El esqueleto mortal y rosa de Francisco Umbral

   “(…) La calavera. ¿Pero y el esqueleto, el resto del hueso, ese personaje de cal y fósforo que me habita, ese individuo duro y feo en que consisto? El hueso, adonde el amor no llega, dijo el poeta. Al hueso no llega nada. Ni el amor, ni la belleza, ni el pensamiento ni la emoción. Al hueso sólo llegan los golpes. Medulas que han gloriosamente ardido. Por dentro del hueso, la médula o medula, que es como el alma del hueso, el cable eléctrico que va forrado de cal. Somos una obra de albañilería, una chapuza cósmica, y parece que diversos gremios han trabajado en nosotros. Estamos alicatados y barnizados como una imagen antigua o un piso moderno. En cuanto me observo un poco -hay que partir del cuerpo, más que del alma, para reflexionar, aconsejaba Nietzsche-, caigo en la cuenta de que unos albañiles, fresadores, mecánicos, pintores, electricistas y carpinteros han trabajado en mí.

 

   Todavía puedo seguir el rastro de esa tropa laboral y alegre que me hizo. Peritos electricistas de mono azul terminaron todos los empalmes de mi cerebro. Ebanistas de fina gubia modelaron mis pies. Leñadores expertos me hicieron las uñas y escayolistas delicados me compusieron el esqueleto. Somos una albañilería inspirada.

   Una albañilería divina, diría el místico o el lírico. Pero eso ya es pasarse. No se trata de vestir a Dios de albañil, sino de comprender que los más viejos, nobles y humildes oficios tienen su modelo y origen en la naturaleza misma, y que el hombre, si no es la medida de todas las cosas, es al menos una maqueta bien intencionada del Universo. 

Peter Calleson

   Hablemos del esqueleto, de mi esqueleto, que es el que mejor conozco, y aún así no lo conozco nada, pues el esqueleto es el gran desconocido. “El muerto que seré se asombra de estar vivo”, escribió un poeta francés. “Qué vocación de muerto en mi esqueleto”, entrevé un poeta español. Si los filósofos nos han hablado siempre del alma, los poetas han preferido hablar del cuerpo, y por eso han acertado más.

   El alma es la paloma loca que vuela por los ramajes del esqueleto, que va de un palo a otro, perseguida por los metafísicos bujarrones. Más amo a un árbol que a un hombre, escribió Beethoven. (Yo, que no entiendo de música, esta frase es lo único que entiendo de Beethoven.) Más amo a un cuerpo que a un alma. El alma es una diadema que nunca vemos (quizá porque la llevamos en la frente) y el cuerpo es uno mismo, en cambio. Pero parejo al cuerpo hay otro señor, el esqueleto, que vive su vida y no está muerto, ni mucho menos. Sé lo que le gusta a mi cuerpo, pero no sé lo que le gusta a mi esqueleto, y querría saberlo para darle gusto de vez en cuando.

   ¿Es deportista, es intelectual, quiere esqueletos de mujer adolescente, le gusta leer o jugar a la gallina ciega? Del cuerpo sabemos poco, pero del esqueleto, como individuo, no sabemos nada. Desde que se hacen radiografías, el esqueleto ha aprendido a posar y uno sale de la clínica con la tranquilidad de saber que tiene un esqueleto, un armazón, algo sólido por dentro, pues siempre nos habíamos sospechado desmedulados y desvertebrados. El cuerpo despierta al beso y la caricia. El esqueleto sólo despierta al golpe, lo que nos hace sospechar si nuestro cuerpo es hedonista, epicureísta, un poco panteísta (un pagano mutilado, diría Cioran), comprensivo, tolerante, pacifista y terrenal, nuestro esqueleto seguramente es un tío asceta y antipático, un ermitaño, un solitario, un contemplativo, un místico sin tentaciones, que se pasa el día rezando entre dientes (para eso tiene dientes) lo que nosotros no rezamos.

   Al momento de darte un golpe comprendes que llevas por dentro una dureza inhumana, y lo que más desconcierta de los golpes no es la confusión, sino la conciencia repentina de ser uno tan duro, tan inflexible, tan terco fisiológicamente. No somos una unidad, ni siquiera una unidad política, los hombres, porque la carne tolerante lleva por dentro un esqueleto intransigente, un tío integrista que está siempre firme.

   Lo que caracteriza al esqueleto, en un primer esbozo de psicología esquelética, es el no dar su brazo de hueso a torcer, la intransigencia, la intolerancia. Se dobla por aquí o por allá, mediante un mecanismo de locomotora, pero no le pida usted que se doble por otro sitio, porque se rompe.

   El esqueleto es algún antepasado nuestro que llevamos dentro, y cuando vemos una radiografía de nuestro esqueleto, pensamos en cómo se parece al abuelo, pues del abuelo sólo recordamos el día que le cambiaron de sepultura y hubo de trasladar sus restos, pura huesa. Llevamos dentro al antepasado, no sólo en el alma, como han visto ya los pensadores, sino también en el cuerpo, físicamente. Y el antepasado se aburre, y él es quien se avergüenza de nuestras fornicaciones, y no toma alcohol ni lee el periódico. Quisiera ir a la guerra, en todo caso, pues para eso es tan duro, tan firme. El esqueleto es un poco militar, siempre, y lo hemos convertido en un militar retirado que toma café, se retrepa en los divanes, lee libros y pierde el tiempo con mujeres. Sólo los contorsionistas han conseguido una cultura de su esqueleto, pero es, evidentemente, una cultura circense y elemental.

   Dice Pitigrilli que la elegancia es una cuestión de esqueleto. Cierto. La función más noble del esqueleto es la de percha. Sólo así se redime un poco. Se vaporará mi carne y quedará el esqueleto, el antepasado, ése que ya no soy yo. La carne es actualidad y el hueso es eternidad. ¿Qué es la eternidad? Cal y fosfato. Luego los huesos también se deshacen o se pierden. El antepasado, que era muy ordenado, no puede soportar que se le pierda un hueso. Pero yo -¿quién?- me alegro.”

De Mortal y rosa  (1974), Francisco Umbral

 

~ por juannicho en mayo 6, 2011.

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