“Muerte sin fin”, de José Gorostiza (II)

 

¡Mas qué vaso -también- más providente!

Tal vez esta oquedad que nos estrecha

en islas de monólogos sin eco,

aunque se llama Dios,

no sea sino un vaso

que nos amolda el alma perdidiza,

pero que acaso el alma sólo advierte

en una transparencia acumulada

que tiñe la noción de Él, de azul.

El mismo Dios,

en sus presencias tímidas,

ha de gastar la tez azul

y una clara inocencia imponderable,

oculta al ojo, pero fresca al tacto,

como este mar fantasma en que respiran

-peces del aire altísimo-

los hombres.

¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!

Un coagulado azul de lontananza,

un circundante amor de la criatura,

en donde el ojo de agua de su cuerpo

que mana en lentas ondas de estatura

entre fiebres y llagas;

en donde el río hostil de su conciencia

¡agua fofa, mordiente, que se tira,

ay, incapaz de cohesión al suelo!

en donde el brusco andar de la criatura

amortigua su enojo,

se redondea

como una cifra generosa,

se pone en pie, veraz, como una estatua.

¿Qué puede ser -si no- si un vaso no?

Un minuto quizá que se enardece

hasta la incandescencia,

que alarga el arrebato de su brasa,

ay, tanto más hacia lo eterno mínimo

cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.

Un cóncavo minuto del espíritu

que una noche impensada,

al azar

y en cualquier escenario irrelevante

-en el terco repaso de la acera,

en el bar, entre dos amargas copas

o en las cumbres peladas del insomnio

ocurre, nada más, madura, cae

sencillamente,

como la edad, el fruto y la catástrofe.

¿También -mejor que un lecho- para el agua

no es un vaso el minuto incandescente

de su maduración?

Es el tiempo de Dios que aflora un día,

que cae, nada más, madura, ocurre,

para tornar mañana por sorpresa

en un estéril repetirse inédito,

como el de esas eléctricas palabras

-nunca aprehendidas,

siempre nuestras-

que eluden el amor de la memoria,

pero que a cada instante nos sonríen

desde sus claros huecos

en nuestras propias frases despobladas.

Es un vaso de tiempo que nos iza

en sus azules botareles de aire

y nos pone su máscara grandiosa,

ay, tan perfecta,

que no difiere un rasgo de nosotros.

Pero en las zonas ínfimas del ojo,

en su nimio saber,

no ocurre nada, no, sólo esta luz,

esta febril diafanidad tirante,

hecha toda de pura exaltación,

que a través de su nítida substancia

nos permite mirar,

sin verlo a Él, a Dios,

lo que detrás de Él anda escondido:

el tintero, la silla, el calendario

-¡todo a voces azules el secreto

de su infantil mecánica!-

en el instante mismo que se empeñan

en el tortuoso afán del universo.

 

Alfred Kubin

~ por juannicho en mayo 6, 2011.

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