Las trampas de la araña

   “Puesto que no tenía nada que hacer, encendió la lámpara; fumaba distraídamente un cigarrillo cuando una araña gorda, pero ágil, empezó a dar vueltas alrededor de la lámpara.  Si se tratara de una polilla se comprendería que fuera atraída por la luz, pero resultaba extraño en una araña. Estaba a punto de quemarla con un cigarrillo, pero se detuvo: el insecto seguía girando con gran precisión en un radio de quince a veinte centímetros, como la manecilla de un reloj. Pudiera no ser simplemente una araña fototrópica. La estaba observando, a la expectativa, cuando llegó revoloteando la polilla de alas gris oscuro, con antenas blanco y negro. Varias veces, al chocar contra el tubo de la lámpara, proyectó en el techo su enorme sombra; luego se encaramó al asa de metal y se quedó allí, inmóvil. A pesar de su aspecto corriente, era una polilla extraña. Al aplicarle el cigarrillo en el pecho, sus centros nerviosos quedaron destruidos; con un golpecito envió al insecto, que se retorcía, hacia la araña. Enseguida comenzó el drama que esperaba. La araña saltó al instante adhiriéndose a la víctima, todavía con vida. Luego, arastrando consigo a su presa, ya inmóvil, empezó de nuevo a dar vueltas. Parecía relamerse por anticipado ante la idea de succionar a su víctima.

   No sabía que hubiera arañas así. Era muy ingenioso usar la lámpara en lugar de una telaraña. En la telaraña sólo cabía una espera pasiva, mientras que usando la lámpara se podía atraer a la presa. Sin embargo, el requisito previo para hacer eficaz el método era procurarse la luz adecuada. Lástima que fuera imposible conseguir esa clase de luz en la naturaleza. No podía comenzar a dar vueltas a la luz de la luna, ni buscar un incendio forestal. ¿Sería entonces ésta una nueva especie de araña, que había desarrollado  su instinto evolucionando después del hombre? No estaba mal como hipótesis… Pero, en ese caso, ¿cómo se explicaba la atracción de la luz sobre la polilla? Si no fuera por esa araña, difícilmente se podría pensar que la luz de una lámpara fuera útil para la continuidad de la especie. Y, sin embargo, se trataba de lo mismo, ya que la atracción ejercida por la lámpara, tanto en la araña como en la polilla, había sido posterior a la aparición de la luz fabricada por el hombre. El hecho de que todas las polillas no salieran volando hacia la luna era una prueba irrefutable de ello. Se comprendía si fuera un hábito de una sola especie. Pero siendo común a las polillas de unas diez mil variedades, sólo se podía deducir que era una ley inmutable. Ese ciego y loco batir de alas que suscitaba la luz creada por el hombre… esa conexión secreta e irracional entre luces, polillas y arañas… Si una ley semejante aparecía así, alocadamente, ¿en qué diablos se podía creer?”

De La mujer de la arena, Kôbô Abe

 

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~ por juannicho en marzo 25, 2011.

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