Georges Darien y Juan Darién : Dos tigres con hambre

   (Escribí este texto hace muuuchos muuuchos años, tantos que me ha costado Dios y ayuda trasladar el texto del sistema en que estaba formateado a un simple documento de doc. o rtf. o algo así. Si no recuerdo mal, lo escribí en una cosa que se llamaba WordPerfect, que ya pasó al basurero de la historia y del que no se nos permite recoger los restos escritos de su naufragio. Estaba convencido de que lo había perdido para siempre y una pena vaga ante lo fatal e irreversible me impedía rehacerlo de nuevo, olvidando que Malcolm Lowry, por poner un caso, rehizo de la nada su mamotrético y fascinante Bajo el volcán en varias ocasiones. Incluso yo mismo lo hice cuando me robaron una bolsa donde guardaba un estúpido poemario, llegando a rehacerlo desde el principio tan espléndidamente estúpido como lo era en un principio. Pero no, de entre las tripas de obsoletos disketes iban apareciendo palabras de otros tiempos, y entre ellas estas pequeñas observaciones que tanto echaba de menos. En realidad nada se pierde, eso es lo que he averiguado hoy: todo, si acaso, se pospone, se ralentiza o se difumina en una niebla envolvente que, aunque uno no lo sepa, tiende furiosamente a persistir. No se pierde. Ganas tenía ya de soltar de nuevo estas fieras por los terrenos de mi vida y, si te place, también en la tuya, que has caído en esta pequeña trampa de letras. ¡No más zoológicos mentales! -ni de los otros-. Hay un tiempo para mirar detrás de las cosas y quizá, al fin, reconocerlas.)

 

 

   “Voy a pasar la tarde al jardín zoológico para matar el tiempo. Son sobre todo las fieras las que me interesan. ¡Ah! ¡Bellas y desgraciadas criaturas! La tristeza de sus miradas persigue, a través de los barrotes de las jaulas, sin preocuparse de la curiosidad ridícula de la multitud, visiones de acción y de libertad, de largos ocios y de cazas terribles, de acechos pacientes y de sangrientos festines, de luchas amorosas y de celos satisfechos… visiones de cosas que no volverán a ocurrir, de cosas cuyo recuerdo despierta cóleras feroces que ni siquiera llegan a realizarse, tan bien saben, esos animales mártires, que tendrán que morir ahí, en esa prisión en la que notan debilitarse día a día la enorme fuerza que les es imposible gastar.

   Doloroso espectáculo el de esos sueños enérgicos y crueles condenados a rumiar sueños de independencia bajo el ojo húmedo de los castrados. Sus ojos, de ellos… Los ojos de los leones, desdeñosos y del color de las arenas, proyectando resplandores oblicuos entre los párpados semicerrados; los ojos de ámbar pálido de los tigres, que saben mirar interiormente; los ojos rojos y helados de los osos, que parecen hechos de un poco de nieve y de mucha sangre; los ojos que siempre han vivido de los lobos, de una inmensidad angustiosa; los ojos imprecisos de las panteras, ojos de cortesanas, almendrados, ojerosos y móbiles, llenos de traición y de caricias; los ojos filantrópicos de las hienas, de pupilas religiosas… ¡Ah! ¡qué terrible angustia y cuánto desprecio en esos ojos de reflejos metálicos!”

Georges Darien, El ladrón

 

 

Georges Darien

   Que uno y otro se cruzaran, que Georges Darien (1862-1921), el olvidado y rebelde escritor francés supiera de la existencia de Juan Darién, personaje del uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) y que éste último hubiera oído hablar del Darien de carne y hueso, entra dentro de lo posible. Y ello a pesar de la marginalidad del circuito que transitaba G. Darien y del alejado mundo de los periódicos argentinos donde H. Quiroga publicaba sus relatos. En todo caso, tan sólo un año separa la muerte del francés (1921) de la publicación del “Juan Darién”, por Quiroga (1920) en La Nación. Es posible pues que el uruguayo supiera de la existencia del francés, cuya novela El ladrón, editada en 1897, representaba un escándalo se la mirase por donde se la mirase.

   Pocos textos realmente incendiarios han sido escritos con la maestría con que El ladrón se construyó. Un libro que mereció el rendido aplauso de los patafísicos quienes, desde su maestro ya desocultado Jarry, a sus posteriores epígonos, se admiraban de su fuerza y decisión para traspasar toda limitación convencional. Fueron estos últimos quienes, reunidos en el College de Pataphysica de París, llegaban a insinuar que Darien había sabido llegar “al otro lado”, proeza que Jarry sólo podía presumir haber intentado, según ellos. ¿Pero qué podía albergar en sí esta obra de trama lineal y construcción clásica para merecer semejantes elogios por parte de los mayores destructores del sentido y el lenguaje literario habituales? ¿Y qué fue lo que provocó su continuado silenciamiento editorial hasta 1955 en que se rescató del olvido, reeditándose 58 años después desde la nube de su leyenda? ¿Y por qué es en ella, en esta leyenda encarnada en un autor sincero y noble, elegantemente dinamitero, en la que queremos ver el reverso feroz de nuestro tigre porteño? Vayamos por partes y presentemos a este otro personaje que merodea en las antípodas de nuestro ladrón atigrado Darien.

