El Egipto febril de Ossama y de Albert Cossery (48# pv 17/2/11)

   “(…) Lo que más regocijaba a Ossama era contemplar el caos. Acodado en la barandilla del camino elevado que rodeaba con sus pilares metálicos la plaza Tahrir, rumiaba ideas audazmente contrarias a los discursos propagados por pensadores acreditados, los cuales certificaban que la perennidad de un país estaba subordinada al orden. El espectáculo que tenía ante los ojos condenaba sin remisión esta estúpida afirmación. Desde hacía cierto tiempo, esa construcción, imaginada por unos ingenieros humanistas para alejar a los desdichados peatones de los peligros de la calle, le servía de observatorio panorámico para reforzar su íntima convicción de que el mundo podía continuar viviendo indefinidamente en el desorden y la anarquía. En efecto, a pesar de la enmarañada confusión que reinaba en la amplia plaza, nada parecía alterar el humor de la población y su vigorosa aptitud para el sarcasmo. Ossama estaba convencido que no había nada más caótico que las guerras; sin embargo, éstas duraban años enteros y ocurría que generales notoriamente ignaros ganaban batallas, ya que, por esencia, la conmoción era un gran productor de milagros. Estaba encantado de vivir en medio de una raza de hombres en la que ninún destino perverso podía empañar su facundia y su alegría. En vez de echar pestes contra los problemas planteados por la monstruosa decadencia de su ciudad, los habitantes se comportaban de manera afable y civilizada, como si no concedieran ninguna importancia a unas incomodidades materiales que sólo podían afligir las almas mezquinas. Esta actitud digna y orgullosa maravillaba a Ossama, pues denotaba la total incapacidad de sus compatriotas para concebir la tragedia.”

De Los colores de la infamia, Albert Cossery

    [Por mi parte, creo que sería difícil encontrar un texto que, como éste, en su brevedad y belleza, resumiera -o, mejor- contuviera gran parte de todo lo que hemos visto que pasaba hace unos días en Egipto con todas esas revueltas populares, esa especie de misteriosa revolución anónima que ha dejado patidifusa a Occidente. En las obras de Cossery, ese tipo que tanto me gusta y que tan marginal lugar ocupa en la literatura de seres surgidos de su país, y concretamente en ese pequeño párrafo extraído de la maravillosa novela editada por la también maravillosa editorial Octaedro, podemos encontrarnos con tantas cosas que saludan a esta realidad aparentemente nueva que nos lega a hacer sonreír. La tenacidad y perseverancia soñolienta de las gentes de esta ciudad (El Cairo), su facilidad para hallar el modo de convivir en el caos, las formas que toma este en sus formas extremas (¡una carga de camellería en la plaza!), su confianza ingenua en los militares ineptos, su alegría impermeable a la agresión… todo está aquí, en este pequeño fragmento de esta novela con cuya lectura saludé al esfuerzo destructor de esta buena gente (recordemos que la pasión destructora en ocasiones adopta un brillante poder creativo, como dijo Bakunin)…

   Es difícil no encariñarse con este Ossama, el encantador protagonista de la obra, ladrón trajeado que surge de los bajos fondos y que cree en la misión social de equilibrio que asume al robar a los que diariamente roban al pueblo de mil y un maneras perversas y desagradables. Todos los otros personajes que aparecen resultan faascinantes: la pequeña prostituta, el maestro de ladrones, el mezquino promotor inmobiliario, el periodista salvaje forzado a la miseria y a tener que vivir en un panteón…

   Os recomiendo ésta y todas las obras de este hombre, de las que hablaré en algún otro momento. Albert Cossery murió hace tan sólo unos meses en París, pero su espíritu vivo ha sido visto en las revueltas de estos días, y más de uno ha oído su risa mientras cabalgaba entre el caos de los revoltosos, siendo confundido con un jinete del apocalipsis… ¡Cómo iba a perderse la fiesta de la revolución!]

 

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~ por juannicho en febrero 18, 2011.

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