Los mitos se repiten (IV). El fruto de vuestros vientres…

   “(…) Los nombres y las diferentes advocaciones de la Virgen María, con apelativos de árboles y plantas, ya procedían de antiguo, como las diosas paganas relacionadas con los que podríamos llamar la mitología agrícola. La diosa se presenta con el fruto, y ello lleva implícito el que sea Madre de la cosecha, Madre que da a luz un fruto, el de su hijo: “Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.

   Esa mitología agrícola se encontraba ya vigente en pueblos y culturas precristianas. Dicha mitología entraña una alegoría que sigue siempre unos mismos esquemas: los protagonistas de esas historias legendarias y simbólicas son una Virgen y un hijo/a que nace y muere para dar de comer al ser humano. Dar de comer o de beber al hambriento y al sediento, tanto si se trata de un referente evangélico como si no, es una metáfora: son el alimento y la bebida espirituales.

Alilat

   Esa Diosa Madre que ha existido desde siempre y que es común a todas las tradiciones ha sido reconocida con los nombres siguientes: Afrodita, Alilat, Anat, Anahita, Artemisa, Astarté, Asthoret, Baaltis, Belona, Ceres, Cibeles, Damia, Dana, Deméter, Hannahana, Hercina, Inanna, Ishtar, Isis, Krumina, Lusia, Milita, Prithivi, Syra, Tanit, Venus y Virgen María, entre otras.

   Ya desde las primeras mitologías, se creía que la Divina Madre daba la vida de forma hermafrodita, pues era una mujer sin esposo. Daba a luz virginalmente. Originariamente se decía “reproducción afrodita”, sin la necesaria colaboración masculina. Luego pasó a llamarse reproducción “hermafrodita”, “agámica” o “partenogenésica”, es decir, virginal. Se trataba del principio femenino de la generación como fuerza fecundante proveniente del Cielo.

   La idea de que la diosa daba a luz sin el concurso masculino ejemplifica el derecho materno, y fue éste el que dio comienzo al todavía estudiado y discutido matriarcado, que desaparecería siglos después con la aparición del patriarcado. Ella era el Árbol de la Vida cuyos frutos conferían la salud y la inmortalidad, además de la eterna juventud. Ofrecía el conocimiento a cualquiera que comiese de sus frutas o flores, y ello se correspondía en la personificación de la constelación de Virgo/Virgen.

Anat

   Éste fue, en realidad, el comienzo por el cual toda la mitología posterior llegó a manifestarse en cultos de adoración en bosques sagrados y pilares o menhires de piedra, vinculados metafóricamente a dicha constelación. No es de extrañar que las tradiciones cristianas cuenten cómo muchas de las tallas e imágenes que representan a la Virgen fueron encontradas sobre una encina, un almendro, un espino, u otros árboles, o cómo la misma Virgen se aparecía a las gentes encima de un árbol, bajo una peña o también en una cueva. También se afirma cómo posteriormente empezó a manar agua cristalina de dichos lugares, agua con poderes milagrosos que llevaron a la edificación de capillas e iglesias, cuando no de santuarios.

   A pesar de que el cristianismo intentó “enmascarar” dichos lugares con sus explicaciones teológicas, lo cierto es que esos santuarios marianos fueron construidos en las proximidades de enclaves en los que ya se habían desarrollado cultos inmemoriales a diosas paganas, es decir, agrícolas, en los que se les rendía culto para propiciar buenas cosechas y excelentes frutos. Estas mismas advocaciones marianas han venido a sustituir de forma sincrética a las anteriores.

   Vírgenes cristianizadas que llevan en sus brazos a su “fruto”, un niño. Jesús, recién nacido, es el “fruto” de la Virgen, a imitación de esas diosas paganas agrícolas. Tanto aquellas diosas como las vírgenes cristianizadas presiden y cuidan de los frutos de la tierra y, por ello, son invocadas para la obtención de buenas cosechas; tras su recolección, se les rinde culto en señal de agradecimiento.

Anahita

   Son numerosas las vírgenes cristianas que llevan apelativos agrícolas o de la naturaleza. Si buscamos la procedencia de tales apelativos, veremos que están basados en el paganismo. La lista no tiene por qué ser extensiva, y tan sólo algunos ejemplos serán suficientes para poder constatarlo.

   La riqueza mitológica griega presenta a la princesa Elaide, una de las tres hijas de Anio y Doripa, con poderes para profetizar (heredados de su padre), aumentar las cosechas de aceite y favorecer su abundancia. Sería la antecesora de la Virgen del Olivar, del Olivo o de la Oliva.

   Los romanos, cuya religión era de raíces animistas, tenían a Flora, divinidad que estaba a cargo de las flores y, con ellas, de los campos y la agricultura. Protectora a su vez de la mujer y del amor, fue reemplazada por Venus-Afrodita. Es la antecesora de la Virgen Nuestra Señora de las Flores.

   La diosa celta Dru, daba nombre al roble y a la encina y era su protectora. En Anatolia, el Drunemetón era el nombre con el que era conocido el “Sagrado Bosque de Robles” de la diosa Dru, antecesora de la Virgen de la Encina.

   En la antigua Grecia, las Melias eran las ninfas protectoras de los árboles melias/fresnos. La Virgen Nuestra Señora del Fresno.

Astoret

   Otra ninfa, esta vez de los países escandinavos, llamada Katajatar, lo era del enebro, y con ello se convertiría en la Virgen Nuestra Señora de los Enebrales.

   También de Grecia procede la diosa Pitis, que se convirtió en pino, al que da su nombre, y antecesora de Nuestra Señora del Pino.

   La diosa Vimdemiatrix/Ampella es una estrella de la constelación de Virgo. Conocida como la vendimiadora, daba nombre a la “vid”. Precursora de la Virgen de la Viña.

