Dos comentarios librescos sobre las apropiaciones cristianas del mundo pagano

 

   “Cada domingo, los creyentes se reúnen en un templo. Un hombre que se distingue de los demás por sus vestimentas, es identificado como sacerdote. Frente a todos, empieza a elevar sus oraciones a Dios, y repite las historias del Dios vivo que todo el mundo conoce. Todos los presentes hacen lo mismo. El sacerdote les bendice y les da obleas consagradas y la catarsis se produce.

   Cada siete días, la familia del Faraón se reúne en el templo. Un hombre que se distingue de los demás por sus vestimentas es identificado como sacerdote. Frente a todos, empieza a elevar sus oraciones al dios del sol, y repite las historias de ese dios que todo el mundo conoce. Todos los presentes hacen lo mismo. El sacerdote les bendice con agua y la catarsis se produce.

(…)

   Resulta más que evidente que la cúpula de la jerarquía eclesiástica sabe desde sus comienzos que las filosofías y las religiones que siempre ha calificado de paganas han influido y condicionado sus estructuras, a pesar de que ello no sea reconocido explícitamente ni sea pregonado a los cuatro vientos. Tenemos ante nosotros una ardua tarea para llegar a desentrañar cómo y de qué manera este paganismo -perseguido, anatemizado, vilipendiado y hasta cierto punto satanizado- es el que en el fondo ha triunfado, a pesar de todo. Los sacramentos, los rituales, la Misa, la Comunión de los Santos, el Día de los Difuntos, la Epifanía, los Reyes Magos, la resurrección de los muertos, el Calvario, la muerte y resurrección de la divinidad, la Virgen, las procesiones y todo aquello que llega a conformar la teogonía y la teología cristiana, proceden del paganismo. Es una irrefutable realidad histórica: siempre negada, pero siempre presente. (…)”

De El triunfo del paganismo, Xavier Musquera

 

 

   “(…) Cuando cayó el Imperio romano, la Iglesia oficialmente condenó y despreció por paganos a los antiguos autores clásicos. Sin embargo, no podían relegarlos por completo porque representaban todo el saber de la época y, lo que aún resultaba más importante, sin ellos no podían aprender la lengua de la liturgia y de la propia Iglesia: el latín. Y decir latín es decir Virgilio, el autor más reconocido desde tiempos romanos.

   Así, a pesar de las consignas oficiales, se siguió leyendo a los clásicos, y los eclesiásticos más sensibles al arte literario se rindieron ante la belleza y profundidad de aquellos textos. En un pionero ensayo de 1899, el filólogo Domenico Comparetti recogía una anécdota sintomática de esta tensión entre la postura oficial y la pasión que despertaba Virgilio:

   Este fanatismo, llevado al exceso, se nos presenta con ciertas características de leyenda. Un escritor de siglo XI nos cuenta que: “En Rávena, Vilgardo estudiaba gramática con gran intensidad, tal y como suelen hacer los italianos, descuidando todo lo demás. Había empezado a enorgullecerse como un necio por su saber, cuando una noche se le aparecieron los demonios con la forma de los poetas Virgilio, Horacio y Juvenal; y estos demonios le agradecieron con palabras falaces el estudio que hacía de sus textos y le prometieron hacerle partícipe de su gloria. Así, depravado por estas malas artes, empezó a enseñar muchas cosas contrarias a la Fe y a decir que debía creerse ciegamente en las palabras de los poetas. Al final, fue declarado hereje y condenado por el arzobispo Pietro.”

   Para resolver esta contradicción, dieron con una ingeniosa solución. Si no podemos ni queremos abandonar a los clásicos, convirtámoslos en cristianos, basta con pensar que tras sus textos paganos se esconden, a modo de metáforas y alegorías, los principios del cristianismo. Y entonces descubrieron que Virgilio había anticipado el nacimiento de Jesús.

   En la cuarta Bucólica (c. 40 a.C.), Virgilio describe la llegada de una nueva era profetizada por la Sibila de Cumas con pasajes tan significativos para un clérigo medieval como este:

   La última edad del vaticinio de Cumas es ya llegada; una gran sucesión de siglos nace de nuevo. Vuelve ya también la Virgen, vuelve el reinado de Saturno; una nueva descendencia baja ya de lo alto de los cielos. Tú, casta Lucina, sé propicia al niño que ahora nace, con él la raza de hierro dejará de serlo al punto y por todo el mundo surgirá una raza de oro.

   Daba igual que, en realidad, la Virgen fuera la diosa de la justicia, Temis, o su hija Astrea, el niño algún hijo de un ilustre personaje romano y la nueva edad de oro hiciera referencia a la extendida creencia grecolatina de que la humanidad ha pasado por diversas generaciones a cada cual más envilecida hasta llegar a la actual. Virgilio se convirtió en una autoridad incuestionable, casi un santo (valgan como ejemplo su inclusión entre las pinturas de los patriarcas que decoran el coro de la catedral de Zamora o las Sibilas de la Capilla Sixtina). (…)”

De El laberinto: historia y mito, Marcos Méndez Filesi

 

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~ por juannicho en mayo 27, 2011.

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