Realidades molestas (II): Cuando un pensador tenido por ilustrado resulta ser un oscuro e insufrible personaje

   [Menos mal que existen autores como Paul Johnson que, más allá del chisme, nos presentan a determinados personajes de la Historia sumidos en un esclarecedor baño de realidad, es decir, contrastando la enjundia de su doctrina con los hechos incontestables de sus vidas. Da mucha rabia ver la absoluta falta de coherencia, la hipocresía, la deshonestidad y la pura y dura repulsividad que han dominado la vida de seres que han pasado a la historia como nobles héroes del progreso y la humanidad. El primero que sube a la palestra es este pro-hombre de la defensa de la educación, de las luces del conocimiento y del avance del progreso… Escuchemos tan sólo unos trocitos del capítulo que le dedica Johnson en su Intelectuales (1988) al detestable Jean-Jacques Rousseau.]

 

 

 

   “(…) Dado que buena parte de la reputación de Rousseau se sostiene en las teorías de la educación de los niños -la mejora de la educación (…) – resulta sorprendente que, en la vida real en oposición a la literaria, tuviera tan poco interés por los niños. No existe evidencia de que estudiara la infancia para verificar sus teorías. Pese afirmar que nadie disfrutaba más que él jugando con los niños, una de las anécdotas que se han conservado no resulta muy alentadora. El pintor Delacroix descibe en su Diario (31 de mayo de 1824) que un hombre le dijo haber visto a Rousseau en los jardines de las Tullerías: “La pelota de un niño golpeó al filósofo en una pierna. Se puso hecho una furia y persiguió al crío con un bastón.” Por lo que sabemos de su carácter, es improbable que Rousseau hubiera sido un buen padre. Aún así, resulta escalofriante descubrir lo que les hizo a sus propios hijos.

   El primero nació de Thérèse el invierno de 1746-47. No conocemos su sexo, ni siquiera le pusieron un  nombre. Con (según Rousseau) “toda la dificultad del mundo”, persuadió a Thérèse de que debían abandonar al niño “para salvaguardar su honor”. Ella “obedeció con un suspiro”. Ocultó una carta cifrada entre las ropas del bebé y le dijo a la partera que dejara el bulto en el Hôpital del enfants trouvés.  Los otros cuatro hijos que tuvo con Thérèse corrieron la misma suerte, salvo que en estos casos no se molestó en incluir carta alguna. A ninguno de ellos les puso nombre. Es improbable que alguno de ellos sobreviviera mucho tiempo. Una historia de la mencionada institución aparecida en 1746 en el Mercure de France señalaba que se veía superada por los niños abandonados, más de 3.000 al año. En 1758, el propio Rousseau escribía que el total había ascendido a 5.082. En 1772, ya eran 8.000. Las dos terceras partes morían durante el primer año de vida. Una media de catorce de cada cien llegaba a los siete, y de estos sólo cinco alcanzaba la edad adulta, la mayoría convirtiéndose en mendigos y vagabundos. Rousseau ni siquiera anotó las fechas de los nacimientos de sus hijos y jamás mostró interés alguno en lo que fue de sus vidas (…).

   (…) Tras la autocompasión se ocultaba un egoísmo abrumador, el sentimiento de ser distinto al resto de los hombres, tanto por sus sufrimientos como por sus cuallidades: “¿Qué tienen en común tus desgracias con las mías? Mi situación es única, desconocida desde el principio de los tiempos…” O: “Aún no ha nacido la persona que pueda amarme como yo amo.” “Nadie ha tenido jamás más talento para el amor.” “Nací para ser el mejor amigo que ha existido”. “Dejaré esta vida con aprensión si descubro a un hombre mejor que yo.” “Muéstrame a un hombre mejor que yo, un corazón más amante, más tierno, más sensible…” “La posteridad me honrará… porque lo he merecido.” “Me regocijo en mí mismo.” “…mi consolación yace en mi autoestima.” “Si existiera un solo gobierno ilustrado en Europa, habría erigido estatuas en mi honor.” No es de extrañar que Burke declarara: “Su vicio de la vanidad era tan mayúsculo que sólo su locura podía hacerle sombra.”

   (…) El Estado de Rousseau no es únicamente autoritario: también es totalitario, ya que ordena todos los aspectos de la actividad humana, incluido el pensamiento. Bajo el contrato social, el individuo es obligado a “alienarse a sí mismo, con todos sus derechos, por el bien de la comunidad” (es decir, el Estado). (…) Es necesario tratar a los ciudadanos como niños, y controlar su educación y pensamientos, plantar “la ley social en el fondo de sus corazones”. (…)

