Fin de vuelo

   A la doctora Kübler-Ross por su concepto de la desligazón paulatina en los pacientes moribundos. Y a Raymond Carver. Y a Béla Tarr, por todas sus películas.

 

“Soy obstinado (…) Desaparezco” (Lacan)

 

 

   Situado muy firme sobre un taburete. Gente a mi derecha, hablando. Gente a mi izquierda, hablando, más alto aún y en otro idioma. Yo, en medio, observo con determinación las formas del microondas. Estoy algo apretado, embutido casi, pero tengo libertad absoluta para observar las botellas del mostrador. A un lado, los precios de las cosas; al otro una buena manada de bolsas de patatas… de muchos colores. Los camareros miran la hora, y es que creo que ya es tarde. Apuro mi copa, una pierna sobre la otra, con el cigarrillo aparento normalidad, y pienso en si al salir hará el mismo frío que cuando llegué. Han subido la radio; casi no puedo escuchar a mis vecinos, que hablan en ruso, pero sí a la máquina tragaperras, que desde que he entrado no ha parado de hablar. Tienen la radio y la tele encendidas a la vez. No lo entiendo. Nadie las oye menos yo, que lo oigo todo, porque estoy aquí sentado, en un taburete que no para de girar hacia la izquierda, donde sólo hablan en ruso y beben algo raro. Ya queda poco para acabar.

   Frente a mí, más cerca que el microondas, justo al alcance de mi mano, un feo bote de mostaza: Caster, “Desde 1971 salseando para ti”. Yo nací en el 1970. Toda una vida de mostaza. Si me lo tragara entero, sin respirar… Su símbolo es un castor, no lo entiendo. No me importa, o sí. Bah, cambia la gente. Ahora hay gente a mi derecha, hablando, y gente a mi izquierda, hablando más alto y en ruso. Escucho atentamente. Hoy aprenderé mucho. No tengo sueño. En la tele, María Jiménez lleva una cola de pavo real en la cabeza, no sé a dónde mirar. Me obstino con el microondas. A mi lado hablan ruso y al otro hay un chino todavía en la máquina tragaperras. Han subido la tele, pero nadie la mira. Hay una gente muy extraña. Oigo muchas tonterías, unas las entiendo, otras no, están en ruso. Una chica ríe muy agudo, no sé si sufre. Ahora el chino está en la barra, a mi lado. Parece que ha perdido y está triste. Somos los únicos que no hablan. Han cogido la mostaza, alguien a mi espalda… ¡adiós, castor!

   El microondas, la tele, las bolsas de patatas. Oigo masticar muy cerca de mi oreja, no me gusta. Pero siguen. Mastican algo que seguro contiene la mostaza que cogieron. El camarero tiene paciencia. La plancha llena de carne enrarece el ambiente. Detrás hablan de un McDonalds en Praga, a mi lado el chino está triste y a la izquierda hablan en ruso. Las tortillas de patatas: son grandes neumáticos. Se van poniendo blandas, se hunden. Nunca he visto tortillas más desanimadas. Se ponen tristes, se secan. No lo aguanto más. Cuando llegue a casa tengo que olvidar todo esto.

   Nunca más entraré en un bar, nunca más.

 

 

