La policía contra la pared (o también, claro, Hombres Ridículos)

Por: JUAN NICHO

Publicado en: Revista VACÍO nº 5

En: Marzo 1996

   “Aquellos que reprimen el deseo obran así porque el suyo es lo bastante débil como para ser reprimido.” (William Blake)

   Siempre he querido saber, y la duda me atormentaba, si bajo los vistosos uniformes policiales corría la sangre, si es que algún tipo de fluido orgánico se debatía de vez en cuando por entre sus pliegues, si podía hablar del ocupante de ese armazón de tela y metal como de un congénere de especie, o si me encontraba, sin embargo, ante el producto desafortunado de quién sabe qué malograda mutación de estos ridículos tiempos infames. Vana y larga frase. Policías y hombres-con-alma-de-policía han existido desde tiempos inmemoriales arrastrando entre nosotros su pesada carga de ignominia y zafiedad. No pretendo ignorarlo, ni tan sólo denunciarlo, per esta sangrante duda me lleva a intentar (con amor, como diría Fernando Arrabal) llegar a comprender los escabrosos mecanismos que llevan a un hombre, en principio lleno de vida ahora, concreto, visible, como se veía Whitman, a trastornar de tal modo su entendimiento para acabar cabalgando animoso sobre los peludos lomos de la animalidad sonámbula. Esta pretensión mía me lleva a revisar algunos planteamientos que gente de buena fe ha dado en divulgar sobre esta entretenida aunque bronca disciplina que hoy tratamos de enfrentar: la etología del policía.

 

 

   “Los muchachos nadan en el océano del cielo, / ¿puede la policía llegar hasta su juego?” (Gregory Corso, Policía)

   Duerme en el imaginario de todo niño esa perversión del juego que precisa adoptar en sus evoluciones la figura desafortunada del policía, enfrentada quizá a la siempre legendaria representación del ladrón, del caco, del asesino de viejas a lo Raskolnikov.  Esa capacidad aún inaudita del humano-aún-imprevisible que es el niño, de encarnar ávidamente ambos papeles, (como aquellos hábiles sofistas helenos que malabareaban con las dos versiones más contrapuestas que acepta un discurso, defendiendo ambas sucesivamente), esa capacidad, decía, de simultanear los dos papeles sólo puede revelar un fértil distanciamiento sobre ellos, un fértil distanciamiento sobre un mundo que, poco a poco, se le va echando encima.

   No tarda el adulto bien adiestrado en aprovechar el filón que suponen estos teatros infantiles. Ni corto ni perezoso, introduce con maquiavélico esmero en el paisaje mental del niño una incierta y desesperante posibilidad de hombres malos, de portaestandartes de un castigo que ni Dios mismo en toda su infinita sabiduría de perro vengador podría superar, una legión de hombres del saco, de contrahechos gibosos y gorgoteantes buscando la perdición de todo aquel renacuajo que no crece sin risa.

   “La Cornuda Realidad su hocico rodeado con símbolos de miedo / machacandso el jubileo de los niños, el deseo del hombre” (Gregory Corso, Policía)

   Como el Estado moderno, que ha aprendido a funcionar inoculando su coerción en el interior de la mente de los hombres, dejándoles gestionar así su propia derrota, la familia moderna de ese Estado no se apartará demasiado de semejante tónica. Es obvio que un sistema patriarcal necesite del uso de la fuerza para mantenerse y, en esta fase, de la fuerza interiorizada del super-yo-super-madero que mantenga las cosas siempre en su sitio, que no permita esas clásicas alegrías libertarias que se toman los niños, esos desvaríos improcedentes de infantes (in-fantes: no voz, gracias Conchi) mal-criados, mal-educados, mal-estrujados… un sereno, un forzudo malvado y calvo, un viraje sutil pero irreversible del hombre del saco al hombre de la porra.