 Juan Darién aparece en forma de perdido tigrecillo en la vida de una atribulada madre que ha visto morir a su hijo; lo hace como una suerte de compensación divina. Acogido y amamantado como a un niño, alcanza al fin merced al intenso deseo de la madre y a pesar de una triste profecía de muerte el tan ansiado ¿? estatuto de persona. El conocido adagio que sitúa al humano entre el ángel y la bestia se corrige triunfalmente en él hacia el humano-buena-persona. Su vida se desarrolla en adelante sin excesivas complicaciones hasta que surgen en el seno de la comunidad rural las primeras desconfianzas. En esencia medio animal medio humano, viviendo esta demasiado habitual composición de un modo especialmente sangrante, Juan Darién no las tiene todas consigo.

   Pronto huérfano, sospechosamente estudioso, su pelo áspero y su talante retraído y taciturno no lo hacen especialmente simpático. Aquel ser, para algunos, tenía más de criatura selvática que de cristiano. Lo cierto es que en él se iban depositando todas las inquietas zozobras del pueblo, hasta que un inspector de colegios sospecha definitivamente de él y decide desenmascararlo. Se inicia así un terrible exorcismo colectivo, un ritual cruel y agónico por el que el pueblo entero, por medio de inspectores, domadores con látigo e incluso madres con niño torturan con saña a Darién a fin de que muestre las rayas que le delatarán como tigre. Ya medio muerto el niño surge de él el tigre, y lo hace con extrema violencia, haciéndose con su principal perseguidor y llevándoselo a la selva donde en un cónclave de tigres proclama su a partir de ahora irrenunciable esencia de fiera y así sacrifica por el fuego a su víctima. En una terrible declaración a la naturaleza entera, Darién se desentiende de los humanos, les declara la guerra y se interna en la selva.

 

Horacio Quiroga

   Este es a grandes rasgos el relato tropical de una operación bastante común en nuestro mundo, una ordalía salvaje ejecutada por los miembros más respetables de la sociedad en la figura de su eslabón no más débil pero sí más imprevisible. Escrito casi como uno más de sus Cuentos de la selva, parecería no querer más que figurar como amarga fábula de la civilización y la naturaleza enfrentadas. Y sin embargo, semejante historia surgida de la mano de un hombre abrumado, rodeado de muertes violentas a su alrededor y suicidado él mismo, remite insistentemente a otras realidades en las que la selva y sus accesorios adquieren tonos más sombríos, precisamente los tonos que podría escoger para su trabajo Darien el parisino.

   Muchas podrían ser las interpretaciones al cuento y muchas de ellas pecarían de voluntariosas o demasiado evidentes si no fuera porque todas de algún modo resultan ciertas: cierto es que no parece azar que el desencadenador cruel de la tragedia sea un gendarme del sistema educativo, ni que sea en un niño en quien sin asomo de reparo vean todos el foco del mayor peligro, como también es cierto que la guerra que queda abierta es una guerra entre fieras, fieras de distinto pelaje pero igual encono, diferenciadas “sólo por el corazón” y quizás por su repugnancia ante la lucha misma.

   George Darien abrazaría sin duda a este tigre liberto, a este ser que en la ingenuidad de su oscura nobleza trata de ser humano, indeseable ante los hombres y mujeres del mundo, como si hubiera alguna posibilidad de serlo sin renunciar a algo, sin desprenderse de la fuerza que una humanidad de castrados aborrece. Nuestro ácrata francés sabía hallar la diferencia entre las fieras y los animales domesticados, “galeotes”, los que pedían ellos mismos la correa para gozar sin inquietud de su felicidad tan mansa.

 

   “A medida que el hombre se aleja de la vida natural, la distancia aumenta entre él y los animales. No porque los desprecie mas, porque los sienta inferiores a él. Le parecen superiores, al contrario. Le hacen avergonzarse. Son una injuria viva para su progreso ficticio, un sarcasmo para su civilización de asesinos.”

 

   Y así se distancia la confrontación y se sitúa no ya entre animales y humanos sino entre talantes de estos últimos, en la móvil y resbaladiza gradación que va del ser libre al esclavo. En esta escala es donde se celebra de continuo la dramaturgia judeocristiana que nos conforma y que conforma asimismo al cuento: el alegre aniquilamiento del chivo expiatorio, esta compleja celebración de la masa impertinente sobre un sujeto que va a su aire. La violencia final del “expiado” es lo que en este relato aporta una amarga nota de redención, una recarga de energía a todos los perseguidos por cualquier motivo, a los “expiables” en potencia y en todas las facetas de la vida; es este final explosivo, podría decirse, lo que altera el rumbo previsto de esta mistificación más que mitificación del chivo expiatorio. El chivo se transforma en tigre y opina que lo va a degollar su puta madre. Algo así.

