“El nazi-robot”, de Gabriel Celaya

 

Acudió puntualmente. Presentó sus respetos.

Saludó militar. Olía a buen tabaco,

y ese olor era raro para mí en aquel tiempo.

Le dije (en mi miseria, yo era el vencedor):

“Sólo trato con hombres, y no con uniformes”.

Se me volvió a cuadrar militar. No entendía

de qué le estaba hablando. Correcto, preguntó:

“¿Quiere usted un cigarro?” Lo encendí en mi inconciencia,

tan pura y absoluta como la nada inmensa.

¿Qué decir? No sabía qué decir al robot

de uniforme planchado, peinado y estirado,

y, no cabía duda, más funcional que yo.

Matar al asesino no era nada. Él sabía

que a mí me matarían por algo que no entiendo,

y él daba ya por hecha su muerte sin sentido.

Ésa era su ventaja. Yo creía; y él, nada.

Y allí estaba el robot. Y había que hacer algo.

Matarle era imposible, pues siempre volvería.

Y decía: “¿Un cigarro?”. Y yo decía: “Gracias”.

Yo podía acusarle, condenarle en el acto,

y él podía decir: “Esta usted en mi caso:

En mi mujer, mis niños, mi deber, mi locura,

y en el cálculo falso de una luz sin sentido”.

Matar a un enemigo no es difícil; matar

a un robot es matarse, bien pensado, a sí mismo.

Espejo que decías cruel-claro a la madrastra

de Blancanieves, niña, cuando te preguntaba

buscando una mentira: “¿Quién más bella que yo?”,

contéstame: ¿Quién más idiota que yo?

 

                           En Los espejos transparentes, Gabriel Celaya

 

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~ por juannicho en mayo 28, 2011.

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