   Estoy en el metro. Huele mal. No sé si el olor es humano o si es químico. Podría ser lejía o desinfectante. O una mala colonia. O quizás es el olor que despedimos todos juntos. El resultado de nuestra unión. La unión hace la fuerza. Pero huele mal. Ahora me empujan. Sin contemplaciones. Trato de no mirar. No es fácil. Han puesto poesías pegadas a los cristales. Hablan de aire fresco en las calles. Aquí huele mal. Estamos bajo tierra y ya empezamos a apestar. Me pregunto quién leerá esos poemas. Si sonreirán y todo eso. Entra más gente. Nadie habla pero casi se oye lo que piensan. Hay muchos idiomas. A veces parecen salir burbujas de las cabezas. Explotan despacito, juguetonas. Y huelen mal. Aquí todo huele mal. Me gustaría saber por qué. Paramos en Plaza Cataluña. La revolución. Todos arriba y abajo. Tanta gente que sabe adonde va. Y en el andén quedan dos vigilantes con un perro. Un dóberman, creo, los he visto en películas. Con sus chaquetas de cuero y sus perros dan una impresión extraña. Hacen que parezcamos encerrados. Yendo a algún sitio donde nos harán daño. Miro al suelo. Miro al poema. Ya lo he leído. Lo vuelvo a leer. Nunca encuentro un asiento. Creo que tampoco lo busco. Cuando me siento junto a la ventana, luego tropiezo con las piernas de los otros. Al salir. Me tambaleo para no caerme y parezco borracho. Pero no lo estoy. Junto al pasillo es diferente. Me siento más seguro. Pero entonces son ellos los que tropiezan conmigo. Y yo pido perdón, aunque no toca. Siempre pido perdón cuando no toca. Y entonces piensan que no tengo sentido. Huele mal. No me acostumbro. Quiero llegar de una vez. Estoy apoyado en una barra metálica. Delante, una chica joven, mulata, me atraviesa con la mirada. Realmente, mira detrás de mí. Pero a través de mí. Es un poco molesto. Incluso duele un poco. Pero no me atrevo a moverme. Quizás entre algún músico. O algún pobre vendiendo algo. Puede que se pongan en medio y yo pueda respirar. Creo que podría dormirme. La chica se ha ido. No se puede fumar. Ni tampoco gritar. Gritar como un loco que aquí huele mal. Y que me he pasado de parada varias veces. La tortilla. La tortilla de patatas.

   Nunca más me subiré en un metro. Nunca más.

 

 

   El portal de mi casa. La última prueba. Si llego hasta el ascensor… Pero no llego. La portera. Se han juntado varias cosas. Me las explicará todas. Pagar la alfombra. Un escape de agua. Quitar esos papeles de la puerta. La bicicleta. Yo debía saberlo, está prohibido. No tengo bicicleta. Siempre ha estado prohibido. No volver a aparcar la bicicleta. No tengo bicicleta. Además está lo del gato. No tengo gato. Habla así durante un rato. Aburrida, incansable. No sé qué decirle. Ha habido quejas. El ruido, la gente. Vivo solo. La bicicleta, el gato. La portera. Tiene bigote. Nunca me había fijado. Aparece su hijo. Revolotea a mi alrededor con su cara de mosca enferma. Grita, y yo sonrío. Nervioso. Estoy muy cansado. La portera. Ha firmado la carta del juzgado. Quiere saber si hizo bien. Ha habido quejas. La bicicleta, el gato… Hoy he averiguado que mi portera habla en ruso. Nunca más hablaré con mi portera. No, no. Mi casa. Nunca me acostumbraré. Cuando llego me quedo pasmado. No sé dónde ponerme. Como una gran sala de espera. Los trastos. Los cachivaches. Las goteras, el polvo. Y una piel de jaguar inmensa sobre la puerta. Desdentado. Con un balazo entre ceja y ceja. Herencia de mi abuelo. Un pobre jaguar desdentado. De Bolivia a Barcelona, sin etapas. A mi casa. No me acostumbro. Los trastos, la carcoma, el polvo de tantos años. Y tantos libros. El teléfono, dormido. Las cosas todas, dormidas. Me miraré para recordarme. Es un espejo precioso. Un mueble modernista. Con carcoma, pero modernista. En él me reflejo, soy yo, me recuerdo. Reconocible. Me siento para verme mejor. Soy el de siempre. Siempre he sido así. Con estos pelos. Con carcoma. Con un jaguar desdentado, con su balazo en la frente. Con estos pelos. Sin una sonrisa. Con un balazo en la frente. Difuminado en la imagen. O no. Lo que ocurre es que la imagen se mueve, cambia. Pero yo estoy quieto. Como los trastos, los cachivaches. La imagen se hunde, se cae sobre sí misma. Se superpone, se duerme. Parece triste, como la tortilla de patatas, que se vuelve muelle, seca, indiferente. Mi imagen se duerme, mi mirada se cierra. Pero yo la veo. Se ha dormido. Ya está. No quiere saber nada. Mañana quizás. Ahora no. Ahora duerme. Como el jaguar desdentado, como la noche que se lleva los signos, como mis pelos, como mis sueños dentro del espejo.

   Nunca más…

 

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~ por juannicho en enero 11, 2011.

2 comentarios to “Fin de vuelo”

  1. Muy bueno, juan. Triste, pero muy bueno.

  2. thank you….
    my site

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