   De este modo, no extrañará que los psicólogos psicócratas se permitan vomitar sobre los niños pruebas en las que (test Wisc) ver mal, por parte del niño, a la policía y sus funciones, es valorado con puntuación negativa. Suspendido. Niño con problemas. A los mayores, nos encierran.

   Pero ¿alguien se ha preguntado qué debe pensar un niño que ve por la calle una legión de hombres con garrotes al cinto y cara de macarrón? ¿alguien puede dudar que, si un niño no es educado en el miedo, no vea esta ridícula procesión de hombres menores como un patético recreo de muchachotes que no han crecido y que siguen pensando que ellos sí que saben la mejor manera de ganar la partida, el juego que nunca dejará de jugar ese niño grande y demente que es el policía: el juego de la rendición, la ruleta humillada desecando la dignidad, el sacrificio formidable de la inteligencia.

   ¿Puede entenderse de otra manera el vergonzoso paseo de dobermans por los pasillos del metro a manos de encuerados sacamantecas, convirtiendo la pesadilla orwelliana que buscan en un vodevil de burda factura?  ¿Es comprensible la vida de un tipo que, enfundado en su flamante traje de guardia juramentado impida a la gente sentarse en el suelo de una inmensa estación de trenes como Sants? ¿Ni dormir en un banco ni tantas y tantas pequeñas y absurdas cosas? ¿Es que están probando a esos fulanos, a los futuros Mercenarios de los que hablaba London, para saber a ciencia cierta hasta dónde los pueden usar, hasta dónde alcanza el derrame acrítico del cumplimiento de las órdenes? ¿O es que lo que están midiendo es el aguante de la gente como insinuaba Miguel el pichaúvas? ¿Qué significa todo esto?

   “Niños presentes Ley un objetivo de bomba” (Gregory Corso, Policía)

   Que la mitología popular haya pasado de considerar al policía y su mundo como nefandas arpías, como esquiroles, como infaustos devoradores de vida, cegados cumplidores de un orden carroñero, para elevarlos a la categoría olímpica de héroes mundanos, no deja en cierta medida de sorprender. Aunque si atendemos a determinados indicadores podemos atisbar alguna grosera realidad: las calles arden, pasto de malnacidos animales, de personajes de tebeo empeñados en regodearse entre inabarcables degradaciones. A ese espectáculo es al que acudimos diariamente en el medio televisivo, a esa exposición constante y maniquea de mensajes positivos al tiempo que enérgicos acerca de la redentora, firme actitud de la policía en nuestro tiempo. Ya decía cínicamente el supercomisario Adolfo Hitler que “la mentalidad del pueblo nunca ha sido otra cosa que la manifestación de lo que se le ha hecho ingerir a la opinión pública”. Al fin y a la postre, la última delegación personal, la definitiva entrega: mi vida depende de la policía, de esos sufridos hombres que engrasan su arma y enderezan su porra con una enternecida lágrima hacia el género humano, de esas bestias de carga que ostentan en su sobaquera el corazón del mundo, de esa gente entregada, de esos hologramas confundidos adoptando forma humana, de ellos.

   Un panorama similar plantea Antonio Escohotado cuando muestra al terror como el arma directora fundamental de un Estado que sobrepasa claramente sus funciones y otorga a los ciudadanos el mezquino estatuto de mutuos sospechosos en esa “guerra continua de todos contra todos” que nos montan, lanzándonos por tanto a los brazos corruptos en los que depositamos amedrentados nuestro miedo para que lo mimen: los hombres armados, armados de bajeza.

   “En medio siglo de vida, haciendo excursiones más o menos largas a otros continentes, me he hartado de ver respeto entre los humanos, por encima de razas y clases; en realidad, tanto respeto de unos a otros he visto como terror ante los encargados de asegurarlo mediante la fuerza.” (Antonio Escohotado)

   ¿Qué tendrán los policías, los garantes del orden, para parecernos tan desdichados, tan poco interesantes, tan sucios como barro metálico? Hoscos como mandriles tristes, haciendo gala de un erotismo basto y desesperado (¿quieres ver mi número de placa? ¡éste es mi número de placa!, me espeta uno agarrando virilmente la porra, el porrón-pollón, su pequeña y torcida seguridad, que ni tan sólo Genet apreciaría…), espíritus embotados ladrando a una luna de plástico.

