Vieja invocación a Ix Tab, diosa del sucidio

Por: JUAN NICHO

Publicado en: VACÍO nº 5 y SUICIDIO AUTÓNOMO nº 1 (reimpresión)

En: 1996 y 2004 (reimpresión)

 

Para Ruth y Patri, para que las proteja y acoja en su seno

 

   “Yo amo a aquellos que no saben vivir más que para desaparecer, porque esos son los que pasan al otro lado.” (Friedrich Nietzsche)

 

   Esta vez se tratará de una invocación, de un grito que supera con creces la forma del deseo, de una asamblea de uno en el cráter de una bomba; hoy la sombra se agarrará con fuerza al cuerpo, esta vez he de teñir mis labios con el verde nombre del suicidio.

   La última vez que pensé en él, -y pensar en el suicidio no es otra cosa que disponerse a él, con todas las armas y bagajes, abiertamente, deslumbrado-, me di cuenta de que alguien, o más bien una voz flotante, me susurraba al oído las mismas insistentes y obsesivas palabras. Y escucharla entonces fue comprender que esa era la misma voz que me acompañó en otras ocasiones y a la que, inexplicablemente, nunca había prestado la más mínima atención. Voz sin labios, queda pero resuelta, instalando en mis oídos toda la amargura de un demonio adormecido, el ruido sabio de una diosa oscura. Eso es. Y decidí por una vez escucharla, dejarla proyectar su extraña luz sobre aquellas porciones más derruidas de mi alma, sobre el esqueleto sombrío de una duda eternizada.

   Así lo hice y esto es lo que oí y esto lo que supe.

   Supe que era esta voz, precisamente esta voz, la que había conseguido, con el solo anuncio de su presencia, prolongar el tiempo necesario unas existencias que parecían revelarse como precarias, absurdas, levemente insostenibles. Y es en el confuso y sorprendente concurso del suicidio con el que unas vidas que parecían equívocamente terminadas logran trazarse una prórroga razonable. Y de alguna manera responder a Miguel Hernández: “No sé por qué, no sé por qué ni cómo, me perdono la vida cada día.” (Hay en todo esto una gran dosis de ironía revolucionaria: el suicidio, como cierta revolución, incita abiertamente al combate.)

   Supe también, -como supe que eras tú, diosa del suicidio, la que me estaba hablando-, supe que en tu nombre se cometían a diario verdaderos asesinatos. Que muchos caían creyendo abrazar la ardiente piel de tu abismo mientras, casi sin poder saberlo, eran arrastrados a la muerte por una mediocre orquesta de asesinos. Demasiados suicidados por la sociedad, por la familia, por la estupidez que guía a la mafia de la vida cotidiana.

   Era de todos modos el sonido de tu voz un recuerdo constante y eléctrico, una campana de tañir dormido, siempre a punto de repicar, la última verdad opuesta a la enésima mentira. (Hay en todo esto una cierta dosis de amor encubierto: el suicidio, como el amor, conforma el cuerpo de la tragedia y da vida, en su aparición, a una lustrosa piel de imposible.)

   Y yo sabía que nunca habría de olvidar tu nombre maya y loco aunque al pronunciarlo deba uno adentrarse en lo negro, más allá del resplandor de las tumbas.

   Porque me hiciste comprender que nada puede arrebatar el suicidio de las manos de un hombre o una mujer que así lo hayan decidido y que en él hallen la respuesta, como enseñaste a Jacques Rigaut, ese hombre que “intentaba no morir” que “hay una sangre que circula y que pide una justificación a su interminable circuito”, y que por eso tú debes existir y nosotros creer en ti, creer en nuestras afiladas manos en la garganta, dando cuenta de esa nada que sólo a nosotros pertenece. Ese vacío que se arrebatará en nuestras venas y que posee más energía vital que la más desbocada ilusión por la vida: y todo por el único motivo de ser celebrado en nuestra mente como un salto descomunal hacia nosotros mismos, como un abrasador renacimiento (“Todo aquel que desee nacer de nuevo, debe estar preparado para morir”, Hermann Hesse) o, y aquí tu rostro se ensombrece y acerca, como el definitivo, dulce, violento, desesperado, siempre trágico, adiós a los seres humanos y a las cosas, el ingreso fulgurante y autoescogido en el “torbellino silencioso”, el beso a tu piel de piedra caliente, Ix Tab. ¡Ix Tab, da a cada uno su muerte propia!

   Por todo ello, que desaparezcan los suicidios/accidentes, los suicidios/asesinato, los suicidios por decreto… y que permanezca el sonido de tu voz, de esa voz de cadáver amoroso que me ha sido dado escuchar, esa voz de niña que murmura despacio a quien la quiera oír, que el mayor éxtasis de esa muerte propia es haber alcanzado antes una vida propia, una vida en nuestras manos, consciente y caóticamente libre, dispuesta así en todo momento a abrazar el fin del mundo.

   Así que, a partir de ahora y por siempre, Ix Tab, impregno tu culto en mi piel, lanzándome como un emboscado de la buena muerte, a la vorágine desatada de los días.

 

   “Mientras no haya superado el gusto al placer, seré sensible al vértigo del suicidio.” (Jacques Rigaut)

 

 

 

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~ por juannicho en mayo 26, 2011.

2 comentarios to “Vieja invocación a Ix Tab, diosa del sucidio”

  1. Hermosa mi hermano

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