Dos poemas del primer libro de un Thomas Bernhard con 26 años

 

           EN UNA ALFOMBRA DE AGUA

 

En una alfombra de agua

bordo mis días

mis dioses y mis enfermedades.

 

En una alfombra de verde

bordo mi sufrimiento rojo,

mis mañanas azules

mis aldeas y panes de miel amarillos.

 

En una alfombra de tierra

bordo mi transitoriedad.

Bordo en ella mi noche

y mi hambre,

mi luto

y el barco de guerra de mis desesperaciones,

que se desliza por mil aguas,

hacia las aguas de la inquietud,

hacia las aguas de la inmortalidad.

 

George Frederick Watts, "Can these bones live?"

 

           LOS QUE HOY ESTÁN MUERTOS

 

Los que hoy están muertos vienen a banquetes

te harían echar espuma del paladar y te parecería despreciable

 

la tierra que no te deja sentir el vino

y el verano y la dulce carne,

ni los maravillosos sótanos de los podridos

que dan sombra enteros a sus tumbas,

como si no aullaran junto al bosque los perros guardianes.

 

Surgidos de refugios podridos, como de los infiernos

de los padres, enterrados e inertes por la tristeza,

gritan en la noche los miembros muertos

de los hombres, aunque sus cuerpos

se pudrieron hace tiempo de la felicidad de morir y

sin brillo, porque fueron cubiertos

por sus tratantes y apenas se llenaron de  mar y de infamias.

 

Cómo cayeron las piedras sobre sus brazos,

que vivían por el júbilo y la alegría y querían

jarras llenas en los banquetes de los difuntos… Música de los esqueletos radiantes

y hambre de lo efímero los empujó por los oscuros pasillos como un ejército

de veranos desmoronados y en los valles se oían ruidos

de guerreros mudos, muertos por una piedra, un pene o una puta.

 

Los pasillos son tan profundos que no puedes atravesarlos

ni destruirlos con las carcajadas

de los príncipes y parturientas de la tierra,

y sus muslos resuenan como música en los establos miserables,

que llevan al encuentro de tu tormento la cólera sorda de los animales.

Tracición, traición, o transitoriedad amarga

de la primavera tras los cascos grises y gastados

y ningún retoño de las tinieblas te lleva sobre las montañas.

 

Los he visto en invierno, y todavía hoy los veo,

llevando en sus pies impregnados de melancolía y negras preocupaciones,

bajar a las ciudades, los lugares desgarrados sobre los que

pasa un viento de verano con su pureza, hacia valles enfermos, que extienden

al cielo su césped húmedo, hacia el mundo, hacia puertos, tinieblas, campos cuyas semillas

apestan por los cielos vomitados del hombre; instantes

como musgo que, bajo la luna, vuelve al olvido, a la jornada de algún albañil o alfarero.

 

De islas no hablaba nadie en la noche y nadie pagaba

cuando los posaderos imponían su tocino, las poesías

de la restauración, acumuladas sobre el río y oliendo

por la mucha miel y la mucha hambre de la tierra soñada, en un mundo que

sólo se asemejaba al tuyo en las entrañas; no hablaban

de cientos de casas, tumbas, colinas, puentes que eran

tu tristeza, ni de la belleza… pero todos se jactaban,

y sus sienes se hundían sin cesar y sin paz

en el olvido, en excrementos, y un agua, negra, que a nadie gustaba.

 

En Así en la tierra como en el infierno (1957), Thomas Bernhard

 

   (Editado junto a sus también poemarios Los locos Los reclusos y Ave Virgilio, por Ediciones La uÑa RoTa, Segovia, 2010, en traducción, claro, de Miguel Sáenz.)

 

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~ por juannicho en abril 16, 2011.

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