Del dicho al nicho (II)

Publicado en: Fak nº49 (Especial Aguas Mil)

Por: Juan Nicho

En: Abril 2002

   “La vida pasada por agua no es vida. Es más que eso. Deberías saberlo. Cada vez que recuerdo mi paso por el agua, mi paso por la vida a través del agua… no puedo evitarlo, es más fuerte que yo, he de orientarme de nuevo a la tierra y a sus emblemas para centrarme, para no dispersar mis fuerzas y disolverme en la nada. Todo empezó cuando levantaba indiferente un vaso de agua en la desolada cocina de mi casa. Sabía que tenía sed, pero no que mi lengua estuviera convocando el milagro como si de una varita mágica de carne se tratase. Y así fue. En el momento en que inclinaba desmesuradamente el vaso sobre mí, como Madame Bovary cuando juguetea con el escaso anís de su vasito, un nuevo panorama desplegado ante mí me llamó al orden. Era, por cierto, el orden que yo había perdido, el que se nos escapa siempre en la punta de las palabras, en el corsé elefantino de las conversaciones y las soledades. Os hablo de ese orden tremendamente desordenado y danzarín que dibujan las líneas caprichosas, las ondas suaves pero majestuosas, los cristales delicados y prometedores, todo el arsenal inaudito de un pequeño vaso de agua.

   Mirar a través de él, con el cuello alzado, los labios sellados dejando apenas deslizarse dentro de ti un hilillo de burbujeo transparente para mantener el sentido de la pose, mover despaciosamente los dedos que osan interrumpir el juego de la luz al agarrar el vaso, la mirada perdida en los mensajes que esta luz te proporciona de lo que creías el mundo, todo, todo se convierte en un imprescindible ritual. En él, no sabría explicároslo, logro desplazar unos grados la vida. Tan sólo unos grados.  Lo suficiente para notar el cambio, y ese cambio, como el bálsamo para la herida, opera de un modo definiivo. La triste bombilla pendiendo de mi techo ya no domina con su mueca el angosto espacio de mi existencia, sino que esparce su misteriosa luminosidad, cargada de colores y reflejos, sobre un mundo transfigurado. Las grietas de la pared no amenazan, más bien indican un camino precioso a seguir, complejo, desplegado en laberínticas rutas de enredadera, de mandragórica hiedra que canta a mi pena con el calor de lo verde, de todo lo que respira…

   La humedad que mancillaba con sórdidos lamparones mi derredor se convierte en una red insospechada de lagos y zonas umbrías en las que la luz insinúa amistosas presencias; la vajilla dispersa, derrotada en los mármoles quebrados, se alza con una nueva dignidad de estatuas añejas, punteando los lugares mágicos en los que basar mis ritos. Todo es bueno y exultante, todo rezuma esplendor y sosiego a mi alrededor, sobre mí, en los áureos espacios de mi sucia cocina, y todo es así, amigas y amigos, porque todo es falso y porque nació como lo hacen los niños muertos. El agua se acaba, como la del Ebro, como la de nuestra vida minúscula que risible se desinfla, deshidratada y triste, aspirando las mejillas, seca, seca, aterrorizada por el espantoso paisaje que la rodea, soñando con los perdidos cristalitos que la salvaran. Y es que el vaso ya ha sido bebido, el cáliz apurado hasta las heces, la copa vertida, el sueño terminado… Y es entonces cuando, ya sin esperanza alguna, retorna de nuevo la magia del agua, el juego de la luz, la sorpresa del mundo, cuando un nuevo aluvión líquido, esta vez salado, inunda los ojos, calmada, pausadamente, trayendo en las manos de sus gotas un poco de paz, paz, paz, paz, paz…”

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~ por juannicho en diciembre 29, 2010.

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