   De todos modos, todo esto no deja de presentarse con cierta tristeza. No debe olvidarse que el tigre ha querido ser humano, ha tratado de convivir entre los otros, de ganarse su espacio… Inútil. Juan Darién ha escondido sus zarpas durante demasiado tiempo. Ha otorgado a sus momentáneos semejantes demasiadas parcelas de su alma y es por ello que no se lo va a perdonar nadie. Una bestia amable y comprensiva es lo peor para un cerdo taimado y con doblez; tarde o temprano se reflejan como espejo en la primera los sucios costurones y la podre del segundo. Todo eso molesta ya que la nube de bajeza debe estar representada en todos los semblantes.

 

   “-Es en la selva -dijo el tigre-. Son los hombres. Están matando, cazando, degollando.”

 

   Hay que destacar dos rasgos que convierten a esta historia en una crónica moderna más que prototípica de algo. Por un lado, el énfasis que muestran los castigadores en que su víctima “muestre las rayas”, es decir, que reconozca ante todos su pecado, que no radica ya en la actitud externa ante la vida, en la herejía, los actos mágicos como en el pasado, sino en la esencia misma, en el carácter o personalidad misma del sujeto, en las entrañas mismas de su interior. Todo esto hace que su castigo sea muy similar al castigo a la locura que se ejerce en nuestros tiempos y que tan bien ha descrito Thomas Szasz.

   Por otra parte, el carácter de prevención que tiene tal acto de violencia, lo higiénico de la medida, hace que nos hallemos ante una recreación de las técnicas represivas contemporáneas, que tratan de erradicar cualquier posible respuesta al actual estado de cosas en sus mismos orígenes potenciales. De tal modo, nada revela en Juan Darién su condición de tigre, más al contrario, es dulce y cariñoso, pero la sutileza del inspector del colegio, el ojo crítico de ese destructor en jefe de la infancia cumple con su misión devoradora de la vida:

 

   “-Hasta ahora su maldad de fiera no ha despertado; pero explotará un día u otro, y entonces nos devorará a todos, puesto que le permitimos vivir con nosotros. Debemos, pues, matarlo.”

 

   En este punto Georges Darien sale a la palestra a defender a su homónimo, y lo hace con una reflexión que nos permite encaminar este escrito hacia su fin.

   No hay duda de que G.D. compartiría con J.D. si no sus esperanzas de vivir tranquilo entre los hombres sí su respuesta fulgurante ante la agresión de éstos. Podemos imaginarnos al implacable Georges amagando una sonrisa sardónica mientras observa cómo el flamante tigre huye con su presa al monte. Él también se echó al monte a su manera y sin concesiones. Libertario como se consideraba, que no estrictamente anarquista ya que clamaba por el uso de la autoridad irrenunciable contra lo muerto,

 

   “la Autoridad no puede oponerse a la Libertad; puede oponerse a la apatía, a la cobardía, a la tontería, desde cualquier punto de vista que se presenten”

 

no podría por menos que aplaudir el nervio de Juan Darién, su gesto de autoridad conquistando para sí su propio espacio, su libertad personal, su “espléndido egoísmo de las estrellas” stirneriano, para luego unirse a las demás fieras salvajes en su devenir rayado por la selva, una selva oscura en la que todos los deseos brincan como saltamontes encendidos.

   Nada nos prohíbe imaginarnos al fin a Georges Darien, abandonando la lectura del diario radical El enemigo del pueblo para hojear una estrujada hoja de La Nación que algún inmigrante porteño dejara caer en la taberna donde se abandona casi en el año de su muerte. La lectura es difícil, su castellano no pasa del intercambio coloquial, pero algo le ata a ese Juan Darién vapuleado, maltratado como lo fue él mismo de pequeño, y lee hasta el final, fascinado, inquieto por la suerte del tigre. Sufre con los golpes y ruge en la carrera precipitada y triunfante hacia la selva. Apura un vino que se enciende con su sangre y murmura algunas palabras. De repente siente mucha hambre, los dientes más afilados y el frío de la calle que le llama susurrante…

 

   La puerta se ha cerrado, y en una mesa pringosa junto a ella, y también bajo una masa tupida de ramas y lianas muy lejos de ahí, juraría quien allí se hallase que dos voces vibrantes y terribles pronunciaban simultáneamente

 

   “Si queréis ser felices no os sometais a la autoridad; esto es, rebelaos; esto es, a la autoridad que os oprime oponed vuestra autoridad de rebeldes”

 

   “Ya estamos en paz -dijo. Y enviando con sus hermanos un rugido de desafío al pueblo aterrado, concluyó-: Ahora, a la selva. ¡Y tigre para siempre!”

 

Juan

Anuncios

~ por juannicho en agosto 30, 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: