Una impecable soledad

   [Desde que supe de su existencia, siempre me he sentido fascinado por la obra de este malogrado poeta peruano. Luis Hernández Camarero. Hice que fuera el vector fuerza de los diferentes programas de radio que hará un par de años dediqué a autores relacionados con el Perú. Cada uno de ellos lo iniciaba con fragmentos de cada uno de sus libros, de nombres tan espléndidos como el que da título a esta entrada…

http://aesteladodelatumba.contrabanda.org/2008/11/

   (hacia la segunda parte del programa, tirando al final…)

   Hoy mis pensamientos me han llevado de nuevo a las calles turbias y dotadas de una extraña luminosidad mortecina al tiempo que inspiradora que me suponen sus frases. Y he recordado especialmente este extenso poema novelado con Shelley Álvarez de protagonista, ese texto que tanto me llegó a conmover cuando lo leí por primera vez…

   Es un texto de 1983, de su libro Vox horrísona que yo pude hallar al fin en una cuidada edición de su Obra Poética Completa editada en Lima y que a duras penas pude encontrar en lejanos estantes allende el mar a través de internet…

   Hoy me he llevado otra alegría al comprobar que este texto está -creo que íntegramente- subido a una página web, por lo que semejante obra, tan difícil de encontrar ya, podrá ser accesible a todos… (Hay también algunos poemas suyos en la célebre y mítica Antología de Poetas Suicidas, de Árdora Ediciones.) Yo os pongo ahora el inicio para que os hagais cargo del tierno e impactante efecto que me causa siempre leerlo. Si queréis más y no encontrais el libro en tinta, podéis pasaros por esta página tan buena y de tan apropiado nombre:

http://www.contranatura.org/literat/biblioteca/Hernandez-Una_impecable_soledad.htm

   Otro día os pondré más cosas de este hombre que me recordó una verdad agresiva y devastadora pero que es necesario tener presente para no sucumbir al incesante cataclismo de los sentimientos:]

   “Ella te hiere/ como una rosa/ y no, como cabría/ esperar, con sus espinas,/ una rosa te hiere/ siempre, con su flor.” (Luis Hernández Camarero)

“Para el que ha contemplado la duración
lo real es horrenda fábula. Sólo los
desesperados,
los que soportan una impecable
soledad
horadando las casas, podrían develar
nuestra torpe carencia
la vana sobriedad del espíritu.”

Juan Ojeda

   A Juan Ojeda
a quien no conocí

BOOK THE FIRST

  ” Shelley Alvarez se sentó al piano para iniciar la Ofrenda Lírica de Bach. Al lado del pedal de resonancia brillaba al sol de otoño una botella de whisky Johnnie Walker.

   Y en el interior, confundida entre las líneas del arpa, Shelley Alvarez escondía un fragmento de haschisch, tan sólo por eufonía.

   En el horizonte algo simulaba una luz: era el reflejo de un letrero de hojalata.

   Shelley digitó la Ofrenda sin reparar en el Tiempo.

   Luego cerró el piano y escuchó la Música de las Esferas.

   Fue entonces que decidió tomar un baño de tina.

 

   Mientras lo hacía en medio de avisos, voces, crujidos, surgió de la radio La Última Canción de Richard Strauss. Y el Universo alcanzó para Shelley el Mc2. Shelley Alvarez no creyó estar soñando: su perfecta formación dentro del Empirismo inglés jamás se lo hubiera permitido.

 

   La Canción concluyó, y Shelley recordó con Melancolía, que él nunca conociera

   La Melancolía, ni el temor, ni, quizás, la dicha.

 

   Mientras se secaba leyó el poema que alguna vez dejó en un papel:

 

   Mi primer Amor fue La Música

   Mi segundo amor fue El Amor

   A la Música. Mi tercer

   Amor fue triste y feliz

 

   Y se entretuvo arrojando dardos, para alejar su corazón de su corazón, porque el recuerdo del Amor es más fuerte que el Amor.

 

   Pero existían los dardos, y el whisky. Y algo más: Shelley tenía en sí una cierta soledad que acompaña, una soledad que no mata: una impecable soledad.

 

 * * *

 

   Poseía dos pianos: un Pleyel y un Erhard, con los cuales viajaba en algún trasatlántico: de preferencia el France.