  Este procedimiento exigía una sumisión absoluta. En el juramento del contrato social original para su proyecto de Constitución de Córcega figura lo siguiente: “Me uno, en cuerpo, bienes, voluntad y poderes a la nación corsa, otorgándole mi propiedad, la de mí mismo y la de los que dependen de mí.” El Estado, por tanto, “posee a los hombres y todos sus bienes”, y controla todos los aspectos de su vida económica y social, que habría de ser espartana, sin lujos y antiurbana; se prohibía a la gente entrar en las ciudades sin permiso expreso a tal efecto. En varios aspectos, el Estado que Rousseau ideó para Córcega se adelantó al régimen que Pol Pot intenta en la actualidad crear en Camboya, y esto no resulta del todo sorprendente sabiendo que los líderes del régimen, educados todos ellos en París, se han empapado de las ideas de Rousseau. Por supuesto, Rousseau creía sinceramente que un Estado de este tipo sería aceptado porque la gente habría sido educada en ese sentido. Nunca utilizó la expresión “lavado de cerebro”, pero escribió: “Tal control se ejerce al tratar a los ciudadanos, desde la infancia, como niños del Estado, educados para interpretarse a sí mismos únicamente desde la relación que los une al Cuerpo del Estado. […] No serán nada fuera de él, y él no será nada sin ellos. Tendrá todo lo que tienen y no será más que lo que son.” Nuevamente esto anticipa la doctrina central del fascismo de Mussolini: “Todo dentro del Estado, nada fuera de él, nada contra él.” Así las cosas, el proceso educativo era la clave del éxito de la ingeniería cultural necesaria para hacer del Estado algo aceptable y duradero; el eje de las ideas de Rousseau pivotaba sobre el concepto del ciudadano como niño y del Estado como padre, e insistió en que el Gobierno debía hacerse cargo de la educación de todos los niños. (…)

   (…) El proceso político y el nuevo tipo de Estado que nace del mismo se convierten en los remedios universales para los pecados de la humanidad. La política puede con todo. Rousseau, por tanto, puso la primera piedra de los principales engaños y disparates del siglo XX.

   La reputación de Rousseau durante su vida, y la influencia posterior a su muerte, suscita preguntas incómodas sobre la credulidad humana, y ciertamente también sobre la propensión del ser humano a rechazar las evidencias que no desea admitir. La aceptación de lo que Rousseau escribió depende en gran medida de su sonora afirmación de ser, no únicamente virtuoso, sino el hombre más virtuoso de su tiempo. ¿Por qué motivo esta afirmación no se desmorona por el ridículo y la ignominia en el momento en que sus vicios y debilidades se hacen públicos y se convierten en un debate a escala internacional? Después de todo, sus oponentes no eran extraños o rivales políticos, sino antiguos amigos y asociados que habían dejado de apoyarle. Sus acusaciones eran justas y las críticas colectivas, devastadoras. Hume, quien una vez lo creyó “gentil, modesto, cariñoso, desinteresado y exquisitamente sensible”, decidió, tras una experiencia más profunda, que era “un monstruo que se veía a sí mismo como el único ser importante del universo.” Diderot, tras una larga amistad, lo definió de “engañoso, vanidoso como Satanás, desagradecido, cruel, hipócrita y lleno de malicia.” Para Grimm, era una persona “odiosa, monstruosa”. Para Voltaire, “un mostruo de vanidad y vileza.” Las más tristes son las opiniones de las mujeres de buen corazón que le ayudaron, como Madame d’Epinay, y su inocente marido, cuyas últimas palabras a Rousseau fueron: “Lo único que siento por ti ya es lástima”. Estas opiniones no se basaban en sus palabras sino en sus acciones, y desde entonces, durante los últimos doscientos años, la gran cantidad de material encontrado por los académicos no ha hecho más que reforzar dicha opinión. Un académico moderno enumera los defectos de Rousseau del siguiente modo: “masoquista, exhibicionista, neurasténico, hipocondríaco, onanista, homosexual latente aquejado del típico impulso a los cambios continuos, incapaz de un afecto normal o paterno, paranoico incipiente, introvertido narcisista y asocial debido a sus enfermedades, abrumado por sentimientos de culpa, tímido patológico, cleptómano, infantil, irritable y mezquino.”

   Tales acusaciones y la extensa exposición de las evidencias que las respaldan, tuvieron poca repercusión en la opinión que las obras de Rousseau tuvieron, y tienen, entre aquellos que creen que dispone de un atractivo intelectual y emocional. Durante su vida, por muchas amistades que destruyera, no tuvo nunca dificultades a la hora de sustituirlas por otras, y de encontrar nuevos admiradores, discípulos y nobles que le proporcionaran casas, cenas y el incienso que deseaba. (…)

   (…) Todo es bastante desconcertante y demuestra que los intelectuales son tan irracionales, ilógicos y supersticiosos como cualquier otra persona. La verdad parece indicar que Rousseau fue un escritor genial pero profundamente desequilibrado, tanto en su vida como en sus puntos de vista. Quien mejor lo ha definido es la mujer que, según él mismo, fue su único amor, Sophie d’Houdetot. Vivió hasta el año 1813 y, a una edad muy avanzada, nos entregó su veredicto: “Era tan feo que me asustaba y su amor no lo hacía más atractivo. Era una figura patética que traté con cariño y afecto. Fue un loco interesante.””

De Intelectuales, Paul Johnson

 

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~ por juannicho en mayo 7, 2011.

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