

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