   Y mostraba con indiferencia el vacío de su vida; porque no era vacío, sino plenitud. Nunca intentó responder la pregunta, y su vanidad legendaria partía de saberse misterioso. Cuando en las tardes de verano la arena a merced del viento se extiende a impulsos de las manos de Dios que habita en los frascos de cerveza, y todo está en Fa mayor, Shelley incluso hablaba.

 

   Y solamente por una vez nombró lo que no pudo ser. Y así como dos pianofortes, poseía dos automóviles: un Volvo de dos puertas y otra máquina cuyo nombre no recordaba desde que escuchó Islamey y contempló el mundo con cierta aprehensión.

 

* * *

 

ARS LONGA
VITA BREVIS

   Así podía leerse en sus ojos cuando daba color al último Concierto Romántico y primero de Prokofieff.

   Pero en la música hay algo impalpable: Beethoven murió solo, cirrótico y sordo, sin quejarse, sin dinero, sin lamentables homenajes, sin autocompasión. Único en un mundo del sonido. Un sordo cuya flor era, si no la vibración, el alma. En qué blanco Amor residiría su fuerza.

 

   Credo in unum Deum

   Wie betreber Feuertrunken

   In deine Heilligtum

 

   Shelley brindó con el Johnnie Walker, imaginándolo el vino del Rhin, la patria de Beethoven. Y después por la valentía, tan admirable como el abandono. Y luego por la ternura que se asemeja a alguna palabra que en nadie encontró corazón:

   Una impecable soledad.

 

* * *

 

   Solo hay alguien que jamás engaña. De nombre Dios, de caracteres de infinita flor: flor de los Alpes, flor de los vendedores ambulantes, flor de plástico, flor que abandona pero que siempre acompaña. Shelley Alvarez aspergió con desodorante de habitación el garage: era en demasía notorio el denso olor a pasta básica Eritroxilón coca.

 

* * *

 

   Shelley Alvarez robó un diapasón durante una fiesta poblada. Al escuchar el La, pues de inmediato lo usó, aún delante del damnificado, creyó oír un jardín. Luego, contra su costumbre, bebió champaña.

 

   Con una impecable soledad Shelley observó que su mundo era el mundo. Qué extraño planeta, se dijo. En lo alto brillaban Alfa Centauri y próxima su compañera. No estoy en todo de acuerdo con el Anti Dühring, pensó, tampoco con las personas que gritan, ni con los seres que prejuzgan. Enseguida optó por beber más champaña: va il pensiero, en alas de la fantasía. Nuevamente salió al jardín y esta vez dispensó incluso a los seres que prejuzgan.

 

   Y el Amor no abandonó desde ahí sus ojos.

 

* * *

 

   El ser humano no es un mueble, fue la conclusión a la que llegara Shelley luego de ejecutar de memoria y de pie los Estudios Trascendentales de Ferenc Liszt, llamado Franz en algunas regiones centroeuropeas.

 

   Aspergió entonces el piso con whisky para ambientar las escocesas de Beethoven. Las siguientes ocho horas fueron dedicadas a ejercicios de digitación tan tediosos que no aburrían.

 

* * *

 

   A velocidades demenciales Shelley se encaminó a la playa cantando In fernem land de Lohengrin. Bajó del automóvil y bebió seis cervezas y algunas más en el bar de Gamboa. En el recodo del Caplina perdió los cuentos de Chejov.

 

   Qué agradable es estar solo, dijo, y avanzó en la laberíntica playa con entusiasmo tal que se halló a sí mismo, nadando Dios sabe cómo. El nadador era Byron, sabido es, y su padre lo había bautizado como Shelley pues admiraba a Keats.

 

   Nuevamente en el automóvil y por completo empapado, Keats Alvarez retornó a su casa, regando de arena reluciente todas las habitaciones, pues fuera del piano y la Melancolía era un Autralopithecus, un Mowli.

 

   Ingresó a la ducha y egresó de ella con la curiosa sensación de no hallarse embriagado.

 

* * *

 

BOOK THE SECOND

   Shelley Alvarez se presentó en el Teatro Municipal de Lima, mi ciudad natal, un invierno de 1975.

   Interpretó el último Concierto Romántico: el primer concierto de Sergei Prokofieff. Muy correcto Shelley, de smoking blanco y corbata lila. En el alma llevaba a la estrella Sirio, el Sol, a los grandes planetas y una soledad impecable.

 

   Durante la ejecución del Concierto recordó un jardín pleno de geranios, galletas de animalitos y a la Suite Anthar de Rimsky-Korsakoff.

   Pasado el Concierto, Shelley Alvarez se dirigió a festejar su triunfo.

