Hacer castillos de arena en el aire

   “(…) Algún día le contaría la historia del guardián del castillo ilusorio.

   Había un castillo. No, no era exactamente un castillo, podía haber sido cualquier otra cosa: una fábrica, un banco, una casa de juego, eso no importaba. De la misma manera, el guardián podía haber sido un cuidador o un guardaespaldas. Bien, lo cierto es que ese guardián jamás descuidó la vigilancia, siempre estaba listo para el ataque enemigo.  Un día el esperado enemigo llegó. Ése era el momento, e hizo sonar la alarma. Sin embargo, extrañamente, ninguno de la tropa acudió; de más está decir que el guardia resultó derrotado fácilmente en el primer embate. A través de su conciencia que se apagaba, el guardia vio al enemigo pasar como el viento a través de los portales, las paredes, los edificios, sin que nadie lo detuviera. No, no el enemigo, sino el castillo todo era de viento. El guardia, él solo, como un árbol seco en medio del campo abierto y desolado, había estado cuidando una ilusión.

   Se sentó sobre la pala a encender un cigarrillo; lo consiguió con el tercer fósforo. Su fatiga, como tinta china vertida en el agua, se derramó en círculo, se convirtió en una medusa, en una bolsa de brocado con incienso, en el diagrama de un núcleo atómico. Un pájaro nocturno parecía haber encontrado un ratón: llamaba a sus compañeros con un grito curioso. Un perro inquieto ladraba lúgubremente, como si estuviera vomitando. Arriba, en el cielo oscuro, se oía correr un viento continuo y discordante. En la tierra, el viento era una navaja cortando constantemente delgadas capas de arena. Se enjugó el sudor, se sonó la nariz con los dedos y se sacudió la arena de la cabeza; a sus pies, las ondas de arena se le aparecían como inmóviles crestas de olas marinas.

   Si fueran ondas de sonido, ¿qué clase de música producirían? Tal vez hasta un ser humano podría entonarla, si se le introdujeran tenacillas de hierro en las narices, y con su propia sangre viscosa se le taparan los oídos; si se le rompieran los dientes, uno por uno, a golpes de martillo, introduciendo las astillas en su vejiga, y si cortaran una vulva y se la cosieran en sus párpados… Todo esto parece cruel, y sin embargo había una pequeña diferencia… De repente, sintió como si sus ojos se elevaran tan alto como un pájaro y observaran fijamente a la pareja. Ciertamente debía ser el más extraño de los seres, él, que estaba en un lugar semejante pensando en esas cosas extrañas.”

De La mujer de la arena, Kôbô Abe

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~ por juannicho en marzo 23, 2011.

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