Del dicho al nicho (III)

Publicado en : Faktoria Magazine [luego Fak] (especial cinquanta)

En: Mayo 2002

Por: Juan Nicho

   Lo descubrí antes de dormir. En la confusión nutricia que precede al sueño. Palpitando, pensando con el bullicio batiente de la sangre. Descubrí amodorrado una extraña realidad, algo que inexplicablemente se nos pasó por alto, se escurrió de los días para esconder su horrible rostro. La cosa, the thing, resulta en verdad tremenda: al parecer, y nosotros lo ignorábamos, podríamos estar todos fundamentalmente muertos. Indicios: tres películas que circulan últimamente por aquí, mostrando sin rubor una desasosegante coincidencia. El sexto sentido, Los otros y El arte de morir nos resucitan una cuestión que desde Calderón y su vida ensoñada habíamos logrado hibernar. Los tres films aparecen en muy poco tiempo y en todos ellos, como quien no quiere la cosa, se nos habla de protagonistas que, muy a pesar suyo, están fundamentalmente muertos. Pero no al final de sus peripecias, en una lógica conclusión de toda vida aventurera, sino que el estado de sus correrías en este nuestro mundo de los vivos es en estado de fiambre! Recorren las diferentes secuencias con nula conciencia de su deceso, haciendo las mismas cosas que los otros, esto es, los vivos… Si no les dicen que están muertos, por medio del apropiado mensaje aguafiestas, aún estarían por ahí, comprando el periódico, rascándose los sobacos o colándose en el metro. Pero a ver quién es el listo que acomete semejantes menudencias sabiéndose finado. Ninguno de ellos es capaz de asimilar su propia muerte y, en un prodigio de evitación de situaciones estresantes, simplemente la obvian, como se nos antoja desear hacer a todo quisque. Y ahí es donde nos damos de morros con la tara de nuestra época: sólo podemos representarnos a la muerte como una sucesión de carnaza, entre tiros y asesinos de juguete, o como una no-existencia, que es el caso que tratamos. De ningún modo un tratamiento real del asunto, o poético siquiera; o nos saturamos con ella o la disimulamos. Pero siempre por los fúnebres cerros de Úbeda. Ya en 1749 nuestro visionario favorito, el teólogo Immanuel Swedenborg nos informaba: “Los ángeles me comunicaron que cuando falleció Melanchton le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra”, por lo que es imposible percibir el cambio ya que “a casi todos los recién venidos a la eternidad les ocurre lo mismo y por eso creen que no han muerto.” En este estado de cosas, la confusión  está servida. Así que las películas han dado en el clavo y no podemos asegurar ni que estemos vivos ni que vaguemos entre despistados moribundos. ¿Querrá decir eso que ya no hay nada que perder y que podemos pasear nuestros despojos con alegría, con mortaja y a lo loco? ¿O que deberemos mostrarnos precavidos ante la posibilidad de ser unos entes indefinidos y provisionales? El bueno de Swedenborg ya nos avisa que según nuestro comportamiento de muertos empezamos a “afantasmarnos” y a echarnos a perder o bien nos hacemos una especie de ángeles y todo eso.

   La conclusión de este repentino despliegue de muertos vivientes es que ya no se puede aguantar el hedor a muerto de este mundo que ya anda despistado y errante por la galaxia, conteniendo tantos cadáveres aburridos que ya no saben si están vivos, muertos, dormidos, colocados, o simplemente atontados y embrutecidos por una vida que no se sabe por donde cogerla.

 

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~ por juannicho en enero 15, 2011.

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