   “Carne de estrellas, la bofia comería carne de estrellas” (Gregory Corso, Policía)

   Y todo es entonces pensar en por qué acepta este hombre que en principio juraría nació sin uniforme esta vasta humillación de la fuerza baldía, ignorante, seca.

 

   Pensar el motivo abracadabrante que le entrega a la sonrojante por evidente custodia de la injusticia y la explotación, a la defensa ardiente de bienes muy ajenos, fruto de expolio y saqueo al pobre, rapiña exagerada de los últimos beneficios, salvaguarda ensangrentada de usurpados derechos. No nos preocupa que los pobres roben, sino que no lo hagan, clama una pintada callejera del barrio chino de Barcelona.

   Siguiendo la demencial lógica de la reina de corazones es preferible hiperinflar el gasto en seguridad que aliviar la miseria que usa de la legítima defensa del robo. Solidarios, ¿con quién? [Esto viene por un anuncio en la prensa: “Jóvenes de ambos sexos: activos, responsables, solidarios, con afán de superación. Profesión dinámica, con la que podrás realizarte humana y socialmente ¿? Cuerpo Nacional de Policía. Infórmate.”]

   Pero aún con todo esto, alguien se calza el disfraz de hombre del orden y asiste ufano al desfile mediocre de la obediencia.

   “Súbditos con respecto a la autoridad, se convierten en los representantes de esa misma autoridad en sus relaciones con los subordinados.” (Wilhelm Reich)

   De tal modo, sólo se explica su actitud de mandobediencia (mando todo lo que puedo, obedezco todo lo que debo), por un terco mimetismo con el Estado, con el orden, con el poder que, sin embargo, tan lejana y socarronamente, le observa con indiferencia y asco. Así define Reich esta identificación absoluta con el poder estatal, esa barata compensación de pobrezas espirituales: Esta identificación con la administración, la empresa, el Estado y la nación, puede resumirse en la fórmula: Yo soy el Estado, la administración, la empresa, la nación.

   Y es precisamente en esta época, en la que el embrutecimiento en el trabajo es más acusado, merced a la refinada ultraexplotación y a la estructura autoritaria de las familias, conservadora de agrios valores y poco propensas a reivindicaciones, es ahora cuando se presenta el policía clamando con suspiros de orgullo que lo suyo es un TRABAJO. Y es que en estos obreros de la pistola parece anidar un trasfondo solidario. Tan solidario como el abrazo del oso o el beso de una mofeta. Si el acontecer servil de un perro amaestrado es un trabajo, nos encontramos ciertamente ante campos de nueva actividad laboral. Ya M, Caballo Cortado, nos recordaba que Platón en sus obras afirma rotundo que policía es pleonasmo de perro.

   “¡Gemid vuestras chillonas lágrimas O policía! / Soplad vuestros réquiems en el silbato; / ladrad a la promesa humana” (Gregory Corso, Policía)

   Y es en el uso de la fuerza, en el ejercicio de esa fuerza en que consiste su trabajo, donde nos encontramos de nuevo al niño grande que no supo perder, al clásico abusón de cruzadas intenciones, al típico destructor de hormigueros, al cobarde del bastonazo.