 

   Lo hizo en un parque vallado de madera suspendido sobre el mar de Miraflores. Inexistente casi, anduvo bebiendo cerveza helada y poseído como lejanas veces, de la compañía de maderos, enramadas y del Tiempo que transcurre en ciertas almas.

 

* * *

 

   El concierto era transcurrido. Así el festejo posterior. Shelley, que jamás recordaba lo pasado, nunca lo olvidó. La crítica de los diarios habló de sorprendentes cualidades, de pureza de fraseo, de profunda comprensión. Shelley conservó para siempre tan sólo la imagen de las cervezas y el cielo…

 

   No volvió a presentarse en público.

 

* * *

 

   Shelley Alvarez improvisó arpegios con la mano izquierda durante dos horas; seguidas éstas, anduvo por el jardín, pleno el corazón del aire lento y una Flor del Estío que no he de olvidar.

 

   La extensa pradera y la noche se extendían hacia los cinemas, y la lengua del mundo ha de cantar. Tu rostro me recuerda una voz lejana y tu Amor que no es ensueño sino Amor, The Royal Fireworks y el agua que sobrevive a un lado del Espacio, más bien yo diría en el océano silencioso o los abismos donde las estrellas proyectiles de movimiento angular muy sensible como Van Maanen.

 

   Todo esto pensaba en tanto Shelley Alvarez. Su nave espacial, elefante o Volvo 121 lo esperaba reposando en la bruma.

 

   Shelley, que odiaba la ternura, no se emocionó al ver su automóvil. Más bien le pareció hermoso y lleno de perfección y la estultitia.

 

   Había bebido un frasco de whisky y su alma dijo que el ser humano sería feliz si lo quisiera. Pero aún sin whisky ya lo había pensado desde niño, durante la lectura de los versos de Roberto Browning, Yeats o Petrarca.

 

   O sea que usted cree en los libros. Le había preguntado una señora. No, dijo Percy B. Shelley Alvarez, pero creo en los que jamás dejaron de creer que el odio aún es sólo una forma del amor. Usted oculta tras su pretendido amor un inconmensurable odio. No odio a nadie, pues a nadie conozco. Soy solitario, le había contestado Shelley Alvarez. Usted es narcisista, le había asegurado un psicoanalista durante entrevistas a las cuales Shelley Alvarez asistía por visitar San Isidro. Eso no me impide tocar el piano, había susurrado Shelley Alvarez mientras navegaba hacia Marte, para contemplar los canales del glorioso Schiaparelli.

 

   Porque era evasivo: evasivo por solitario, impecablemente solitario.

 

* * *

 

   Shelley Alvarez comía papas rellenas en el Estadio Nacional del Perú. El partido era una piscina de aire y el césped, las luces, el humo extendido bajo los faroles.

 

   Nous aurons pensée comnent avant, la vingtieme année. Entre el público: todas las luces del Estadio para una gran noche. Texte premonitoire, pues los partidos colmaron con creces las palmeras del parque cercano y la alegría de las grandes fiestas y todo aquello que desdeñan quienes sufren de un exceso de sensibilité douloureuse et d’intellectualité.

 

   Al llegar a su casa, Shelley escuchó melodías de Cristopher Wilibald Gluck, creo que Ritter o algún título de caballero, como que lo era, ¿quién no se ha extasiado ante la pureza de Gluck? y cosas semejantes que se lee en las Enciclopedias de la Música.

 

   Mientras tanto hacía planchas y otras gimnasias tediosas pero entretenidas, y que permiten pulsar y hacer oír un Pleyel a 15 verstas (Shelley medía, como homenaje a Carlos Marx, las extensiones en verstas). Il serait facile de citer bien d’autres allusions analogues dans el pensar de Shelley. Luego envuelto en el Universo glorioso, bajo el cuarto creciente y Saturno, el pérfido planeta, el pianista contempló los alambres, los asfodelos, los tulipanes, la continua floración de la Tierra. (…)”

 

De Una impecable soledad, Luis Hernández Camarero

 

 

 

   [Es que eso es lo que me veo tentado de decirme cuando me esquivo a mí mismo al verme por las calles: juanito, juanito, lo tuyo no tiene remedio, a veces creo que es “porque eres evasivo: evasivo por solitario, impecablemente solitario.” Sonrío y cuando abro los ojos, ¡ahí ya no hay nadie!]

 

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~ por juannicho en noviembre 30, 2010.

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