Matar en Libia (54# pv 23/2/11)

   Puede que cada persona tenga a su disposición un medio o un lenguaje concreto con el que relacionarse con la vida y poder así llegar a entender mejor las cosas que pasan a su alrededor. Digamos que sería tan sólo un código con el que cada uno puede familiarizarse mejor con las realidades de los días, algo que poder transformar en una mancia cotidiana, en un i-ching particular de los días.

   En mi caso creo que son los libros. Al prestarles yo una especial atención a lo largo y ancho de mis días, los mecanismos internos que facilitan la comprensión y encaje perfecto de lo cotidiano aparentemente absurdo en una relación sincrónica y significativa de eventos y concreciones. Algunos confunden esta disposición a captar los significados ocultos de las cosas con una propensión desmesurada a la locura o la credulidad, a la necesidad de pescar sentidos arbitrarios en las cosas o al autoengaño que alivia el abandono existencial de significados. Es mucho más sencillo que todo eso, es mantener la mente abierta y receptiva al juego alborotado de los sentidos. Pueden ser los colores en las vocales de Rimbaud o el supermar de los sargazos flotante en el espacio de Charles Fort… Lo que aparenta un delirio de la lógica disposición de las realidades, es más bien un ajuste de las manecillas de los relojes internos a los externos, un mantener los ojos abiertos sobre cada cosa un segundo más de lo habitual, es mirar debajo o detrás, por el otro lado o incluso, cuando se llegue a tener verdadera práctica… a través.

   Hace unos días di con una serie de libros en la calle con una conformación alborotada y polvorienta. No parecía un hallazgo atractivo. Sin embargo, entre ellos vi, impoluto y murmurante, un ejemplar de la editorial Salamandra que me hablaba de un próximo sentido o al menos de un lugar ocupado en una cadena de sentidos. Era Solo en el mundo, del autor de origen libio Hisham Matar. Fue el libro que me llevé de ese montón ofrecido  por la nada d elos días, comprobando que el autor nació en mi mismo año y que se desarrollaba en esa ciudad que siempre se me antojó tan sumamente atractiva como enigmática: Trípoli. A su vez el nombre de Gaddafi, un personaje que tantas veces me intrigó -me llamó poderosamente la atención, por decirlo así-, aparecía en la contraportada ofreciéndome una futura pista para cuando quisiera bucear por ese lodazal.

   Una semana después, abrí un periódico por una página en que este autor era entrevistado, como si su libro (del 2007) acabara de ser re-editado en el callejón en que lo encontré, o la entrevista -quiero decir- acompañara propiamente esta aparición fortuita del libro. Me gustó lo que decía este tipo.Pasaron más días.

   Tras enterarme de lo que estaba ocurriendo en Libia, en esta aceleración de los acontecimientos históricos, busqué en mi mente algún autor libio que me ayudara a entender mejor las cosas. Rápidamente recordé esta obra, interrumpí la lectura de los libros islandeses que había empezado para apreciar mejor la personalidad de los autores de esa alucinante revolución silenciosa que tiene lugar desde hace meses en la vieja Europa en medio de un silencio tendencioso y malintencionado de los medios. Ahora era el momento de Hisham Matar, del neoyorquino de nacimiento pero libio de origen, que me explicaría cómo vio durante su infancia (en sus 9 años mientras yo también tenía 9 años) lo que significaba vivir en un lugar tan inquietante y opresivo como era la Libia falsamente revolucionaria de los 70.

   Lo último que he leído de este libro sobre la página 50 -un poco antes- me ha parecido tan bien escrito y tan revelador que os lo voy a contar. El niño narrador habla días después de haber visto cómo los policías secretas de los Comités Revolucionarios se llevaban al padre de su amigo y vecino, un entrañable profesor de historia y, creo, poeta:

   “(…) Después de que se llevaran a Ustaz Rashid, ni mamá iba a casa de la tía Salma ni ella venía a visitarnos. Mamá tampoco quería ver a Karim.

   -No tienes necesidad de ser tan amigo de ese chico -me dijo. Antes no lo llamaba “ese chico”-. Ahora hay que andarse con pies de plomo. -Cuando le pregunté qué quería decir, respondió-: Nada, sólo procura no ir tanto con él, eso es todo. -Yo la miraba fíjamente, tratando de comprender, así que añadió-: Es que no te conviene estar tan cerca de su tristeza. El dolor busca el vacío, no quiere sino escuchar su propio eco. Ten cuidado.

   Las palabras de mamá me impresionaron; sentía la comezón del remordimiento cuando Karim y yo estábamos a solas. Mamá tenía razón: en los ojos de Karim había penetrado cierta tristeza el día que se llevaron a su padre, pero no era melancolía sino la muda tristeza provocada por la traición, la tristeza de verse decepcionado.. Por lo menos, así lo creo ahora. Se volvió taciturno -siempre lo había sido pero no de esa manera- y no quería participar en nuestros juegos. Se quedaba apoyado contra un coche que hubiera por allí, mientras nosotros jugábamos al fútbol, mirándonos de una manera que me hacía sentir muy lejos de él. En esos momentos, deseaba que el Comité Revolucionario volviera y esta vez se llevara a mi padre, para que Karim y yo estuviéramos igual que antes, unidos otra vez por aquel misterioso lazo de sangre que hasta aquel día me había parecido un privilegio.

   Después, cuando estuvimos a solas, le dije:

   -Perdona, Karim, perdona que no nos cogiéramos todos del brazo para cerrarles el paso. Al fin y al cabo, Mulberry es nuestra calle.

   Hizo una mueca y se encogió de hombros. Entonces me sentí como debía de sentirse mamá cuando yo me enfadaba cuando había estado enferma.  Quería sacarlo de su silencio. Lo llevé a la playa. Pero, en lugar de ir a las aguas cristalinas y profundas del mar que rayan en el horizonte, cruzando rápidamente la franja de un negro azulado que siempre nos había dado miedo, porque en el fondo se mueven algas y cosas oscuras, Karim nadaba de mala gana. Cuando dejé atrás el agua oscura, moviéndome como una serpentina con mis largas aletas y braceando con rapidez en el turquesa pálido, y me volví, vi que él se alejaba andando por la playa.”

De Solo en el mundo, Hashim Matar

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~ por juannicho en febrero 24, 2011.

Una respuesta to “Matar en Libia (54# pv 23/2/11)”

  1. este verano encontre esto, lo rescaté y le saquemos unas fotos.

    sí. cualquier cosa que leas dice todo.

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