 

 

   ¿Cómo se puede llamar si no a la ya tradicional y entrañable tortura policial? ¿Cómo se puede callar o tan sólo hablar bajito añadiendo peros ante la basura que representa no ya sólo por la absoluta indefensión, sino por la hipocresía gusanil de defender una Ley que les viaja con ritmo por la entrepierna? Cómplices de toda aquella ley que cumplan o hagan cumplir y asesinos en el arte de su violencia. Ingresar en la policía es perder el alma en un estercolero. El uniforme que se prueba y parece nuevo ha escuchado gritos sin esperanza; las armas guardan el calor de los golpes. Nada más rastrero que la tortura policial, oscura, humillante, secreta, íntima, privada, recibiendo el discreto apoyo de la población, sin salvación, sin esperanza, sin fe, sin nada. A muerte. La sangre salpica mi bolígrafo y el sueño muere en unos alicates. La matanza del cerdo se ha invertido.

   “Muerte! Mándanos a tu compasiva madre para arrancar / la porra de la mano” (Gregory Corso, Policía)

   A fin de cuentas, no deja de ser evidente el espectacular parecido de semejante brutalidad con la cotidiana y secreta vida familiar. La tortura acostumbra a realizarse bajo límites similares (hogar-comisaría), nadie puede cuestionarlo (si una madre pega a su hijo y tú intervienes, recibirás la respuesta: ¡Es mío!), y el proceso policial es lento como el que conlleva una sucesiva y angustiosa adaptación a la norma familiar en su lecho de Procusto. Incluso los propios policías-asesinos de dentro y los que patrullan las calles como moscas en verano conforman una curiosa similitud familiar: esa invariable y persuasiva pareja de policías en la que uno adopta el papel de malo y el otro el inverso (una suerte de payasos listo y tonto), llevándonos a la redomada y extraña convicción de que ambos no son otros que padre y madre; esta última intercediendo: haz lo que te dice, no enfades a tu padre. Así, hace poco la ejecución de una adolescente islámica por parte de sus padres (se sacó el velo en una calle-horno de 40 grados: tenía calor) tras una tortura intensiva y salvaje de todo un mes largo, en el seno del hogar, con la ayuda de una guía espiritual, no responderá al dictado estricto del fanatismo religioso, sino que vendrá a ser una muestra sangrante, una encarnación literal y llevada al límite, de la función represiva y desgarradora de la familia.

   “-sólo un momento / una bocanada, tan sólo, un vientre de muchacho reventado por una divinidad 38-” (Gregory Corso, Policía)

   Por supuesto, en la tendencia actual disgregadora del criterio y del cultivo al pensamiento, aparecen en este mundo cruel (ay qué calamidad, mi vida es un disgusto, canta ahora el Machín) lustrosas noticias del desmoronamiento. En la prensa se lee que Israel introduce la tortura en su código de leyes  (lo llaman zarandeo -cachondeo siniestro donde los haya-). El hecho es que el articulista comenta, entre aburrido y suficiente, que, de todos modos, todo esto es práctica habitual en todas las policías del mundo. ¡Y sigue masticando su chicle!  (vergüenza ya me da las cosas que me pasan, sigue el de las maracas). Y en la vieja y rancia Europa, como apunta Jau, Caballo Loco, se aprobó años ha en Inglaterra una ley que sanciona y aprueba los castigos corporales a los niños en la escuela, con el concurso de memos como Sting y muchos otros…

   “¡Pero la policía también tiene que ir al cielo! / Por eso es que los muchachos están tristes / bailando tan tristemente / besando a Dios tan cansinamente” (Gregory Corso, Policía)

   Ese velo de vergüenza, esa polvorienta capa de náusea cubrirá a todo policía y aprendiz de policía hasta el fin grotesco de los tiempos. Y lo saben. Y siguen. Lasa, Zabala, Arregui, Zabalza, Puig Antich, Caserías, Fina, y tantos otros muertos sin sepultura les perseguirán por siempre y envenenarán sus días hasta el momento en que el sapo viejo y sordo que se olvidó de latir en su interior despierte con una avalancha de sangre inédita. Entonces aún habrá tiempo y la hoguera aceptará todos los uniformes.