Diam

   Lo arbóreo significó desde un principio uno de los “frutos” principales de la Gran Madre Tierra, Gea. Desde entonces, las divinidades fueron apareciendo con nombre y características específicas que vinieron a engrosar mitos y tradiciones. Conocidas en la Antigüedad como Hamadríadas, esas ninfas que vivían en los árboles compartiendo su destino fueron las que engendraron dichos mitos. Ninfas y diosas vírgenes poblaron las creencias religiosas de las gentes. Así es como en el cristianismo fueron apareciendo numerosas vírgenes patronas y protectoras de pueblos y localidades. Nuestra Señora de la Espina, del Espino, del Rosal, del Olmo, del Laurel, etc. Incluso la famosa mirra de dioses y reyes procede del epónimo de la princesa diosa Mirra, Mirtis, Myrrhis o Myrrha, que dio nombre al árbol, al igual que la diosa griega Leucotea, la “diosa blanca” (de leukós, blanco y tea, diosa), fue transformada en el árbol del incienso.

   Finalmente, esta cosmogonía de la naturaleza y sus respectivas manifestaciones convergen en un punto preciso: semilla, germinación, desarrollo y fruto. Así es como el fruto que lleva en sus entrañas la Virgen cristiana hereda la simbología de la diosa pagana, encerrando con ello un sentido metafórico-imitativo. Esta magia imitativa corresponde a la germinación de las semillas y su abundante recolección. Esta recolección de los frutos y las cosechas era celebrada por las religiones paganas agrícolas el 24 de diciembre y, curiosamente, además de que oficialmente es Navidad (y con ella se celebra el nacimiento del Mesías, mito solar y nacido de una Madre Virgen), esto se retrotrae a una metáfora o alegoría religiosa agrícola. Metáfora que oculta la idea de que Jesús personifica el fruto de la Gran Madre.

Prithivi

Dana

   Lo citado anteriormente no tiene por qué sorprendernos, pues en numerosas ocasiones la espiga del cereal o la uva de la viña, una vez elaboradas, son citadas en los Evangelios bajo la forma del pan y del vino. Si nuestro deseo es todavía profundizar un poco más en el universo del símbolo, y sin dejar las alegorías representadas por el mundo agrícola, veremos cómo ciertas verdades se encuentran más allá de lo expresado literalmente y cómo su comprensión resulta, en ocasiones, aparentemente ilógica. Cristo muere en la cruz para dar de “comer” al ser humano, el auténtico alimento espiritual de su mensaje.

   Hay que basarse en las Escrituras, pues, de hacerlo en la tradición católica, encontraremos muchas similitudes con las tradiciones paganas. Hemos visto cómo las diosas Astarté, Semíramis o Isis tienen en común que son madres de un hijo de forma sobrenatural, permaneciendo vírgenes después de su alumbramiento. Si estas doctrinas influyeron en Grecia y Roma, que adoptaron sus creencias, sobre todo era el culto a Isis el más relevante, que era representada con su hijo Horus en sus brazos. Isis, al igual que la Virgen, tiene una mano en el pecho, gesto que simboliza la fertilidad. Asera, diosa cananea de la fertilidad, aparece representada junto a un árbol, como sucede con las numerosas apariciones de la Virgen. Su culto estaba tan extendido entre los propios judíos que en I Reyes, 14: 15 leemos: “Jehová sacudirá a Israel al modo que la caña se agita en las aguas, y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y los esparcirá más allá del Éufrates, por cuanto han hecho sus imágenes de Asera, enojando a Jehová”.

Asera

   Durante el proceso de cristianización de la sociedad romana, el pueblo no abandona el culto a la “Madre de Dios”, Isis, y, lejos de destruir sus imágenes, lo que hizo fue cambiarle el nombre. Esta idolatría tenía otra coincidencia con la sociedad católica actual, la de vestir ricamente a las imágenes. En Egipto, la diosa estaba recubierta con lujosas vestiduras y ostentosas joyas. Es fácil acercarse a cualquier imagen de la Virgen y comprobar la riqueza de sus vestimentas y cómo está enjoyada. Incluso perduran las llamadas “camareras”, que son las que se ocupan de tales menesteres.

Inanna

 Fue en el Concilio de Éfeso, en el año 431 d.C., cuando se instituyó como dogma de fe el papel de María como “Madre de Dios”. El título que se le otorga es el de theotokós, precisamente el que ostentaban Artemisa e Isis, pero con la diferencia de que ellas eran “la Madre de los dioses”. Pero dicho decreto provocó no pocas tensiones y voces contrarias, como la del condenado Nestorio, patriarca de Constantinopla, que dijo: “Si vosotros llamáis a María Madre de Dios, hacéis de ella una diosa”. A su vez, Clemente de Alejandría, en el 200 d.C. expuso: “Toda imagen o estatua debe llamarse ídolo porque no es otra cosa que materia vil y profana, y por eso Dios, para quitar de raíz la idolatría, ha prohibido en su culto cualquier imagen o semejanza de las cosas que están en el cielo o en la tierra, prohibiendo igualmente su fabricación. Y es por eso que nosotros los cristianos no tenemos ninguna de aquellas representaciones materiales”.

Tanit

   Hay que ser honestos y reconocer que existen académicos, eruditos e investigadores que tienden a exagerar o incluso a inventar semejanzas entre el cristianismo y las llamadas “religiones de misterio”, pero las comparaciones son inevitables y sólo la cronología y la historicidad de los mitos permite inclinar la balanza a favor de unos y en contra de otros, defensores y detractores por igual.”

De El triunfo del paganismo, Xavier Musquera

Continuará…

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~ por juannicho en diciembre 28, 2010.

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