Dos dardos librescos y un hachazo con sangre de Juan Gracia Armendáriz

 

   “Día cuatro. Llegados a cierto punto, nada resulta más abofeteable que la impostura. Llegados a cierto punto, uno busca que un libro lo deje sin respiración. A Sócrates -que no dejó nada escrito- lo compararon con el pez torpedo; ese pez -¿la lamprea?, ¿la manta raya?, ¿acaso la medusa?- que descarga sobre su presa un trallazo de voltios y lo deja a merced de la marea. Así veo que son los grandes libros: monstruos abisales que se dejan llevar por las corrientes marinas hasta que topan con un bañista, que tras la descarga llegará a la playa, como los ahogados, pero que una vez revivido regresará a casa como si tal cosa. Sólo los más próximos percibirán que, desde el encuentro con el pez eléctrico, su mirada ha cambiado.”

 

Saúl Chernick

 

   “Día dieciséis. Es necesario ser insensato. Los primeros pasos son muy satisfactorios para el escritor intuitivo. El escritor que escribe a golpes de pálpito se lanza sobre el paisaje sin mapa ni brújula, al albur de los cambios de luz, de las sombras, de la brisa que le acaricia la nuca,  que es donde reside el cerebro reptiliano. Es un amor a primera vista. Camina por el bosque de las palabras y luego no sabe cómo salir de ellas porque en su “ceguera intuitiva”, en su borrachera de sintaxis, en su dipsomanía léxica ha olvidado dejar caer unas migas de pan, y cuando cae en la cuenta ya es de noche y la oscuridad ha borrado la senda que lo llevaría de regreso a casa, de modo que sólo tiene una opción: encender la luz de su lámpara frontal, encomendarse a Dios o al diablo, y seguir adelante. Siempre adelante.”

 

Saúl Chernick

 

   “Día veintitrés. Tratamiento en una unidad de diálisis en Madrid Sur. El local huele a humedad. Hay un hombre negro de color ceniza sentado en la penumbra de la antesala, y un hombre sin piernas, y una mujer loca que pide a gritos una cocacola. Un enfermero notoriamente afeminado y musculoso regaña a la mujer. El anciano sin piernas es pequeñito y del color de un huevo de codorniz. Hay en su gesto de niño y en sus quejidos de dolor un resto muy antiguo, que es el barro del que estamos hechos. Lo acomodan sobre un flotador infantil para que no sienta las llagas que le supuran en las nalgas. Una conductora de ambulancia habla con él, lo toma de la mano, y el hombre dice que en la residencia echa de menos a su perrita. Así lo dice, “echo de menos a mi perrita”. Hay situaciones que sólo son soportables en la ficción, pero que vistas en la penumbra de una antesala mal ventilada nos hacen apretar el puño y agitarlo hacia el cielo: el dolor de un anciano con cara de niño, pequeño como un huevo de codorniz, que echa de menos el calor de un perro. Las enfermeras arrojan los deshechos quirúrgicos en cubos de basura verdes colocados a los pies de las camas. Todas están malhumoradas, son vulgares, malencaradas. Me pregunto si han recibido su formación sanitaria en un hospital estalinista. Aquí el paciente es un enemigo al que hay que mantener a raya. Hay una atmósfera sindicalista, reivindicativa, donde el paciente cumple el papel de la patronal y, la enfermera, la del trabajador explotado. Lo mismo daría que trabajaran en una zapatería o en una fábrica de comida para mascotas. La doctora es georgiana y habla español con fuerte acento del Cáucaso. Se esfuerza por hacer bien su trabajo, pero la sonrisa no es un hábito que cultive. La Historia se ha encargado de borrar la sonrisa de algunos países. Me digo que debo aguantar las cuatro horas y luego salir corriendo hacia el metro. Cuarenta y cinco minutos de trayecto de vuelta a casa. Allí me espera Alejandra, me espera Silvina, me esperan los libros. Tomaré un somnífero y espero no soñar con enfermeros depilados y ancianos que flotan como corchos arrojados a la corriente de un río.”

 

Del Diario del hombre pálido, Juan Gracia Armendáriz

Saúl Chernick

 

   [“El barro del que estamos hechos”… la “trampa biológica”… A veces se alegra uno de encontrar las palabras que andaba buscando aunque provengan, fluyan desde otras aguas. A veces uno se alegra de haber vivido en los fondos abisales, de haber sido con frecuencia habitante de las aguas eléctricas, de haber regresado del dolor con las armas bien cargadas, de poder reconocer a los afines con un simple estrechar de letras, de celebrar los hachazos como una anciana sangrienta y loca abonada a su guillotina…]

 

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~ por juannicho en enero 3, 2011.

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