   “Sí sí O poli sal a una pradera solo & mira & sabe & siente!” (Gregory Corso, Policía)

   Porque ¿qué esperanza descubrir en este ciénago de agua eternamente putrefacta, qué presagio anuncia este tesón de mulos tristes y carnívoros? (Fernando Arrabal), mientras llama una mujer a una tertulia radiofónica justificando la inmundicia: es que si no los torturan un poco no hablan, (uno se imagina la feliz vida familiar de esta persona); mientras caen comandos de ETA a las pocas horas de ser detenido uno de sus miembros (y nadie sospecha nada irregular, ni se para a pensar en el recatado y pudoroso interior de esa comisaría); mientras un madero pueda correrse sobre una inmigrante detenida y sobarla (para luego ser absuelto por no llegar hasta el final de sus intenciones); mientras el placer, la embriaguez, la droga, la diferencia sean vividas como enemigos a batir por esta cohorte carajillosa de gigantes egoístas y amargados; mientras anden tan revueltas las calles de popnzoñosos emuladores de policía, de rudimentarios neo-fascistas escondidos en su pelona neo-incapacidad de vivir y dejar vivir, contribuyendo sin saberlo, como valiosas marionetas, a la creación de ese GAL urbano o social, que tan bien advirtió Haro Tecglen, encargado de barrer lo que no hay por donde coger ni con sus putrefactas leyes, y contra quien nada puede hacer abiertamente la policía, toda la gente harta de toda esta historia; mientras Juan Belmonte (no el trágico torero sino el despreciable jefecillo de una asociación de vecinos de Tarragona) se queje de la molesta invasión de mendigos que provocan mala imagen, (son los comerciantes al fin y al cabo los que en Brasil arman y pagan a los escuadrones de la muerte para limpiar la calle de niños vagabundos)…; mientras en las Ramblas de Barcelona y en otros lugares se dificulte la vida a los que peor lo tienen (las jardineras de las Ramblas son ahora inclinadas, como las de los cajeros… ¡así no se sentarán estos borrachos!); mientras (ya lo insinuaba Laing), exista una palabra para los que se sienten perseguidos (paranoicos), pero no para definir a los que realmente persiguen; mientras un policía pasa a ser un super-hombre, aun de papel, (en La Naranja Mecánica, los dos estúpidos y sádicos neo-hermanitos son los destinados, con toda la lógica del mundo, a vestir el uniforme policial y proceder a la tortura de su antiguo amigo); mientras los normales armados sigan utilizando la agresión para devorar al otro (que constituye el intento desesperado de conseguir un sustituto de la fuerza al faltar la fuerza genuina -Erich Fromm-); mientras el polizonte, agarrotado por su miedo a vivir se niegue a soltar su porra y a mirar a su alrededor; mientras… un hombre venía hacia él; un hombre uniformado, armado con un palo. A Augusto se le apareció como el ángel de la liberación. Ya iba a arrojarse en los brazos de su salvador cuando una nube de sombra lo derribó como un martillazo. Y se ovilló a los pies del guardián, sin un sonido -Henry Miller-; mientras todo esto ocurra me veo en la obligación de avisar a todos aquellos policías y a todos los hombres que incuban en su interior con más o menos ímpetu un sórdido policía escondido, … que vayan con ojo.Ya que, siguiendo las palabras de Blake que iniciaron este canto, el deseo, al ser reprimido, gradualmente se torna pasivo, hasta ser sólo la sombra del deseo.

   Y a eso, queridos amigos y amigas, se le llama el fin del mundo.

   “Soñé con un poli viejo, / un poli de pelo cano inclinado tristemente en un sofá / sabiendo que en sus días llevaba una pistola / una pistola para retener la respiración de un ser respirante / una pistola para hacer que el hombre críe margaritas para siempre // Y cuando aquella comprensión le aplastó en el sofá / -lloró por conocer al hombre” (Gregory Corso, Policía)

 

 

 

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~ por juannicho en mayo 28, 2011.

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